lunes, 16 de diciembre de 2019

Qué fue del internacionalismo

Qué fue del internacionalismo


Miguel Salas 

15/12/2019
Sin pena ni gloria ha pasado el centenario de la III Internacional. En marzo de 1919, en una Europa destrozada y arruinada después de cuatro años de guerra, se reunieron en Moscú unas pocas decenas de revolucionarios para proclamarla. No hacía ni dos años que, por primera vez en la historia, la clase obrera y los campesinos se habían adueñado del poder en un país atrasado y devastado, y en esas precarias condiciones apostaron por el único camino que parecía posible para responder a los destrozos de la guerra: el internacionalismo obrero y socialista, la revolución mundial como respuesta a la crisis capitalista. Puede parecer utópico, especialmente tras los fracasos que el siglo pasado nos deparó, pero en aquella época y en aquel momento representaba una posibilidad concreta para el porvenir de la humanidad. Al finalizar la Primera Guerra Mundial habían desaparecido cuatro imperios: el ruso, el alemán, el austro-húngaro y el otomano; movimientos revolucionarios se extendieron por casi toda Europa, Alemania, Hungría, Baviera, Italia… y la III Internacional quiso dar respuesta a esos movimientos que pusieron en jaque la dominación capitalista.
A pesar de la ausencia de conmemoraciones, algunas de las enseñanzas de la III Internacional forman parte de la cultura del movimiento obrero, básicamente las que corresponden a sus cuatro primeros congresos (1919-1924): la necesidad de acabar con el capitalismo; el ejercicio de la democracia y las libertades en una nueva sociedad dirigida por las clases trabajadoras; el frente único para golpear juntos a los capitalistas; la relación entre el internacionalismo obrero y la liberación nacional y colonial; la importancia de la lucha de las mujeres en los movimientos revolucionarios, etc. Probablemente una de las razones para pasar de puntillas sobre este aniversario está en su evolución y posterior fracaso, ya que pasó de ser una herramienta para el desarrollo de la revolución en Europa a convertirse en un instrumento de los intereses de la burocracia que usurpó y propició la degeneración de las conquistas de la revolución de 1917. Desde que el estalinismo teorizó que el socialismo podía ser construido en un solo país, la Internacional dejó, en la teoría y en la práctica, de ser una herramienta para la liberación de las clases trabajadoras. ¿Para qué una Internacional si todo dependía de lo que se decidiera en Moscú o interesara a la camarilla de Stalin? Fernando Claudín, que fue dirigente del PCE, lo resumió así: “Nacida con un programa de revolución mundial a corto plazo, moría 25 años después postulando un horizonte de fraternal colaboración del Estado soviético con los Estados capitalistas” (La crisis del movimiento comunista).
Efectivamente, en junio de 1943 fue disuelta por Stalin. En plena Segunda Guerra Mundial, cuando ya se vislumbraba la derrota del nazismo y la posibilidad de nuevos movimientos revolucionarios, los dirigentes estalinistas decidieron que ya no era útil. De hecho, hacía ya mucho tiempo que se limitaba a ser un medio de control de los partidos comunistas y de transmisión de las políticas que emanaban del Kremlin, y el momento elegido tuvo mucho que ver con la presión e imposición de las potencias aliadas que junto a la URSS combatían al nazismo. El mismo Stalin lo confirmó en una entrevista. Le pregunta el periodista: “Los comentarios británicos con motivo de la decisión de liquidar la Internacional han sido muy favorables. ¿Cuál es el punto de vista soviético sobre este asunto y su importancia cara a las futuras relaciones internacionales?” Y Stalin responde: “La disolución de la Internacional Comunista es sabia y oportuna [...] porque deja en evidencia la demagogia de los hitlerianos, que afirman que ‘Moscú trata de inmiscuirse en la vida de otras naciones para bolchevizarlas’. Ahora hemos puesto fin a esta calumnia”. O sea, no era cierto que se pretendiera ayudar a extender la revolución; para que no hubiera dudas, se disolvió la Internacional y así ya no sirvió de excusa para la calumnia. El que fue presidente del Partido Comunista de Estados Unidos, William Foster, escribió: “No hay duda alguna de que la impresión favorable producida en la burguesía mundial por la disolución de la Komintern desempeñó un papel decisivo”. El 9 de marzo de 1943, tres meses antes de la disolución formal, Henry Wallace, vicepresidente de los Estados Unidos, declaró: “La guerra sería inevitable si Rusia adoptara de nuevo la idea trotsquista de fomentar la revolución mundial”. La prensa americana le dedicó una enorme atención. El Hartford Courant (de Connecticut) publicó: “¡La Tercera Internacional ha muerto! ¡El sueño de Marx se ha acabado!”. El Philadelphia Evening Bulletin escribió: “Stalin ha hecho bien acabando con toda apariencia de tolerancia por su parte en Rusia para esta organización subversiva” (citado por Pierre Broué en Historia de la Internacional Comunista).

