domingo, 25 de marzo de 2018

Francia contra Macron: 50 años después de Mayo del 68. Por, Guillermo Almeyra 25/03/2018

Francia contra Macron: 50 años después de Mayo del 68


El 22 de marzo de 1968 comenzó el Mayo francés cuando un nutrido grupo de estudiantes de la Universidad de Nanterre ocupó la torre central de la misma. Un par de meses después todas las fábricas de Francia estaban ocupadas, los estudiantes ocupaban sus Universidades y colegios y enfrentaban con adoquines a la policía, los capitalistas emigraban y el presidente Charles De Gaulle huía a Alemania a pedir el apoyo de las tropas francesas que allí estaban de guarnición.
Cincuenta años después, este 22 de marzo, millones de obreros, jubilados y estudiantes comienzan un mes de manifestaciones y huelgas in crescendo que harán de esta primavera que comienza con frío y nieve una ardiente Primavera Social.
Todos los sindicatos ferroviarios, desde los más conservadores hasta los más radicales, decidieron, en efecto, hacer una huelga rotativa (dos días de huelga, tres de trabajo, otros dos de huelga y así sucesivamente hasta fines de junio por un total de 36 días no trabajados). Como tres días de actividad  no bastan para reorganizar el tráfico ferroviario, Francia vivirá en los próximos meses en una agitación constante y al borde de la parálisis.
Este 22, por ejemplo, pararon también los distintos sindicatos de los aeropuertos y de la aviación y los controladores de los aeropuertos así como los sindicatos de funcionarios públicos del Estado central y de las municipalidades y regiones (salvo la CFDT, a la que el gobierno intenta dividir de los demás), el sindicato postal o los sindicatos de la educación primaria, media y universitaria, los de estudiantes universitarios, los de los hospitales y las casas de ancianos y los de decenas de grandes empresas que están suspendiendo o piensan trasladarse  a países donde la mano de obra es mucho más barata, así como la participación masiva de partidos de izquierda, como  la Francia Insumisa de Mélenchon.
El descontento crece rápidamente. El presidente Emmanuel Macron, que había obtenido el 60 por ciento de los votos del 40 por ciento de los electores que no se abstuvieron, o sea, un apoyo real en poco superior al 32 por ciento, tiene ahora un índice de popularidad que ronda el 40  por ciento  y esa aprobación tibia va en caída ya que, en su afán de elevar los ingresos del gran capital, afectó a todas las municipalidades, sin importar si su gobierno era de derecha o de izquierda, pues les recortó importantes fondos.
También causó la ira a los jubilados, cuyos ingresos disminuyó, recortó fondos para las escuelas y universidades mientras aumentaba el presupuesto para la policía y las fuerzas armadas, tuvo una huelga larga y combativa de los funcionarios de cárceles, que en un número insuficiente deben hacer frente a prisiones cada vez más sobrepobladas, y tiene en agitación desde hace meses a los estresados y pocos médicos y enfermeras de los hospitales generales o para ancianos, siempre en peligro de ser procesados si un paciente muere o tiene problemas por la atención deficiente.
Por eso en las más de 140 ciudades donde medio millón de personas manifestaron se sumaron miles de pequeños comerciantes, jubilados y parientes de los niños que no pueden ir a clase o no tienen comedor escolar porque Macron suprimió puestos en las escuelas.
El gobierno del gran capital debe lidiar con una ola de descontentos y conflictos que tienden a unirse pero que no tienen el mismo signo político, lo que aún le permite maniobrar. Enfrenta, en efecto, huelgas que se oponen a la reforma de las leyes laborales o del estatuto de los ferroviarios pero también las protestas de sectores neoliberales y partidarios de dichas reformas de la clase media conservadora ahora afectados por la distribución de los fondos estatales exclusivamente en favor del gran capital financiero.
Esta evolución gradual de sectores de la clase media empobrecida e incluso de otros más acomodados pero amenazados por la concentración de la riqueza que lleva al cierre de miles de pequeñas empresas todavía no basta para soldar de modo duradero ese tipo de protestas con las de los obreros que ven que los capitalistas tienen ganancias récord y aun así despiden o aumentan la explotación.
En las luchas poco a poco se está gestando un frente contra el capital entre los trabajadores asalariados, la baja intelectualidad (estudiantes, maestros y profesores), la juventud (estudiantes secundarios y los nini desahuciados de los suburbios) y parte de las familias populares; es decir, un nuevo 68 pero aún más potente en la escala de Richter social.
La táctica de Macron, por ahora, es la del romano Fabio. Contemporiza, trata de dividir a los sindicatos para aislar a la CGT y a la izquierda, tira migajas a los jubilados, cede a los ecologistas en Les Landes  y no hace el aeropuerto que provocó un conflicto de 50 años, su primer ministro declara que está abierto a la negociación con tal de cortar en fetas las protestas y de enfrentarlas una por una. Pero no tiene mucho éxito.
Por ejemplo, los trabajadores de la Ford de Burdeos, en huelga contra el cierre de ese establecimiento para llevarlo al extranjero, están dirigidos por la CGT, y uno de sus principales dirigentes fabriles es Philippe Poutou, el candidato a presidente por el Nuevo Partido Anticapitalista quien ahora coincide en la defensa de la fuente de trabajo (para los obreros) y de impuestos y puestos de trabajo (para la Municipalidad)… con el alcalde de Burdeos, el derechista Alain Juppé. Además, una buena parte de los diputados macronistas provienen del partido socialista y no están dispuestos a votar la legislación laboral, las medidas contra los ferroviarios y la privatización de trenes y aeropuertos, por lo que Macron está obligado a gobernar por decreto, como un rey pero de un país que le cortó la cabeza a un monarca.
En el 68 París cantaba “Ce n’ est qu’un début, continuons le combat!”. Este 22 de marzo parece ser un comienzo y el combate indudablemente continuará.
 
Es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 25 de marzo 2018

Colombia: El retorno del uribismo. Por, Decio Machado 25/03/2018

Colombia: El retorno del uribismo


A pesar de sus vínculos con paramilitares y el narco, y de ser investigado por la Corte Suprema, el ultraconservador Álvaro Uribe fue el senador más votado de la historia de Colombia en las recientes elecciones legislativas. El candidato de su partido para las presidenciales a fines de mayo, Ivan Duque, es el favorito a la derecha, pero podrá enfrentarse en segunda vuelta al candidato progresista Gustavo Petro.
Pese a que la democracia colombiana ha sido históricamente una de las más antiguas del continente, se convirtió en tradicional que los grupos armados –tanto insurgentes como paramilitares– ejercieran violencia contra los candidatos a cargos de elección popular e incluso contra los votantes. Fruto de estas acciones los muertos se cuentan por miles, aunque desde el año 2010 la incidencia de estos casos comenzó a descender de forma acelerada.
Las elecciones al Senado y Cámara de Representantes del pasado 11 de marzo, así como la campaña presidencial en estos momentos en curso, se desarrollan por primera vez en una Colombia libre de amenazas de grupos armados ilegales. Por un lado, son las primeras elecciones en Colombia tras la firma de los Acuerdos de Paz entre las Farc y el Estado colombiano, y al mismo tiempo el Eln –al menos hasta ahora– ha respetado responsablemente el acuerdo de alto el fuego durante los procesos electorales y su compromiso de no injerencia en la campaña electoral.
Sin embargo, esto no implica que el sistema de partidos y el juego electoral hayan ganado gran legitimidad en este país andino cafetero. En Colombia los partidos o movimientos políticos viven desde hace décadas muy alejados de sus bases, carecen de ideología, son altamente burocráticos y no se articulan bajo parámetros de democracia interna. Fruto de la sumatoria anterior, el sistema de partidos ha ido perdiendo valor tanto para la sociedad como para quienes optan a algún cargo público.
Esta crisis política hace que cuatro de los siete binomios que se presentan en la actual campaña presidencial se hayan desvinculado formalmente de la atadura partidista –pese a que estas tiendas políticas los apoyan indirectamente– y aparezcan formalmente ante la opinión pública como “independientes”.
Es así que las candidaturas progresistas conformadas por el binomio Piedad Córdoba y Jaime Araújo se presentan bajo el nombre de Poder Ciudadano y la de Gustavo Petro y María Ángela Robledo con el nombre de Colombia Humana; la candidatura centrista conformada por la fórmula Sergio Fajardo y Claudia López, pese a tener el apoyo de partidos como la Alianza Verde o el Polo Democrático prefirió inscribirse como Compromiso Humano; y la conservadora encabezada por el vicepresidente santista Germán Vargas Lleras en binomio con el ex ministro de Defensa Juan Carlos Pinzón se presenta bajo el nombre de #Mejor Vargas Lleras pese a tener detrás al Partido Cambio Radical. Así las cosas, quedaron bajo las siglas de concretos partidos políticos tan sólo las candidaturas del Partido Liberal, compuesta por Humberto de la Calle y Clara López; la ultraconservadora uribista del Centro Democrático, conformada por el binomio Iván Duque y Marta Lucía Ramírez, y la centroderechista del reaparecido Partido Somos Región Colombia, con Viviane Morales y Jorge Leyva.
Sin duda, entender la realidad política colombiana actual pasa por entender largas décadas de corrupción institucional, la falta de actores políticos nuevos con ideas renovadas, la manipulación informativa y de la opinión pública por parte de los medios de comunicación, la narcopolítica, el asesinato de líderes populares y el control del país por parte de las nuevas élites económicas y la vieja oligarquía tradicional.
Las legislativas
Como antesala de las presidenciales, el pasado 11 de marzo se realizaron las elecciones legislativas en un sistema bicameral donde se eligieron 108 senadores y 171 parlamentarios.
Los análisis más optimistas ven cierta recuperación en la credibilidad democrática de Colombia por cierta mejora en el indicador de voto en estos últimos comicios, en los que votó casi un 48,9 por ciento de colombianos frente al 43,5 por ciento (promedio entre las elecciones para el Senado y la Cámara) que votó cuatro años atrás. En todo caso, dicho porcentaje de votantes se mantiene por debajo del 50 por ciento del total del censo electoral.
Pese al alto grado de fragmentación existente en el voto, se puede aseverar que los grandes ganadores en las legislativas colombianas fueron las opciones políticas conservadoras y, entre ellas, especialmente el uribismo.
El Partido Liberal y el uribista Centro Democrático obtuvieron 35 curules cada uno en la Cámara, siendo las fuerzas mayoritarias, seguidos por los 30 curules de Cambio Radical, los 25 del Partido de la U (al que pertenece el actual presidente, Juan Manuel Santos) y los 21 del Partido Conservador. Todas estas formaciones políticas, entre las cuales podría discutirse la posición ideológica del Partido Liberal, responden a posiciones conservadoras.
De igual manera en el Senado, las principales fuerzas en número de curules fueron de tendencia derechista –Centro Democrático con 19, Cambio Radical con 16, Partido Conservador con 15– quedando Álvaro Uribe Vélez, contra quien la Corte Suprema abrió una investigación penal y cuyos vínculos con grupos paramilitares y el narcotráfico son de difícil discusión, como el senador más votado de la historia de Colombia al sumar más de 875 mil votos.