La fraternidad de las clases trabajadoras
Desde sus inicios en la era moderna, las izquierdas y el movimiento obrero estuvieron siempre impregnados de un fuerte componente internacionalista, como correspondía al análisis de lo que era el sistema capitalista. En 1847, en un folleto preparatorio del Manifiesto Comunista escribía Engels: “La gran industria, al crear el mercado mundial, ha unido ya tan estrechamente todos los pueblos del globo terrestre, sobre todo los pueblos civilizados, que cada uno depende de lo que ocurre en la tierra del otro. Además, ha nivelado en todos los países civilizados el desarrollo social a tal punto que en todos estos países la burguesía y el proletariado se han erigido en las dos clases decisivas de la sociedad, y la lucha entre ellas se ha convertido en la principal lucha de nuestros días” (Principios del Comunismo).
Cuando en 1864 se reunieron en Londres diversos representantes obreros y revolucionarios, había madurado la idea de lo que se necesitaba para enfrentase a los capitalistas: “La clase obrera posee ya un elemento de triunfo: el número. Pero el número no pesa en la balanza si no está unido por la asociación y guiado por el saber. La experiencia del pasado nos enseña cómo el olvido de los lazos fraternales que deben existir entre los trabajadores de los diferentes países y que deben incitarles a sostenerse unos a otros en todas sus luchas por la emancipación, es castigado con la derrota común de sus esfuerzos aislados. Guiados por este pensamiento, los trabajadores de los diferentes países, que se reunieron en un mitin público en Saint Martin's Hall el 28 de septiembre de 1864, han resuelto fundar la Asociación Internacional”.
Los Estatutos de esta Primera Internacional insistían en esa idea de fraternidad entre las clases trabajadoras como condición para su emancipación: “que todos los esfuerzos dirigidos a este gran fin han fracasado hasta ahora por falta de solidaridad entre los obreros de las diferentes ramas del trabajo en cada país y de una unión fraternal entre las clases obreras de los diversos países; que la emancipación del trabajo no es un problema nacional o local, sino un problema social que comprende a todos los países en los que existe la sociedad moderna y necesita para su solución el concurso teórico y práctico de los países más avanzados; que el movimiento que acaba de renacer entre los obreros de los países más industriales de Europa, a la vez que despierta nuevas esperanzas, da una solemne advertencia para no recaer en los viejos errores y combinar inmediatamente los movimientos todavía aislados: La Asociación es establecida para crear un centro de comunicación y de cooperación entre las sociedades obreras de los diferentes países y que aspiren a un mismo fin, a saber: la defensa, el progreso y la completa emancipación de la clase obrera”. Retengamos esta idea: “crear un centro de comunicación y cooperación[…] (para) la completa emancipación de la clase obrera”.
Ese espíritu internacionalista, esa federación fraternal de las clases trabajadoras, definió a los núcleos que se fueron formando por toda Europa. Valga como ejemplo que la primera organización socialista en España se constituyó como Federación Madrileña de la Internacional (Julio Aróstegui. Largo Caballero), o que la organización anarquista se denominara Federación Regional española de la Internacional. El internacionalismo siempre fue un elemento definitorio de las tendencias revolucionarias en todo el mundo. En el programa del Partido Socialdemócrata alemán podía leerse: “El partido socialdemócrata es consciente del carácter internacional del movimiento obrero, y está resuelto a cumplir con todas las obligaciones que de ello se derivan, a fin de hacer verdadera la fraternidad entre todos los seres humanos” (citado por Antoni Domènech en El eclipse de la fraternidad). Cuando los marxistas rusos empezaban a balbucear, afirmaron: “El dominio del capital es internacional. Por eso, también la lucha de los obreros de todos los países por su emancipación tendrá éxito sólo si es una lucha mancomunada de los obreros contra el capital internacional” (Lenin. Proyecto y explicación del programa socialdemócrata. 1895). Cuando Rosa Luxembourg y Karl Liebknecht rompieron con la socialdemocracia que había apoyado a su burguesía en la Primera Guerra Mundial, denominaron a su revista Die Internationale.
La mejor manera de entender el desarrollo -con sus avances y retrocesos- del movimiento obrero es a través de las internacionales. La I Internacional puso las bases de la lucha internacional de las clases trabajadoras por el socialismo, incluso cuando se escindió entre marxistas y anarquistas, organizando los primeros núcleos y la solidaridad internacional con la Comuna de París, luchando contra la esclavitud o defendiendo la libertad e independencia de Irlanda y Polonia. La II Internacional se ocupó de preparar el terreno para una amplia extensión y organización del movimiento construyendo partidos de masas en algunos países. La III Internacional tuvo como punto de partida el triunfo de la revolución rusa y el objetivo de extenderla para poder avanzar en la construcción de una sociedad socialista. La IV Internacional intentó unir la lucha por el socialismo en las sociedades capitalistas con la regeneración del socialismo en las sociedades burocratizadas de la antigua URSS y los Países del Este.
En la medida que la lucha de clases se expresa en una forma nacional (la de cada uno de los estados), siempre crea una tensión con su contenido internacional (el del dominio del imperialismo y de las grandes multinacionales sobre el conjunto de la economía y política mundial), y esa tensión crea desajustes, adaptaciones e incluso traiciones políticas en las izquierdas y en las organizaciones revolucionarias. ¿Cómo si no entender que la socialdemocracia alemana, el más potente partido de la II Internacional, claudicara y aceptara enfrentar en las trincheras a los obreros alemanes contra los franceses, ingleses o rusos? ¿Cómo pudo el estalinismo imponer la teoría antimarxista de que se podía construir el socialismo solo en un país, además atrasado? Se impuso el interés nacional, el de la propia burguesía o el de la burocracia, por delante de la lucha por la fraternidad entre los hombres y mujeres de las clases trabajadoras.

En la globalización
El desarrollo de la globalización capitalista ha internacionalizado aún más la economía y concentrado en menos manos el poder de las grandes multinacionales; las 200 empresas que controlan el mundo tienen más poder de decisión que numerosos Estados, por lo que la respuesta internacionalista de las clases trabajadoras y los movimientos sociales debía estar más presente e incluso ser más potente que en el pasado. Y, sin embargo, en los últimos tiempos fue decreciendo esa actividad internacionalista tanto en lo que respecta a convocatorias de movilización como a reuniones para debatir y establecer decisiones de política internacional. ¿Qué hizo que se quebrara el peso del internacionalismo? Es como si frente a los retos y dificultades se buscara como refugio un repliegue nacional. Sin ánimo de comparar con la situación actual, así fue ante las dos guerras mundiales.
No es fácil responder a tales problemas, que superan en mucho las posibilidades de este artículo. Una de las cuestiones importantes es la debilidad política y organizativa de las izquierdas, en particular las revolucionarias, que dificulta dedicar medios humanos y materiales a una tarea cuyos resultados no serán inmediatos. Hay que sumar también la dificultad para responder a la complejidad de los nuevos retos planteados por la globalización capitalista. En su momento, en los años 90 del siglo pasado, ya fue complejo y con retraso el análisis y las respuestas posibles a los cambios que introducía la globalización en la evolución del capitalismo. Igualmente, por ejemplo, sigue siendo conflictiva la respuesta de las izquierdas a lo que representa la Unión Europea. Hemos pasado de imaginar que las burguesías europeas no se pudieran poner de acuerdo para mantener la Unión, a rechazarla porque aplica medidas antipopulares, pero sin generar políticas alternativas sobre cuál debería ser la Europa de las clases trabajadoras y los pueblos; incluso algunos sectores minoritarios preferirían la vuelta hacia un pasado nacional que no podrá volver. Se mueven esas izquierdas entre la adaptación a la actual Unión Europea y el rechazo sin una alternativa social y democrática a nivel europeo.
Atrás quedaron importantes esfuerzos de movilización y de contenido político, de los foros sociales, del movimiento antiglobalización, tanto a nivel europeo como mundial; también diversas iniciativas de coordinación política, como la Conferencia de la Izquierda Anticapitalista europea (que reunió a diversas tendencias políticas opuestas a la construcción neoliberal europea) o el PIE (Partido de la Izquierda europea), que todavía funciona como una red de conexión dependiente del grupo parlamentario europeo. No hay duda de que siguen existiendo iniciativas, pero son limitadas y sin repercusión directa en la organización de acciones de movilización y de elaboración de alternativas políticas a nivel internacional.
Otra expresión del bajo nivel de la actividad internacionalista es la gran debilidad de los movimientos de solidaridad con luchas de otros pueblos. Los históricos movimientos solidarios con Palestina o contra el bloqueo en Cuba están bajo mínimos; la solidaridad con la lucha de los kurdos o con la resistencia en Siria son bastante minoritarios, y así, en general, con otros procesos en lucha contra el imperialismo. En los últimos años, solo la respuesta internacional contra la guerra en Irak logró movilizar a millones de personas, y también las acciones puntuales en defensa de los inmigrantes.