Por el lado progresista cabe significar que el partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, nombre del partido político conformado por las viejas Farc, apenas obtuvieron 52.532 votos en el Senado y 32.636 en la Cámara, lo que no les permitió alcanzar ningún curul y las dejó como una fuerza absolutamente marginal y sin capacidad de incidencia política. Sin embargo, según lo acordado en el acuerdo de paz en La Habana, tendrán cinco escaños en el Senado y otros cinco en la Cámara, aunque previendo la catástrofe optaron por retirar a su líder, Rodrigo Londoño, alias Timochenko, de la disputa por las presidenciales.
La Alianza Verde obtuvo 1,32 millones de votos al Senado –casi la mitad corresponde al voto de Aitanas Mockus– y 884 mil a la Cámara, mientras la formación izquierdista el Polo Democrático Alternativo no superó los 737 mil y 444 mil, respectivamente. Ambas fuerzas apoyan al centrista Sergio Fajardo a la presidencia. De igual manera la lista de la Decencia, identificada con Gustavo Petro pero no promovida por él, apenas obtuvo 523 mil votos al Senado y 255 mil a la Cámara.
En segunda vuelta
La jornada electoral del 11 de marzo vino acompañada también por un proceso de elecciones primarias de cara a las presidenciales donde participaron una parte de las fuerzas más significativas del ala conservadora, así como parte de los sectores progresistas no involucrados en la candidatura de Fajardo ni de las Farc.
Pese a que la Registraduría Nacional de Colombia dispuso menos papeletas de las necesarias en muchos recintos electorales, una maniobra de funcionarios mañosos que conocen al dedillo el sistema electoral colombiano y que puede haber incidido en el resultado de las primarias, el uribista Iván Duque y el progresista Gustavo Petro fueron los dos grandes ganadores de esta jornada.
A cuatro millones de simpatizantes consiguió movilizar Álvaro Uribe –la figura política más trascendental del país en los últimos 16 años– para refrendar la candidatura de Iván Duque, un abogado de 41 años cuya única experiencia en cargos públicos deviene de su trayectoria como senador del Centro Democrático durante la presente legislatura. Estos resultados muestran la vigencia que mantiene el uribismo, que cuenta con una fuerte base electoral, aliados con votación propia y una importante presencia en el Legislativo.
Duque se presenta como el principal candidato presidencial conservador ante las próximas elecciones del 27 de mayo, con pretensiones de ganar en primera vuelta y acompañado en el binomio por la abogada conservadora Marta Lucía Ramírez, quien quedó como segunda con una votación de millón y medio de votos en dichas primarias. El candidato uribista cuenta con el apoyo del Partido Conservador de Andrés Pastrana –con quien tiene puestos negociados para un futuro gobierno– y también con el de los seguidores ultraconservadores del ex procurador general de la Nación Alejandro Ordóñez. La posición actual de Duque como favorito en las encuestas entre los candidatos conservadores hace que posiblemente amplíe su política de alianzas a sectores del capital que financiarán fuertemente lo que le queda de campaña.
Duque es un neoliberal que va a seguir aplicando los programas económicos emanados de las instituciones de Bretton Woods, transformando el régimen de seguridad social y pensiones, continuando con la política de privatizaciones y manteniéndose como brazo derecho de Álvaro Uribe pese a que estrictamente no provenga del ala más “derechosa” de Centro Democrático. Otra de las estrategias de Iván Duque es proceder con una reforma de la justicia, bajo la justificación de que el actual aparato judicial colombiano es inepto para dinamizar la inversión en el país, con el fin de suspender las investigaciones en marcha contra Álvaro Uribe.
A la izquierda
En el otro lado de la trinchera se ubica Gustavo Petro, con 58 años de edad. Ha sido senador –momento en el que denunció gran parte de la trama de la narcopolítica en Colombia– y alcalde de Bogotá entre 2012 y 2015. Petro obtuvo 2,8 millones de votos de respaldo en las elecciones primarias, unos 700 mil votos menos de lo que esperaba pero ganando ampliamente su disputa frente a los 515 mil votos de su rival, el abogado Carlos Caicedo, ex alcalde de Santa Marta.
El petrismo se muestra como una fuerza capaz de conseguir los votos necesarios para llegar a una segunda vuelta, siendo el candidato de la izquierda con mayores expectativas en Colombia desde hace mucho tiempo. Hay que remontarse al año 2010 para encontrar a un candidato de perfil ideológico de centroizquierda que lograra llegar a segunda vuelta; Aitanas Mockus lo consiguió con apenas 21,5 por ciento, un resultado inferior al proyectado para Petro. El logro de Gustavo Petro no es baladí, su resultado de primarias supera los 2,6 millones de votos alcanzados por Carlos Gaviria en las elecciones presidenciales de 2006 –los mejores resultados de la izquierda frente a Uribe–, a lo que hay que sumar que hasta hace muy poco tiempo su plataforma política carecía de personería jurídica y estaba inhabilitado por la Contraloría para ser candidato por una discutible sanción de 217.000 millones de pesos (unos 76 millones de dólares).
Pero además, como todo el mundo daba como claro ganador de las primarias progresistas a Gustavo Petro, es muy posible que una parte importante de sus seguidores ni siquiera se haya movilizado para tal evento. Más le vale al candidato que así sea, pues se estima que necesitará de unos 4 millones de votos para llegar a la segunda vuelta (asumiendo que el abstencionismo se mantenga alrededor del 50 por ciento).
Consciente de que Colombia es un país claramente conservador, Gustavo Petro ha ido modificando el discurso según ha ido avanzando la campaña. Pese a ello, la propuesta programática petrista no deja de ser seductora, planteando cuestiones que van más allá del discurso populista, tales como remplazar la dependencia petrolera del país por un cambio de matriz productiva que implique el impulso a energías alternativas o incluso adaptar la economía nacional a la revolución tecnológica existente buscando nuevos nichos de mercado y una inserción más inteligente de Colombia en el sistema mundo. En resumen, pese a que el éxito uribista es inculcar en la sociedad colombiana un miedo desproporcionado a las opciones políticas de izquierdas bajo lógicas de intoxicación comunicacional e informativa, la propuesta económica de Gustavo Petro aparece equilibrada y bastante sensata.
No obstante, los estudios de opinión coinciden en que de llegar Petro a segunda vuelta se generaría una fuerte resistencia entre la clase media colombiana, esa que mayoritariamente vota, propiciándose las condiciones oportunas para el triunfo de Iván Duque.
División al centro
Más allá de Duque y Petro, principales contradictores en el momento actual de campaña y ambos con expectativas de crecer en número de votantes, hay otros dos contendientes en la carrera presidencial que merecen ser referenciados.
Los partidos que apoyaron a Sergio Fajardo y Humberto de la Calle sumaron por sí solos en las elecciones legislativas en torno a cuatro millones de votos, lo que les facilitaría –si fuesen juntos– colocar a un candidato presidencial en segunda vuelta. Sin embargo y pese a los llamamientos desesperados de Aitanas Mockus al Partido Liberal para conformar una coalición que apoye la figura de Fajardo, en la actualidad aún permanecen divididos.
Sergio Fajardo y Humberto de la Calle por separado son dos cadáveres políticos. En el caso de Fajardo esto se debe a la pésima campaña que realizó, a que en ningún momento gozó de estrategias electorales y que definió claramente su discurso más allá de cuestionar la corrupción institucional existente. Humberto de la Calle, por su parte, no pudo ostentar un apoyo real de César Gaviria –líder del Partido Liberal– y cometió el error de colocar en su binomio presidencial a la ex alcaldesa de Bogotá Clara López, cuya imagen está muy deteriorada por haber formado parte del gobierno municipal de Samuel Moreno, que está preso por actos de corrupción.
Mientras Fajardo y Mockus buscan en este momento negociar con Humberto de la Calle el apoyo a la candidatura del primero, el único que desde sectores centroizquierdistas podría generar una coalición antiuribista que permitiera un triunfo electoral frente a Duque, un viejo experto de la política como es el presidente del Partido Liberal, César Gaviria, piensa en dejarse medir en primera vuelta para luego negociar el apoyo a cualquiera de los dos candidatos que pudieran llegar al balotaje.
Desafío por derecha
Sin embargo, el riesgo real para el uribismo proviene principalmente de los sectores de la derecha. Y es el cuarto aspirante en discordia, Germán Vargas Lleras, quien representa esta amenaza.
Si sumamos el conjunto del voto conservador el pasado 11 de marzo (Centro Democrático, Partido de la U, Partido Conservador, Opción Ciudadana, Cambio Radical, votos cristianos, etcétera), veremos que alcanza los 10 millones sobre un total aproximado de 17,7 millones de votantes. Ese es el caudal de votos que posiblemente respaldaría a Duque en una segunda vuelta frente a Petro, pero es al mismo tiempo el espacio que pretende disputarle Vargas Lleras al uribismo si es que logra introducirse en el balotaje. El partido de Vargas, Cambio Radical, fue la segunda fuerza más votada en las legislativas tras el partido de Uribe.
Si bien las diferentes encuestadoras colombianas centran la pelea entre Iván Duque y Gustavo Petro, Germán Vargas Lleras es un personaje político que todavía no se debe descartar: un adecuado uso de su experiencia en la partidocracia, su figuración política como gestor de programas de vivienda popular y su disposición a llegar a acuerdos respecto al reparto del poder con cualquiera lo podrían llevar lejos.
Cambio Radical tuvo éxito en las legislativas al ocupar el espacio que sus ex socios en la coalición de gobierno dejaron vacío en diversas regiones del país. Sus listas al Legislativo obtuvieron en torno a 2,15 millones de votos y se dice que no llegaron a poner toda la maquinaria en marcha para atraer el voto clientelar.
Para llegar a la segunda vuelta Vargas Lleras necesita disfrazarse de centrista para competir con Duque, pero pese a ello puede seguir contando con el respaldo de una parte de la oligarquía que no quede alineada con el uribismo y con el apoyo de Juan Manuel Santos. Todo es cuestión de negociar puestos en el futuro gobierno con el santismo… Su propuesta electoral en el fondo no es tan distinta a la del uribismo. Plantea el control salarial, la transformación del régimen de pensiones, subir la edad de jubilación y en rasgos generales, administrar en pro de las élites económicas colombianas. El programa de Vargas Lleras no contempla una sola propuesta a favor de los que viven del salario, sin embargo su victoria sería la única posibilidad de resucitar un escenario de gran coalición central que volviera a integrar a los actuales socios de la Unidad Nacional, dejando fuera al Centro Democrático por el lado más conservador y a los petristas por el lado progresista.
En estas condiciones lo que pase con la evolución de los compromisos adquiridos respecto a los acuerdos de paz y las negociaciones en marcha con el Eln es una incógnita.
ex asesor del Presidente de Ecuador Rafael Correa; Miembro del equipo fundador del periódico Diagonal y colaborador habitual en diversos medios de comunicación en América Latina y Europa. Investigador asociado en Sistemas Integrados de Análisis Socioeconómico y director de la Fundación Alternativas Latinoamericanas de Desarrollo Humano y Estudios Antropológicos (ALDHEA) 5/3/2017.
Fuente:
https://brecha.com.uy/, 23 de marzo 2018