Más internacionalismo
Y, sin embargo, la respuesta a muchos de los problemas de la lucha de clases, tanto a nivel nacional como internacional, está en que el internacionalismo vuelva a ocupar el lugar que nunca debió haber perdido. Internacionalismo entendido como esa lucha por la fraternidad de las clases trabajadoras, como expresión de la solidaridad entre los que luchan, como respuesta a las políticas del imperialismo globalizado. Siguen siendo válidas las palabras que Marx redactó en el Manifiesto inaugural de la I Internacional, (los trabajadores tienen) “el deber de iniciarse en los misterios de la política internacional, de vigilar la actividad diplomática de sus gobiernos respectivos, de combatirla, en caso necesario, por todos los medios de que dispongan; y cuando no se pueda impedir, unirse para lanzar una protesta común y reivindicar que las sencillas leyes de la moral y de la justicia, que deben presidir las relaciones entre los individuos, sean las leyes supremas de las relaciones entre las naciones”.
En los últimos meses se ha hecho evidente la necesidad objetiva y subjetiva de un internacionalismo activo y organizado. Estamos asistiendo a una explosión que recorre prácticamente todos los continentes: Argentina, Ecuador, Chile, Bolivia, Colombia, Egipto, Francia, Reino Unido, Cataluña, Hong Kong, Líbano, Georgia, Argelia, etc. Y una excelente expresión del internacionalismo que necesitamos es la respuesta masiva e internacional de las mujeres contra el patriarcado y la lucha ante la emergencia climática que no solo nos amenaza, sino que ya es una realidad. Algunos ya comparan este estallido con el ocurrido en Europa en 1848 o el de los años 60 del siglo pasado; un reguero de protestas generalizadas como expresión de un malestar profundo con la desigualdad, con la falta de democracia, con el convencimiento de que solo un sector muy minoritario de la sociedad se está beneficiando, mientras que las condiciones de la existencia de la mayoría empeoran cada vez más. Es lo que podríamos llamar la respuesta popular al despliegue de las contradicciones de la globalización. La mayor internacionalización y concentración de poder no anula la competencia entre los distintos sectores del imperialismo, sino que, al contrario, la agudiza y la hace más explosiva, como el actual enfrentamiento comercial entre Estados Unidos y China y su repercusión en la economía mundial. Esas contradicciones se expresan también en el convencimiento de que los adelantos científicos, tecnológicos y productivos permitirían responder a los grandes problemas de la humanidad, hambre, miseria, explotación, crisis ecológica, etc. y, sin embargo, el capitalismo aún los agudiza más concentrando la riqueza en unos pocos a costa de la mayoría de la humanidad.
Para responder a estos procesos de movilización se necesita más internacionalismo, más colaboración entre las fuerzas políticas y sociales, más intercambio de experiencias, más coordinación, más debate sobre propuestas y programas que permitan una política internacional para la emancipación de las clases trabajadoras y los pueblos. Ya no existe -de hecho, no debería haber existido nunca- una organización nacional que pueda ser el guía del resto, sino una multiplicidad de organizaciones y experiencias que deberían sumar esfuerzos para, recogiendo la idea de Marx para la I Internacional, “crear un centro de comunicación y cooperación […] (para) la completa emancipación de la clase obrera”.
El internacionalismo es la respuesta al auge de los movimientos de extrema derecha. Combatir el veneno del nacionalismo opresor, de esa idea extendida por Trump de que lo primero es América, o España para Vox, o Francia para Le Pen, que significa el rechazo a los diferentes, sobre todo si son pobres, la negación de las clases sociales, arrebatar derechos a las mujeres, que la religión vuelva a ordenar las vidas y las conciencias, etc. Todo en nombre de la nación, es decir, de los intereses de los que actualmente dominan la nación, no de las clases trabajadoras y oprimidas. La respuesta a ese veneno solo puede ser la fraternidad entre las clases trabajadoras y los pueblos.

Internacionalismo es también libertad nacional
Lo que representa la globalización desde el punto de vista económico y político tiene confundidas algunas mentes. Por ejemplo, las de quienes en nombre de un supuesto internacionalismo niegan el derecho democrático de los pueblos a su autodeterminación y no tienen problema en aceptar la configuración actual de los Estados, o sea, las actuales fronteras. Esas mismas mentes confundidas dicen oponerse al “nacionalismo” mientras que en la práctica se sitúan en el campo de la nación opresora contra la nación oprimida. Para defender esa opinión encuentran algunas excusas: que en esta época de globalización capitalista la creación de nuevas naciones sería un retroceso, que la internacionalización de la economía hace inviable la existencia de pequeñas naciones o que es mejor la existencia de grandes unidades políticas y económicas. Pero tales opiniones niegan y ocultan la más importante: que la globalización representa también una enorme centralización política, un ahogo de las expresiones democráticas, tanto en la nación opresora como en la oprimida, y por lo tanto una agudización de la opresión política. Por eso no entienden ni pueden soportar que la lucha de los pueblos sea hoy un factor de primera importancia para la emancipación social y nacional.
Cierto que la globalización ha limitado la independencia económica de la mayoría de los Estados y los ha hecho más dependientes de alguna de las potencias; por ejemplo, la actual Unión Europea construida a imagen y semejanza de Alemania. Pero, por eso mismo, la construcción de ámbitos económicos y políticos superiores a los actuales Estados no debería hacerse sojuzgando a otros pueblos y naciones sin Estado. Al contrario, una política de internacionalismo obrero y democrático tiene que incluir el derecho de autodeterminación y así facilitar relaciones de asociación libres y voluntarias que serían la base de una nueva Europa de las clases trabajadoras y los pueblos. Nadie diría que es fácil lograrlo, pero la otra opción es mantener el poder del capital financiero y una Europa hecha a medida de los banqueros y los grandes capitalistas, una Europa en la que la extrema derecha tiene cada vez mayor peso. El internacionalismo que se necesita no puede restringir derechos, sino ampliarlos para poder construir sociedades más democráticas y menos desiguales, lo que debería ser el socialismo del siglo XXI.
Pero, aún insisten: “el internacionalismo representa la unidad de las clases trabajadoras y el problema nacional las divide”. No. En primer lugar, lo que divide a las clases trabajadoras es el capitalismo, y el problema nacional solo las divide si no se adopta una posición democrática, la de reconocer la igualdad entre los pueblos y las naciones. Los revolucionarios rusos de principios del siglo XX, que tenían una enorme complejidad nacional en su país, lo afrontaron así: “Como demócratas, defendemos el derecho a la autodeterminación de los pueblos en el sentido político de esta palabra, o sea, el derecho de secesión. Exigimos la igualdad incondicional de todas las naciones dentro del Estado y la protección incondicional de los derechos de cada minoría nacional. […] Todas estas exigencias son obligatorias para cualquier demócrata consecuente, y ni qué hablar para un socialista. […] La unidad de los obreros de todas las nacionalidades, unida a la más completa igualdad de derechos para las nacionalidades y al régimen estatal más consecuentemente democrático: tal es nuestra consigna y la consigna de la socialdemocracia revolucionaria internacional”. (Proyecto de plataforma para el IV Congreso letón-1913).
El internacionalismo de nuestros días seguramente será una mezcla de movimientos sociales, municipales, democráticos, sindicales y políticos, de esfuerzos compartidos para responder a las políticas neoliberales de la globalización, de debates programáticos sobre qué propuestas son la expresión de la movilización y experiencia de los movimientos, y también cuál debería ser la alternativa social, democrática y política al sistema capitalista. La actualización del internacionalismo la expresó Antoni Doménech en su libro El eclipse de la fraternidad: “Fraternidad es ahora, por encima de todo, internacionalismo proletario”.

 
sindicalista y miembro del consejo Editorial de Sin Permiso
Fuente:
www.sinpermiso.info, 15-12-19

Sobre republicanismo, socialismo, trabajo asalariado, libertad, renta básica. Entrevista

Sobre republicanismo, socialismo, trabajo asalariado, libertad, renta básica. Entrevista

Daniel Raventós 

12/12/2019
Xavier Granell y Xavier Calafat entrevistaron para la revista Agon a Daniel Raventós.
Economista y profesor en la Universidad de Barcelona, ​​Daniel Raventós es una de las figuras más destacadas del pensamiento republicano actual. Miembro de la revista Sin Permiso y presidente de la Red Renta Básica, ha publicado varios textos defendiendo filosófica y económicamente la implantación de una Renta Básica. Abordamos cuestiones como los fundamentos filosóficos de la tradición republicana, la definición de libertad y, como no, la Renta Básica. Hablamos con él en un bar del paseo de Sant Joan, Barcelona.

Tanto usted como Antoni Domènech, han sido pioneros en la investigación y divulgación de la visión republicana. Visión que ustedes dicen que recorre desde Grecia pasando por Roma hasta llegar a la Revolución Francesa y Norteamericana. ¿Cuál es el elemento que permite explicar todos estos fenómenos como herederos de una misma tradición política?

En primer lugar decir que el mérito mío comparado con el del Toni Domènech en la investigación y divulgación del republicanismo es extremadamente pequeño. Además hay otros autores y autoras que habría que incluir aquí, por supuesto, porque tienen muchos méritos en esta investigación.

La concepción de la libertad republicana tiene 2300-2400 años de historia. Evidentemente, todos estos puntos que has dicho, la democracia griega, la romana, la revolución francesa, la revolución americana, son realidades que han dado hechos muy ricos y pensadores muy diferentes. Pero si debiera apuntarse un hilo conductor entre ellos es una concepción de la libertad que está ligada a las condiciones materiales de existencia. Si esto era resaltado también por mi amigo y maestro Antoni Domènech es porque justamente el liberalismo histórico, es decir, el que nace a principios del siglo XIX, estipuló, y este es su éxito vista la realidad en la que estamos, que la libertad estaba desligada de las condiciones materiales de existencia. El republicanismo justamente hace indisoluble el vínculo entre la libertad y las condiciones materiales. Olvidarse de ello, por la manera ahistórica y ainstitucional que suele emplear la filosofía política mainstream, lleva a lo que Toni denominaba "cómicas tormentas en un dedalito de fluidos académicos".

Republicanismos históricos ha habido dos: republicanismo oligárquico y republicanismo democrático. El oligárquico sería aquel que defiende que solo es libre quien tiene la existencia material garantizada, de ahí que solamente puedan ser libres los ricos. Y, por tanto, todos aquellos que dependen materialmente de otro no pueden serlo. Mujeres, trabajadores, criados, o esclavos (aunque los esclavos no son evidentemente ni ciudadanos, porque eran considerados simplemente como instrumentum vocale, es decir, un instrumento que tiene voz) no pueden ser libres porque dependen precisamente de otro.
El republicanismo democrático, en cambio, defendiendo la misma concepción de la libertad, quiere expandirla a toda la población. Pero en los dos tipos de republicanismos no encontramos una diferencia en la concepción de la libertad.

¿Qué autores se situarían en un lado y en otro?

De los clásicos, el máximo representante del republicanismo oligárquico es Cicerón. Pero antes es importante hacer la diferencia entre la tradición romana y la tradición ática. La república romana era oligárquica, la república ática (no griega en general sino la ática), era democrática en un sentido muy concreto: era el gobierno de los pobres libres que duró un siglo y medio. Aquel gobierno, aquella forma de democracia, Aristóteles que vivió los últimos años del gobierno de los pobres libres, la criticó en sus grandes libros Ética a Nicómaco o Política, porque está criticando la sociedad que vive, y él no es partidario de la democracia.


La democracia Aristóteles la define como el gobierno de los pobres libres, y la oligarquía como el gobierno de los ricos. Aquellos que dicen que la lucha de clase la inventó Marx sólo deberían leer un poco. Pero, entonces, con diferencias, los dos famosos republicanos oligárquicos serían Cicerón y Aristóteles, aunque mantienen diferencias respecto a su defensa de un gobierno de los ricos. El segundo es indiscutiblemente más ecuánime en su crítica a la democracia que le tocó vivir. Cicerón es literalmente un defensor de los más ricos.


Después estarían muchos otros. Como, por ejemplo, Kant, Locke, Adam Smith (que se tiende a caracterizar como liberal, como a los otros dos, aunque en la época en que vivió cada uno de ellos no existía el liberalismo). Estos formarían parte de lo que llamaríamos la tradición oligárquica o al menos no democrática. Ya digo, con todos los matices que deben hacerse cuando se trata de autores de una riqueza como los tres citados.

La tradición democrática vendría de los grandes dirigentes de los proletarios o de los pobres libres de la democracia ática: Efialtes, Pericles, la gran Aspasia de Mileto (que casi no hay nada escrito conservado de esta gran dirigente de los pobres libres). Tradición que se ligaría con Robespierre, y la rama más plebeya de la revolución francesa e, incluso, a la rama más democrática de la revolución americana, como Jefferson. Aunque Jefferson es propietario de esclavos, lo que lo diferencia claramente de la concepción de Robespierre al que, según algunos historiadores de la revolución francesa, lo que le costó la cabeza fue precisamente cuando proclamó aún en el poder que el esclavismo tenía que acabar. Y Marx, por supuesto, sería la línea de continuidad del republicanismo democrático.

Ustedes y toda la escuela agrupada en torno a la revista Sin Permiso, han pensado el socialismo como una tradición política directamente vinculada con la tradición republicana. ¿Cuándo cree que el socialismo se desvincula de la tradición republicana y se produce el eclipse de la fraternidad?

Desgraciadamente, las cosas no se pueden responder de manera muy esquemática, ya me gustaría a mí que las cosas pudieran ser tan simples.


En los inicios del siglo XIX, la tradición socialista evidentemente era inexistente o era simbólica, lo que era revolucionario y te costaba el exilio o la cárcel en cualquier lugar de Europa era la defensa de la democracia. La democracia era el legado de la revolución francesa. La herencia de la revolución francesa provocaba un terrible miedo en las clases dominantes del momento en todas las monarquías existentes en Europa. Bentham confeccionó muy bien la ecuación que lo resumía (Bentham mismo detestaba los derechos humanos y las conquistas revolucionarias de 1789, especialmente las de 1793, claro está): derechos humanos = democracia = Robespierre = terror. Ecuación que dominó todo el siglo XIX. Antes de 1848 el "socialismo" era una palabra inofensiva en política. Para decirlo con las palabras de Arthur Rosenberg, en aquellos tiempos solo la democracia olía a sangre y barricadas. No el comunismo ni el socialismo. Esta era la tradición.


Recuerde que Marx y Engels, en el Manifiesto Comunista, dicen que ellos son una rama de la democracia. Me parece que esto no se entiende demasiado bien. Por eso, no tiene sentido hablar de democracia liberal o democracia burguesa, si entendemos que democracia es el gobierno de los pobres libres. Como insistía muchas veces Antoni Domènech, no se encontrará ningún escrito de Marx en el que hable de algo como la democracia burguesa. Es una denominación posterior que se puede entender, pero no tiene nada que ver con esta tradición.