Sensatez Por: Javier Ortiz

Por: Javier Ortiz

Sensatez



Lo primero que hizo Antanas Mockus, una vez elegido al Congreso con una importante votación que lo convirtió en el único que le hizo sombra a Álvaro Uribe Vélez, fue decir que el país no podía quedar atrapado entre el miedo y el odio representados en Duque y Petro. Hay que construir “un cuento más bonito, que dé más orgullo”, concluyó. Y claro, un Fajardo, que aparecía pálido en la opinión por su falta de propuestas, corrió a tomarse la foto al lado de él para que la luz también lo iluminara. Creo que se equivoca el profe Antanas en hacer esa comparación tan ligera. No le hace bien ni al país ni a él ni a su imagen de mesura y sensatez, y corre el riesgo de ponerse en el mismo nivel de los inventores del castrochavismo, ese ente indefinido, motivo y causa de todos los males de la nación y de América Latina.
Hablar claramente, sin eufemismos, de injusticia, de inequidad, de campesinos sin tierra, de falta de oportunidades, de acceso gratuito a la educación, de un sistema de salud que se ha convertido en una espiral de la muerte, de protección al medio ambiente y a los animales, ¿es acaso un discurso de odios y temores? Yo creería que no. Creo todo lo contrario, es la más amplia y clara muestra de respeto y amor a la especie humana y animal de la que el mismo Mockus es creyente y aventajado pregonero.
Es más, me atrevería a afirmar que está mucho más cerca que cualquier otra opción de su idea de construir un “cuento más bonito” que genere orgullo. Entendámonos, no hay deberes ni ciudadanía plena sin derechos, y no se construye una democracia sólida sin justicia social.
Fajardo, a quien los medios veían como un tibio candidato, gracias a los 540.000 votos de Mockus aparece como el candidato de la mesura, que se pone en medio de los dos extremos, y llama a su filas a Humberto de la Calle.
De acuerdo, mesura, sensatez, pero también sentimiento y sentido común. Lo más cierto aquí es que el único que puede hacerle competencia al uribismo —por su votación y por todo el reconocimiento nacional que ha generado— es Gustavo Petro. Sensatez sería que Humberto de la Calle se despinte de César Gaviria, asuma la dirección del Partido Liberal y lleve sus valiosos votos hacia esa opción, entre otras cosas, para ver si ese partido logra recuperar algo de su dignidad histórica. Y, por supuesto, hacia allá también tendría que desplazarse Fajardo, lo que sería una buena oportunidad para que defienda, por fin, una propuesta clara.
Alguna gente de centro y liberales —de doctrina, no de partido— siguen hablando con temor de izquierda radical. ¿A qué se refieren con izquierda radical? ¿A las Farc que se desmovilizaron y que no encuentran dónde poner sus votos porque nadie quiere hacer política con ellos? ¿Al Eln, una guerrilla diezmada que cada vez parece entender más que la única solución es el diálogo? ¿Al partido Comunista, que hacía rato no tenía un congresista hasta ahora que llegó Aída Avella? ¿Al Moir, cuyo representante más importante es el destacado senador Jorge Robledo, cuyo radicalismo le alcanza hasta para defender a la burguesía azucarera del país?
Mientras se desgastan enunciando calificativos dudosos, sumidos en una tibieza que perpetúa el estado de cosas, aquí lo único radical es una extrema derecha que avanza con espíritu revanchista a consolidarse en el poder.

viernes, 23 de febrero de 2018

¿EL OSCURANTISMO AL PODER? Por: Piedad Bonnett.


¿EL OSCURANTISMO AL PODER?
Por: Piedad Bonnett. 17 Feb 2018 - 9:00 PM

Sumisión, de Michel Houellebecq, es un ejercicio de imaginación que narra cómo un musulmán llega al poder en Francia e impone las creencias de su religión a la población en general, con todas las restricciones que esta trae. Un ejercicio similar podríamos hacer nosotros, pero imaginando que los cristianos o los evangélicos fueran capaces de poner a uno de sus pastores como presidente. ¿Qué pasaría? Lo increíble es que esta fantasía ya tiene visos de realidad en Costa Rica: Fabricio Alvarado, del partido evangélico Restauración Nacional, se convirtió en el favorito de los candidatos a la Presidencia con 24,8 % de los votos, y su partido pasó de tener un representante a tener 13. Sus propuestas son semejantes a las que hemos estado oyendo los colombianos en boca de algunos de los candidatos a la Presidencia: no al aborto, no a la “ideología de género”, rechazo a la comunidad LGBTI, defensa a ultranza de la familia, tratamiento punitivo de la drogadicción, etc.

Que algo así llegue a pasar en Colombia parece imposible. Y sin embargo, ¿hay algo que sea imposible después del triunfo del No a los acuerdos de paz, que se logró en buena parte por el apoyo de muchos de los seis millones o más de cristianos-protestantes que hay en Colombia? La verdad cruda es que muchos candidatos católicos encontraron en las comunidades cristianas y evangélicas la posibilidad de un enorme caudal de votos, y que, ya sea por puro oportunismo o porque pertenecen a esos credos —como Viviane Morales—, su discurso se aproxima al radical conservador de estas iglesias. Ejemplos de estas alianzas entre católicos y cristianos hay muchos: en 2013 vimos a Álvaro Uribe participar del rito de la misión de “Restauración y Avivamiento a las Naciones”, en la iglesia del pastor Pablo Portela en Pereira, a quien agradeció los votos conseguidos. Y la Misión Carismática Internacional G12, que fue aliada del Centro Democrático, ahora apoya a Germán Vargas Lleras. Marta Lucía Ramírez, Carlos Holmes Trujillo, Paloma Valencia, Iván Duque, Rafael Nieto y Alejandro Ordóñez, acompañados por el expresidente Álvaro Uribe, acudieron al foro “Coalición Despierta” que se realizó en la iglesia Ríos de Vida que lidera el pastor Miguel Arrázola en Cartagena. Y sabemos que el ultracatólico Alejandro Ordóñez tiene apoyos de los evangélicos.

Algunas de las grandes conquistas de la modernidad son el laicismo, las libertades individuales, el libre desarrollo de la personalidad, la inclusión social, el derecho a decidir sobre el propio cuerpo y a una muerte digna y el respeto a la diversidad sexual. Cuando Marta Lucía Ramírez o Viviane Morales dicen que es absurdo dar niños a las parejas homosexuales, cuando Iván Duque se opone a la dosis personal de marihuana, cuando Alejandro Ordóñez tiene el descaro de decir que Claudia López y Angélica Lozano incitan a los niños a que se acuesten con sus amigos, cuando María Fernanda Cabal dice que “la sociedad civil es otro cuentazo de los mamertos”, y cuando Uribe aconseja “aplazar el gustico”, están proponiendo volver al país premoderno, que en la primera mitad del siglo XX se valió de los púlpitos para incitar el fanatismo y el odio y sembrar la violencia. Al país semifeudal, caudillista e intolerante que se resiste a desaparecer.


GESTOS QUE MATAN O SALVAN VIDAS. Por: Rodrigo Uprimny


GESTOS QUE MATAN O SALVAN VIDAS.
Por: Rodrigo Uprimny

Tomado de www.elespectador.com. 17 Feb 2018 - 9:00 PM

En sociedades divididas, hay palabras y gestos que incrementan los odios y desembocan en violencias, a veces letales y masivas. Las palabras a veces matan. Pero en esas mismas sociedades divididas, las personas, y en especial los líderes, pueden decir cosas y realizar gestos que, sin desconocer las diferencias, tiendan puentes de humanidad entre los bandos enfrentados, con lo cual reducen las enemistades y evitan violencias letales y masivas. Las palabras a veces salvan vidas.

En Colombia existen muchos casos de palabras y gestos que han provocado violencias terribles. Recordemos por ejemplo a monseñor Builes, obispo de Santa Rosa de Osos, quien desde los años 40 atizó los odios contra los liberales y los comunistas e invitó a los católicos a combatirlos “hasta la última gota de sangre”, con lo cual alimentó las terribles violencias de ese período.

Infortunadamente el caso de Builes no es único. En otros momentos y otras regiones, otros personajes han alimentado también con sus palabras y sus gestos nuestros odios y violencias. Basta tomar en cuenta las recientes declaraciones y gestos guerreros del Eln frente a un país que clama por salir de la guerra residual que persiste con este grupo. Es más, esa tradición de violencia sectaria ha sido tan larga y amplia y ha sido tan cuidadosamente documentada que a veces los colombianos creemos que es la esencia de nuestra nacionalidad. Pero no es así: al lado de esa innegable historia de enfrentamientos sectarios violentos, los colombianos hemos logrado desarrollar experiencias extraordinarias de convivencia democrática y de acercamiento entre rivales, incluso en condiciones muy difíciles.

Una de esas experiencias notables es la del municipio de Aguadas, en Caldas, que fue documentada por Paul Oquist en su tesis doctoral sobre la violencia de los 50, luego publicada como libro (Violencia, conflicto y política en Colombia). Este caso es extraordinario porque Aguadas fue una especie de isla de paz en una región de violencia muy intensa en esos años: el norte de Caldas y el sur de Antioquia. ¿Qué pudo explicar esta paz en Aguadas? La respuesta de Oquist parece tan de ficción que cuando la comenté a uno de mis hijos no me creyó y sólo la aceptó después de leer el texto de Oquist.