El liberalismo ha sido enemigo histórico de la democracia, con breves y localizadas excepciones, por lo tanto tiene poco sentido hablar de democracia liberal. Toni decía en una entrevista, donde se expresaba con mucha gracia, que hablar de democracia liberal era algo así como hablar de madera de hierro, vaya que es una contradictio in terminis. Llega un momento, por supuesto, que el desarrollo del capitalismo separa el tercer del cuarto estado, y es donde Marx ya trabaja con las ideas socialistas en el sentido de que la clase trabajadora se ha separado completamente de la burguesía o, mejor dicho, la burguesía se ha separado del proletariado, en cuanto a los intereses comunes.

Por fraternidad el ala democrático-plebeya de la Revolución francesa entiende el ideal ilustrado de emancipación para el pueblo trabajador. Se produce el eclipse de los derechos humanos a lo largo de 154 años, desde la revolución francesa, más bien desde la contrarrevolución (1794) hasta 1948 cuando con la declaración de los derechos humanos de la ONU y la derrota del fascismo parece que hay una recuperación al menos formal de estos derechos.

El republicanismo ha sido una tradición muy importante a lo largo de la historia de los movimientos emancipatorios españoles (federalismo, socialismo, anarquismo, etc.). ¿Cree que sigue vigente esta tradición en las fuerzas de izquierdas o está más bien olvidada?

Yo creo que está olvidada, fundamentalmente. Con muchas excepciones, no quiero ser excesivamente tajante, pero está bastante olvidada. Incluso aquí en Cataluña que tenemos un gran movimiento republicano en general, me he encontrado con mucha gente que básicamente asocia el republicanismo con una forma de gobierno, y poco más. El republicanismo es fuera el rey, y ya tenemos república. Pero la idea propiamente de la libertad republicana, que significa como decía antes vincular la libertad con las condiciones materiales, yo creo que está, si no olvidada, eclipsada. Este eclipse lo podemos encontrar en algunos republicanos de izquierdas y, por supuesto, en las fuerzas republicanas de derechas, que también existen.

El republicanismo oligárquico y el democrático coincidían al menos en dos cosas. Que la propiedad era la condición indispensable para ser libre, y que fruto de la herencia del derecho romano y de los códigos napoleónicos, todo ciudadano era igual ante la ley. Es lo que ustedes han denominado una fictio iuris. Partiendo de esta base, y ubicando el crecimiento del neofascismo a nivel global dentro de la crisis del neoliberalismo, podemos entender que esta crisis ha generado un problema muy concreto, que es que el trabajo asalariado ya no es garante de derechos y, por tanto, se vincula la crisis del trabajo con la crisis de ciudadanía. Frente ello, se plantea una salida en clave regresiva en derechos como es el neofascismo actual (representado por Trump o Bolsonaro) cuando plantea excluir de la ciudadanía ya meramente formal a una parte de la población. ¿Cree que se podría encontrar un vínculo histórico entre este neofascismo actual y el pensamiento que Domènech llama Bohême D'or del siglo XIX?

Por supuesto, siempre se pueden encontrar elementos de continuidad entre todas las élites. Normalmente el factor común sería el desprecio por la canalla, por los pobres que republicanamente son la mayoría de la sociedad. Y esto se puede ver actualmente en muchas sociedades, en muchos movimientos políticos. Siempre ha habido este menosprecio de los ricos por los pobres (pobres en sentido republicano, no pobres como actualmente son concebidos, como una cuestión estadística, es decir, pobres republicanamente son los que no tienen la existencia material garantizada) porque al fin y al cabo siempre existe la necesidad de justificarte cuando estás en un lugar de privilegio, sea económico o político, son aspectos que van constantemente de la mano. Te lo mereces, te lo crees, y por lo tanto se debe justificar que "vales más" que los otros.


Esto ha existido siempre, y siempre ha habido lo que Gramsci llamaba peritos en legitimación. Estos peritos son los que siempre están dispuestos a establecer una justificación ideológica o incluso filosófica de las grandes desigualdades sociales. Hay muchos académicos que también están dispuestos a hacer esta justificación. Estos intelectuales no necesariamente toman partido a cambio de una remuneración inmediata como cierto pensamiento izquierdistas a veces explicó simplificadamente.

Otra de las propuestas que se han hecho para intentar salir de esta crisis de ciudadanía expresada por la crisis del trabajo actual, es la Renta Básica Universal dentro de un paquete de privatizaciones de servicios públicos. ¿Como evalúa usted esta propuesta?

Y no sólo por la crisis del trabajo remunerado. Pero antes que nada: la Renta Básica es motivo de mucha confusión. Es propuesta tanto para gente de izquierdas como de derechas, sin entrar en más matices. La Renta Básica que propone la derecha es una redistribución de la renta de casi toda la población hacia los ricos, y la Renta Básica que propone la izquierda, o mejor dicho, lo que proponemos unos cuantos de izquierda, es justamente lo contrario: una redistribución de la renta de los más ricos al resto de la población. Entonces, ¿cuál es el secreto según el cual supuestamente derechas e izquierdas defienden la Renta Básica? Es muy sencillo, se trata de cómo se responde a la pregunta: ¿cómo se financia la Renta Básica? Según como se proponga su financiación encontraremos la gran diferencia entre la izquierda y la derecha.
Charles Murray es el ejemplo perfecto. Es un economista que escribe en el Wall Street Journal y hace años que es partidario de la Renta Básica y escribió un libro que se llama In our hands: a plan to replace the Welfare State. El subtítulo es clarísimo. La derecha quiere la Renta Básica dentro de un paquete de privatizaciones de servicios públicos, no la izquierda.

Por poner otro ejemplo. Hace poco me hicieron coincidir en Colombia con un economista ultraliberal, Michael Tanner del Cato Institute que, supuestamente, defendía la Renta Básica. Entonces, la universidad que nos invitó quería que él la defendiera desde su punto de vista de derechas y yo desde el punto de vista de izquierdas. Y ¿que pasó? No coincidimos en nada y, supuestamente, los dos defendíamos la Renta Básica. Él decía que debía ser una renta muy baja, porque si no los trabajadores no trabajarían, que no debería ir acompañada de otras medidas como una renta máxima, ni estar financiada mediante una reforma fiscal que cargara más a los ricos. En lo único que estuvimos de acuerdo es que la Renta Básica no trataría a los pobres como si fueran niños pequeños. Digamos que era lo único que yo intuí que podríamos estar de acuerdo. Pero la idea es esta: si deseas saber las diferencias entre una Renta Básica de izquierdas y una de derechas es saber cómo se financia y, después, aunque sea en segundo lugar, qué medidas acompañarán a la Renta Básica. La Renta Básica es una medida de política económica, pero no puede ser toda una política económica.

Comentaba que la renta básica es una medida de política económica y que va incluida en un paquete de medidas...