El misterio de Aguadas residió en que las élites locales conservadora y liberal hicieron esfuerzos consistentes en esos años por conservar un entendimiento democrático en el municipio, a pesar de la violencia bipartidista que existía en gran parte del país y en la región circundante, para lo cual, cuenta Oquist, “renovaban periódicamente su alianza mutua en reuniones ceremoniosas efectuadas en la plaza pública y ante gran concurrencia”. Las ceremonias y los gestos de esas élites de Aguadas le evitaron así a ese municipio el terror que vivieron sus vecinos.

La experiencia de paz de Aguadas es notable, pero no es única. En esa época otras regiones, como la costa Atlántica o Nariño, lograron igualmente escapar a la violencia por entendimientos semejantes de sus élites locales. Y en otros períodos hemos tenido igualmente élites locales o nacionales que han logrado gestos y palabras que han salvado vidas.

Estamos entrando a un periodo electoral turbulento y peligroso. Todos nosotros, pero especialmente los líderes políticos, tenemos una responsabilidad moral y política enorme, que no podemos eludir: tenemos que decidir si atizamos los odios, con palabras y gestos polarizantes, semejantes a los de monseñor Builes, lo cual podría desembocar en violencias terribles. O si optamos por el ejemplo pacificador de los líderes locales de Aguadas, cuyos gestos y palabras salvaron muchas vidas.

* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.


ATREVERSE Por: Javier Ortiz.

ATREVERSE
Por: Javier Ortiz.
17 Feb 2018 - 9:00 PM


Un elefante puede quedarse en cautiverio toda la vida, amarrado de su pata con una frágil cadena y atado a una pequeña estaca clavada al suelo. Con su fuerza descomunal solo bastaría un leve movimiento para reventar y hacer saltar por los aires los artificios de su sujeción. Pero no. Se queda allí. Apacible y triste, el resto de su existencia. Los colombianos nos parecemos a los elefantes, y lastimosamente no por las maravillosas virtudes de su naturaleza, sino por lo anterior. Por ese miedo profundo a todo lo que encarna una opción o esperanza de cambio.

El miedo al cambio nos paraliza y nos acomoda a la mediocridad existente. Nos encadena a una rutina que nos impide ensayar la posibilidad de hacer las cosas de manera diferente. Ese temor nos hace llevar una vida como la del elefante que a diario espera ilusionado las miserias de su captor, mientras se revuelca en la calidez de su propio miasma. Vivimos amarrados a la tradición política por temor, y eso lo saben y aprovechan los habituales dirigentes de la nación.

Sin atrevimiento no hay posibilidad de cambio. Es ese el motor de la humanidad. Y de no haber sido por esto, Europa sería todavía el mundo donde gobernaran las testas coronadas, Rusia fuera todavía el escenario de los caprichos zaristas, la India sería todavía una colonia británica, los afroamericanos sólo podrían sentarse en las bancas traseras del transporte público y Nelson Mandela habría muerto picando piedra en la prisión de Robben Island.

En estos días de campañas electorales varios han expresado el temor que les causa la opción presidencial de un candidato como Gustavo Petro. Quizá habría que decirle a esta legión de timoratos que Petro está lejos de encarnar cambios tan trascendentales como los que acabo de mencionar; que su programa es apenas una forma de acercarse al Estado social de derecho consagrado en la Constitución nacional; y que si le hablan a un marxista comprometido o a un troskista sobre la supuesta radicalidad de este candidato, apenas sonreirían con compasión. No hay nada radical en Petro.

Para desvirtuarlo como alternativa política han usado insensatos temores. Seamos elefantes, pero por la memoria, no por el miedo de salir de un supuesto lugar de seguridad que no ha sido más que otro artilugio de engaño. Memoria de elefante para no olvidar a las víctimas, para saber que en esta nación no ha habido un proceso de paz que no haya acabado en exterminio, para recordar que llevamos más de 200 años de vida republicana sin hacer una reforma agraria, para que tengamos siempre presente que nuestro aberrante sistema de salud vende cada tanto a los ciudadanos un paquete de muerte y para ser conscientes de que por mucho que nos hayamos partido el lomo trabajando la incertidumbre será nuestra compañera más cierta en la vejez.

Quizá Petro no es la solución a todos los males ancestrales de la nación, pero en estos momentos representa una indiscutible oportunidad de cambio en un país que ha renunciado a la posibilidad de soñarse diferente. Seguir en el marasmo, entregando nuestros días a quienes se han perpetuado en el poder, también es parte de los márgenes de la democracia. Por una vez, al menos, podríamos atrevernos a desatarnos de la estaca clavada en el suelo.



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sábado, 3 de febrero de 2018

FANATISMO Y ODIO EN ARMENIA

FANATISMO Y ODIO EN ARMENIA

En el recorrido de Timoleón Jiménez, la gente se veía poseída por un ira visceral ¿En que clase de monstruos se han convertido muchos colombianos?

Por: Gabriel Ángel | Febrero 03, 2018

Esta es mi impresión personal sobre lo ocurrido en la tarde de ayer en Armenia. Creo que en buena medida lo sucedido es reflejo del envenenamiento que se le ha hecho al país. Por un momento recordé los resultados del plebiscito del 2 de octubre de 2016. Por increíble que pueda parecer, es como si viviéramos en un territorio en el que la violencia y el odio fueran las principales motivaciones de sus habitantes.

¿En qué clase de monstruos han llegado a convertirse un elevado número de colombianos? Sorprende que a su vez se consideren a sí mismos los representantes de la decencia, de lo más respetable y sano. Cuando sus palabras y sus actos se reducen a lanzar improperios, agredir y maltratar del modo más irracional. Si estuviera en sus manos, despedazarían al objeto de sus recriminaciones, beberían de su sangre, devorarían como hienas sus entrañas.

Uno tiene la impresión de que las horrendas masacres cometidas por el paramilitarismo años atrás, así como los crímenes que ocurren a diario por todo el territorio nacional, representan acciones dignas de celebración para ellos. Lo gritan a viva voz, lo añoran. Muy seguramente que mucho más arriba en la escala económica y social, hay quienes se regodean por haber sembrado tanta demencia que les asegura el goce tranquilo de sus fortunas mal habidas.

¿Pero quién puede hacérselo entender a esa masa fanatizada? La verdad intuyo cómo es que se ha llegado en otras tierras al extremo del fundamentalismo islámico. Sin duda que poderes semejantes, valiéndose de la religión, han conseguido convertir en despiadados asesinos a niños, jóvenes y adultos, que no reparan en decapitar a centenares de sus congéneres por considerarlos despreciables. Aquí nos encontramos al borde de eso, fue lo que vi ayer en Armenia.

Había mujeres y hombres gritando con evidente rencor, que los Acuerdos de La Habana eran una farsa, una cochinada, lo menos parecido que hubiera a la paz. Insultaban a Timo, a la guerrilla, al Presidente Santos, a la izquierda, a todos esos arrodillados que hablaban de reconciliación. Sus ojos, sus gestos, sus actitudes, todo indicaba que estaban a punto de lanzarse en masa sobre su presa. Carecían de la mínima cordura, estaban poseídos por el odio más visceral.

¿Qué quieren?, se pregunta uno. ¿Qué sigan la guerra, los muertos, los mutilados, los atentados, los bombardeos, la sangre derramada? ¿Acaso ellos han ido alguna vez al combate? ¿Acaso saben lo que se experimenta en medio del horror del fuego? Estoy seguro que no, sólo lo desean ardientemente para otros. Porque les han hecho creer que tratando a los demás como ratas, como cucarachas a las que hay que aplastar, se es más humano y se edifica una mejor sociedad.

Ayer vi con mis ojos la brutalidad del fascismo, la ceguera embravecida de gente en apariencia normal, que luego llegará a casa a cambiar el pañal a sus bebés o hacer el amor a sus mujeres. Igual a como obraban los nazis que aclamaban al führer, sin darse cuenta del abismo al que conducía a su pueblo, su país e incluso a la humanidad entera. Creo que en nuestro país deben abrir los ojos la mayoría de los ciudadanos, esos que sólo miran y dejan hacer a los otros.

No es al partido FARC al que odian los provocadores y la masa que agitan. Es al resto de la gente que no es como ellos. A su juicio no merecen existir, no debe haber lugar alguno para ellos en este mundo maravilloso que les corresponde defender. Vi mendigos, pordioseros, seres descompuestos por la sociedad, lanzando improperios contra la paz y la justicia social en Colombia, como si no fuera el orden establecido el que los condujo a su situación.

Percibí en algunos medios el afán por el sensacionalismo, publicando sin ocultar el morbo y la satisfacción íntima, que el pueblo de Armenia abucheó y apedreó la caravana de Timochenko. Tampoco fueron así las cosas, muchos habitantes vinieron al encuentro del candidato y estrecharon su mano, lo animaron a continuar, le expresaron su apoyo pese a todo, lo felicitaron por su lucha. Había mujeres que lo vivaban con intensa emoción.

Allí estábamos, en medio de la hostilidad creciente promovida por agitadores que a todas luces no eran espontáneos. Agitando nuestras banderas, sonriendo, respondiendo con el silencio a las voces pendencieras, invitando a respetar la diferencia, a construir un país en paz fundado en la tolerancia. Se supone que la democracia es dejar que cada uno defienda su programa y que la gente decida en las urnas quiénes son el ganador y el perdedor.

Es lo menos que podía esperarse. Pero en Colombia no sucede eso. Por algún atavismo inculcado en el alma de mucha gente, muy bien explotado por grupos selectos de la élite más intransigente, la democracia y las libertades consisten en un espacio exclusivo de unos cuantos, que imponen sus ideas por la fuerza y proscriben al pensamiento distinto. La única democracia posible es su gobierno, la obediencia ciega a su dicho, lo demás sólo merece la muerte.

Como si la consecuencia dee semejante forma de pensar no hubiera sido una guerra de medio siglo y los más de ocho millones de víctimas. Uno no puede entender cómo medios de comunicación y portales que posan de demócratas, se presten a un juego semejante. La FARC puso fin a la guerra, hubo un Acuerdo histórico de Paz para hacer de Colombia un mejor país. Timo es un valiente, sale con los suyos a poner la cara y a hablar diferente.

Eso, en mi parecer, es lo que debía destacarse. Que haya colombianos amigos del diálogo, de las soluciones civilizadas, del perdón y la reconciliación. Y que se encuentren librando una cruzada contra los odios, la violencia y el desprecio. Que expongan su seguridad e incluso sus vidas, no en las montañas con un fusil en las manos, sino en las ciudades, hablando tranquilamente con la gente del común. Eso sí es hacer patria, lo demás es destrucción, es locura, es el infierno.