Esto es una de las grandes diferencias de las propuestas de izquierda y de derecha. Creo que la diferencia entre una propuesta realmente republicana socialista y las demás es con las medidas que deberían acompañar a la Renta Básica. Una sería la renta máxima, que es la que he defendido sobre todo con Toni Domènech. Para la concepción de la libertad republicana, no pueden existir poderes privados tan fuertes que condicionen la existencia material y en consecuencia la libertad de la inmensa mayoría. ¿Qué significa una renta máxima? Que a partir de una determinada cantidad, 100% de tasa marginal impositiva, es decir, nadie puede ganar más de eso. Desde la izquierda moderada seducida por el liberalismo aparecen estos mensajes que dicen que esto no puede ser, porque el capital se va, etc. Pues por esta lógica, hagamos trabajo esclavo y así atraeremos más el capital extranjero y se quedará el “propio”, ¿no?

Queríamos señalar en este sentido dos críticas ecofeministas: el reparto democrático del tiempo y de los cuidados; y las dinámicas de consumo masivo. Juntamente ¿con qué medidas debe ir acompañada la Renta Básica para transformar estos dos aspectos?

Tenemos que ser muy cuidadosos porque muchas veces se ponen muchos -ismos (feminismo, ecologismo, marxismo ...), pero no por poner más -ismos eso te disculpa o te libera de tener que justificar ciertas cosas. La autoproclamación de cualquier cosa no exime de la argumentación racional, sólida y empíricamente fundamentada. Una de las personas que ha trabajado la propuesta de financiación con Jordi Arcarons y conmigo es Lluís Torrens, que desde hace muchos años es un economista decrecentista. Él liga la renta básica con el decrecimiento y la reducción de la jornada laboral.


La Renta Básica es una propuesta con unos objetivos concretos. La Renta Básica es una cosa y los objetivos decrecentistas, ecologistas y feministas son otros. La Renta Básica puede en algunos casos ayudar a estos otros objetivos, sin duda. Ahora bien, es obvio que la Renta Básica no acaba con la opresión de la mujer, por destacado ejemplo. La Renta Básica debe ir acompañada de otras medidas. La Renta Básica no acaba con todos los problemas que tenemos presentes, tampoco con todos los económicos, como, por destacado ejemplo, el control de la política monetaria. Si no hay un control público de la política monetaria, se permite que con las tarjetas de crédito los bancos hagan las barbaridades que hacen con los tipos de interés, entre otras muchas.


La Renta Básica puede servir para todo un importante cúmulo de problemas (acabar con la pobreza, un incremento del poder de negociación de las trabajadores y trabajadoras, un aumento del poder y la libertad de muchas mujeres ...), pero, por otra parte, la Renta Básica no afecta al poder de las multinacionales, no afecta al control de la política monetaria. La Renta Básica es una medida de política económica, pero no es toda una política económica. Para decirlo de otro modo, como me han preguntado de forma antipática alguna vez, “si usted fuera ministro de economía ...”, no lo seré nunca pero si yo fuera ministro de economía, por supuesto que implementaría la Renta Básica y otras medidas republicanas socialistas como las citadas: renta máxima, control público de la política monetaria. Entre otras.


Srnicek y Williams, en su libro Inventar el futuro: postcapitalismo y un mundo sin trabajo, señalan a la Renta Básica universal como el medio necesario para forzar una automatización progresiva de la producción, con el objetivo final de construir formas sociales que desatan el acceso a la subsistencia económica del trabajo asalariado. ¿Cuál es la relación entre Renta Básica y el trabajo asalariado? ¿La entiende como un instrumento para desvincular la subsistencia económica del trabajo asalariado o, por otro lado, como un estímulo para trabajar?

La Renta Básica permitiría que muchas personas pudieran renunciar republicanamente a determinados trabajos precarios, cuando actualmente están forzados a aceptarlos. Cuando estás obligado, por necesidad material, no tienes alternativa: no puedes rechazar un trabajo si no tienes alternativa material. El liberalismo por contra proclama que tu eres libre de aceptar un trabajo de mierda o de no hacerlo.
La Renta Básica, en este sentido, desde el punto de vista de los trabajadores, serviría para decir no a situaciones que actualmente estás obligado a decir que sí. Serviría para que muchas mujeres que dependen actualmente de sus maridos o amantes, como mínimo, tendrían unas condiciones materiales para decir que no a una situación en la que actualmente no tienen, por desgracia, otra alternativa. Me han ilustrado mujeres que han trabajado en casas de acogida que dicen “hombre, por supuesto, que la problemática es muy grande y muy diversa, pero muchas mujeres tras ser agredidas vuelven con el marido, y cuando les preguntas, la respuesta puede variar, pero si tiene un denominador común es: ¿de qué viviré?”.


En los años que hace que defiendo la Renta Básica, una de las cosas que me han impresionado mucho es que muchos jóvenes que políticamente podrían situarse entre la extrema izquierda y la derecha, y que por tanto divergían en muchos otros aspectos políticos y sociales, coincidían en este punto: “Nosotros con una Renta Básica no aceptaríamos estas condiciones de mierda”. Esto es muy significativo.
La pregunta nos lleva a otra: ¿cuál es el papel del trabajo asalariado? El trabajo asalariado es algo que republicanamente tiene un papel instrumental. Republicanamente, la virtud es estimar las cosas por ellas mismas. Y lo contrario a la virtud no es el vicio, sino lo instrumental. Si yo te quiero a ti, no tiene sentido que me preguntas “por qué te quiero”. Si yo te quiero porque me das dinero, digamos que por lo pronto es un poco extraño. Te quiero por ti mismo, no por un fin instrumental.


Por tanto, el trabajo voluntario se debe ver desde esta forma virtuosa, bajo la óptica republicana pero, en cambio, el trabajo asalariado no. Tú trabajas como instrumento para hacer algo, es decir, vivir (pagar un alquiler, comprar comida, etc.). Entonces, cuando se pregunta a los trabajadores la utilidad o el sentido de su trabajo es muy curioso que no dicen lo mismo que lo que dicen algunos académicos, que el trabajo dignifica. Cuando se les pregunta a los trabajadores dicen cosas diferentes. Por ejemplo, una encuesta en el Reino Unido, muestra que un porcentaje muy grande de trabajadores considera que su trabajo no tiene ningún tipo de utilidad. No es que lo encuentre poco gratificante o aburrido, es que no le encuentra ningún tipo de utilidad. Incluso, gente que gana mucho (entre ellos, algunos brokers, por ejemplo). Lo que dignifica republicanamente la vida es tener las condiciones de existencia material garantizadas, y aquí es donde la Renta Básica viene a ayudar.

¿Qué relación ve usted entre la Renta Básica y el Trabajo Garantizado?

Lo que le he dicho a más de uno y de diez defensores del trabajo garantizado muchas veces. Primero se trata de garantizar la existencia material de la gente y después de que la gente sea libre para elegir. Si hay personas que no aceptan el trabajo que se le asigna, ¿qué pasará? ¿las dejarás morir de hambre? Un amigo que he mencionado antes, Lluís Torrens, explica la situación del paro, de las condiciones laborales, y dice “las alternativas son trabajo forzado o Renta Básica”. Yo el trabajo forzado lo encuentro horrible, pero parece que si le metes "garantizado" ya queda más pasable. La Renta Básica la defendía Izquierda Unida, hace 6 o 7 años, e incluso la han defendido en el Parlamento español. Hay un proyecto de ley, hace unos años, que está en el diario de las Cortes que lo presentó Joan Tardà de ERC, junto con -supongo que debería ser- Alberto Garzón. Esto lo digo porque IU estaba a favor de la Renta Básica.

Pero es que lo que los experimentos de Renta Básica (sobre los que tampoco hay que sacar demasiadas conclusiones, porque son experimentos temporales y con la gente en muchos casos desconectada entre sí) explican en algunos casos cómo la gente se quita la angustia de la existencia cotidiana y una vez en esta situación, la gente tiene mucha más iniciativa para hacer cosas que antes no tenía la capacidad de hacer, es decir, estimula la creatividad y la iniciativa.
Los neoliberales contrarios a la Renta Básica como Juan Ramón Rallo (de la escuela austriaca de economía) nos dicen que no hacemos el cálculo dinámico y no contamos con los cambios que deberían detraerse de la actividad económica. Pero lo que es interesante es que estos quídams sólo se fijan que nosotros no hacemos el cálculo dinámico de esta actividad, pero no se fijan en lo que la Renta Básica ahorraría al Estado en salud mental, en prisiones, en salud física.  Son aspectos que hay que tener en cuenta. O el aumento de la capacidad de consumo que luego revertiría en las arcas del Estado en forma de impuestos indirectos. Cantidades que no permiten calcular nuestro estudio de financiación de la Renta Básica. Ah, pero eso no lo destacan.
Como decimos los republicanos, la financiación de la Renta Básica siempre es una decisión política. La población puede o no puede tener decisión sobre muchas cosas, y actualmente la población no decide casi nada. Con una Renta Básica, como mínimo, se garantiza la existencia material de toda la población y esta es una condición previa a tener cualquier capacidad de decisión. Después te encuentras con los fundamentalistas que dicen “no, es que la Renta Básica no acaba con el capitalismo”. ¡Qué reflexión más profunda!
Basta leer a Marx. A veces he citado un párrafo de Marx sobre el trabajo asalariado, donde habla de que “El carácter extraño del trabajo se evidencia en el hecho de que tan pronto como no existe coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste”.
 
es editor de Sin Permiso, presidente de la Red Renta Básica (www.redrentabasica.org) y profesor de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona. Es miembro del comité científico de ATTAC. Sus últimos libros son, en colaboración con Jordi Arcarons y Lluís Torrens, 'Renta Básica Incondicional. Una propuesta de financiación racional y justa' (Serbal, 2017) y, en colaboración con Julie Wark, 'Against Charity' (Counterpunch, 2018) traducido al castellano (Icaria) y catalán (Arcadia).
Fuente:
https://www.agoncuestionespoliticas.com/entrevista-daniel-raventos
Traducción:
Roger Tallaferro

martes, 10 de diciembre de 2019

Las fake news, la sociedad y la educación superior

Las fake news, la sociedad y la educación superior

En el mundo actual, aunque muchos crean que resulta sencillo identificar y separar las noticias falsas de las noticias verdaderas, esa misión es harto difícil. En general se carece del tiempo, de la educación, de las herramientas, de la información y de la consciencia crítica necesaria para ello.

Pedro Rivera Ramos / Especial para Con Nuestra América
Desde Ciudad Panamá

No hay duda alguna que vivimos en un mundo donde la digitalización creciente de las actividades y procesos, viene influyendo y transformando de manera significativa casi todos los ámbitos de la vida humana. En ese contexto ha surgido lo que se ha denominado “Fake News” o noticias falsas, un fenómeno que no es totalmente novedoso entre los seres humanos, ya que la construcción de noticias sobre hechos falsos, formuladas de manera intencional como si fueran verdaderas, son tan viejas como las mentiras mismas; solo que ahora las “Fake News”, apoyándose principalmente para su difusión en las redes sociales, viajan a una velocidad impresionante y pueden en un tiempo sumamente reducido, llegar a cientos de millones de personas.

De modo que las “Fake News” pasan a describir historias o noticias que se escriben y transmiten como auténticas o veraces, propagándose extensamente por las redes sociales y otros medios de comunicación y se caracterizan por ser atractivas para las gentes, de fácil comprensión, llamativas o sensacionalistas  y cuyos fines descansan en una manipulación de la opinión pública, donde priman dos intereses principales: ganar dinero mediante su tráfico digital o producir cambios de opinión sobre diversos temas, principalmente políticos.

Ya la internet y ahora sobre todo las “Fake News”, vienen impactando directamente sobre el ejercicio mismo del periodismo y sobre los medios de comunicación tradicionales. Hoy el contenido informativo que se difunde en el mundo, es disputado con bastante éxito desde cuentas ubicadas en Twitter, Facebook, Whatsapp y otras redes sociales, donde lo que importa esencialmente no es la veracidad de lo que se difunde, sino el tráfico que se genera y que, al final, produce dinero. Esto mismo viene afectando a muchos periodistas en cuanto a la calidad y veracidad de sus relatos, ya que la necesidad de la inmediatez de la información, no les permite materialmente tener el tiempo necesario para verificar las fuentes y poder contrastar las noticias o los hechos. Esta situación tan peligrosa se convierte en una entrada perfecta para la difusión de las noticias falsas y lo que es peor, va provocando que se incremente la desconfianza de una parte significativa de la sociedad, hacia la credibilidad de los medios de comunicación y las noticias en general, sean estas últimas ciertas o falsas.

En el mundo actual, aunque muchos crean que resulta sencillo identificar y separar las noticias falsas de las noticias verdaderas, esa misión es harto difícil. En general se carece del tiempo, de la educación, de las herramientas, de la información y de la consciencia crítica necesaria para ello. En un estudio realizado en España sobre las “Fake News”, se descubrió que el 86% de los encuestados no podían diferenciar entre una noticia real y una inventada; mientras que en otro solo un 14% pudo hacerlo, de un total de 60% que aseguraban que sí podían distinguirlas. A esto se suma el hecho que algunos estudiosos del fenómeno de las “Fake News”, consideran que para el 2022, el 50% de las noticias que se difundirán en el mundo, serán falsas.

El engaño masivo que se esconde detrás de las “Fake News”, está teniendo una popularidad y protagonismo mucho mayor que las noticias reales, porque entre otras cosas, amplios sectores de la población, suelen concederle veracidad a las informaciones que les dan la razón, se apegan a sus opiniones, gustos y creencias y no los hacen cuestionarse de ningún modo, de lo que leen. Prefieren considerar solo como noticias falsas, todas aquellas que no corresponden a sus opiniones o escala de valores. Por eso lo prudente y aconsejable siempre debería ser, tratar sin impulsividad y con mucha reserva, las noticias que nos vienen desde las redes sociales y otros canales digitales; leerlas con paciencia y tiempo, sin precipitarnos en lo más mínimo en compartir esos contenidos con otras personas.

En concreto, la sociedad actual está siendo conducida por las “Fake News”, hacia un estado donde se resalta con intensidad, todo lo que de forma incontrolada y sin contrastación alguna, se hace viral; a inclinar sus preferencias y darle mucha credibilidad, a todas aquellas noticias y medios de comunicación que solo confirman sus ideas y opiniones y donde todas las demás que no lo hacen, se consideran falsas.

Las “Fake News” también vienen afectando seriamente a la educación superior. Y lo hacen convirtiéndose en un gran problema para los estudiantes, los docentes y las propias instituciones universitarias, por la celeridad y amplitud que viene adquiriendo la difusión de noticias falsas. Las universidades deben revisar sus planes de estudios para formar profesionales, que estén en capacidad de analizar profundamente el fenómeno de las “Fake News” y producir las herramientas que sirvan para identificar claramente los hechos reales, como forma de lograr de manera paulatina, hacer que las noticias falsas pierdan su atractivo e influencia.

Las universidades deben fortalecer la misión y objetivos de la investigación académica, como fórmula de contrarrestar las “Fake News” y propender a que todas las personas, no solo las que forman las comunidades universitarias, aprendan correctamente a procesar y compartir la información que reciben. Es decir, que la meta de las universidades debe ir dirigida a formar ciudadanos críticos, reflexivos, de sano escepticismo, para defenderse del intenso flujo de las noticias falsas.

Ciertamente resulta bastante difícil distinguir entre una noticia falsa y otra verdadera. Pero queda claro que muchas cosas se pueden hacer para disminuir su impacto y sus consecuencias.  Además de las ya mencionadas más arriba, se pueden incorporar software de seguridad en los dispositivos que se usen, promover programas de alfabetización digital o educación informática, entre otras medidas.

Después de las naciones, construir la Tierra

Después de las naciones, construir la Tierra

¿Tendremos tiempo y sabiduría suficientes para cambiar la lógica del sistema implantado hace siglos que ama más la acumulación de bienes materiales que la vida? Eso dependerá de nosotros.

Leonardo Boff / Servicios Koinonia

Un anuncio-propaganda de un canal de televisión muestra a un grupo interétnico cantando: “Mi patria es la Tierra”. Aquí se revela un estado de conciencia que deja atrás la idea convencional de patria y de nación. En efecto, vivimos todavía bajo el signo de las naciones, cada cual autoafirmándose, cerrando o abriendo sus fronteras y luchando por su identidad. Esa fase, todavía vigente, pertenece a otra época de la historia y de la conciencia. La globalización no es sólo un fenómeno económico. Representa un dato político, cultural, ético y espiritual: un nuevo paso en la historia del planeta Tierra y de la Humanidad.

Hace algunos miles de años la especie humana salió de África, de donde surgimos en el proceso evolutivo (somos todos africanos), y conquistó todo el espacio terrestre formando pueblos, ciudades y civilizaciones. Fernando de Magallanes hizo en tres años (1519-1522) la circunnavegación de la Tierra y comprobó empíricamente que es efectivamente redonda (no plana como una obtusa visión sostiene todavía). Después de la expansión, llegó el tiempo de la concentración, del retorno del gran exilio. Todos los pueblos se están encontrando en un único lugar: en el planeta Tierra. Descubrimos, más allá de las nacionalidades y de las diferentes etnias, que formamos una única especie, la humana, al lado de otras especies de la gran comunidad de vida.

Con esfuerzo estamos todavía aprendiendo a convivir acogiendo las diferencias sin dejar que se transformen en desigualdades. Respetando la riqueza acumulada por las naciones y etnias, que revelan los distintos modos de ser humanos, nos enfrentamos a un desafío nuevo, que nunca había existido antes: construir la Tierra como Casa Común. Crece la conciencia de que Tierra y Humanidad tienen un destino común. Xi Jinping, jefe de Estado de China, lo formuló muy bien: tenemos el deber de construir la “Comunidad de Destino compartido para la humanidad”.

El éxito de esta construcción nos traerá un mundo de paz, uno de los bienes más ansiados por todos. Vivir en paz, ¡oh que felicidad! Esa paz es lo que nos falta en la actualidad. Por el contrario, vivimos en guerras regionales letales y una guerra total movida contra Gaia, la Tierra viva, nuestra Madre Tierra, atacada en todos los frentes, hasta el punto de que muestra su indignación a través del calentamiento global y del agotamiento de sus bienes y servicios, sin los cuales la vida corre peligro.

En este contexto vale la pena revisitar a un filósofo, Immanuel Kant (+1804), uno de los primeros en pensar una República Mundial (Weltrepublik), aunque nunca había salido de su pequeña ciudad de Königsberg en Alemania. Aquella solo se consolida si consigue instaurar una “paz perenne”. Su famoso texto de 1795 se llama exactamente “Para una paz perenne” (Zum ewigen Frieden).

La paz perenne se sustenta, según él, sobre dos pilares: la ciudadanía universal y el respeto a los derechos humanos.

Esta ciudadanía se ejerce en primer lugar por la “hospitalidad general”. Precisamente porque, dice él, todos los humanos tienen el derecho de estar en ella y de visitar sus lugares y los pueblos que la habitan. La Tierra pertenece comunitariamente a todos.

Frente a los pragmáticos de la política, por lo general poco sensibles al sentido ético en las relaciones sociales, enfatiza: ”La ciudadanía mundial no es una visión de fantasía sino una necesidad impuesta por la paz duradera”. Si queremos una paz perenne y no solo una tregua o una pacificación momentánea, debemos vivir la hospitalidad y respetar los derechos.

El otro pilar son los derechos universales. Estos, en una bella expresión de Kant, son “la niña de los ojos de Dios” o “lo más sagrado que Dios puso en la tierra”. Su respeto hace nacer una comunidad de paz y de seguridad que pone un fin definitivo “al infame beligerar”.

El imperio del derecho y la difusión de la ciudadanía planetaria expresada por la hospitalidad deben crear una cultura de los derechos, generando de hecho la “comunidad de los pueblos”. Esta comunidad de los pueblos, enfatiza Kant, puede crecer tanto en su conciencia, que la violación de un derecho en un sitio se siente en todos los sitios, cosa que más tarde repetirá por su cuenta Ernesto Che Guevara.

Esta visión ético-política de Kant fundó un paradigma inédito de globalización y de paz. La paz resulta de la vigencia del derecho y de la cooperación jurídicamente ordenada e institucionalizada entre todos los Estados y pueblos.

Diferente es la visión de otro teórico del Estado y de la globalización, Thomas Hobbes (+1679). Para este, la paz es un concepto negativo, significa ausencia de la guerra y el equilibrio de la intimidación entre los estados y pueblos. Esta visión funda el paradigma de la paz y de la globalización en el poder del más fuerte que se impone a los demás. Esta visión predominó durante siglos y hoy ha vuelto poderosamente a través del singular presidente de USA, Trump, que sueña todavía con un solo mundo y un solo imperio, el norteamericano. Los Estados Unidos decidieron combatir el terrorismo con el terrorismo de Estado. Es la vuelta amenazadora del Estado-Leviatán, enemigo visceral de cualquier estrategia de paz. En esta lógica no hay futuro para la paz ni para la humanidad.

Hoy nos enfrentamos a este escenario: si por la locura de un gobernante o por la Inteligencia Artificial Autónoma se activaran los arsenales de armas nucleares podría ser el fin de nuestra especie. Et tunc erat finis. ¿Tendremos tiempo y sabiduría suficientes para cambiar la lógica del sistema implantado hace siglos que ama más la acumulación de bienes materiales que la vida? Eso dependerá de nosotros.