viernes, 9 de diciembre de 2016

LA CRISIS DEL SISTEMA LIBERAL Y LA EMERGENCIA DEL FASCISMO POR: ALEJANDRO REYES POSADA

LA CRISIS DEL SISTEMA LIBERAL Y LA EMERGENCIA DEL FASCISMO
POR: ALEJANDRO REYES POSADA

El gran historiador Ernest Nolte publicó un libro esclarecedor cuyo título resume su tesis: “La crisis del sistema liberal y el origen de los movimientos fascistas”.

Años después, Hanna Arendt publicó “Hombres en tiempos de oscuridad”, que describe el clima que les tocó vivir a los intelectuales que resistieron al fascismo, incluido el más inteligente de todos, Walter Benjamin, que se suicidó a los cuarenta años cuando Francisco Franco, para complacer a Hitler, cerró la frontera de los Pirineos que comunicaba la Francia ocupada y España, donde él y otros judíos iban a escapar de los nazis hacia los Estados Unidos.

En Colombia se están incubando las condiciones para que se imponga un fascismo criollo del siglo 21, que culmine la demolición del sistema de democracia liberal que sobrevivió a medio siglo de conflicto armado. El sentimiento de tener una clase dirigente con varios estadistas de relevo, que fue el ilusorio orgullo de Colombia, dejó de existir. Nos tocó conformarnos con políticos que no ven más allá de los beneficios del poder personal, mientras el barco avanza en la tormenta en medio de arrecifes.

El último de los grandes, Carlos Lleras Restrepo, vio lo que venía cuando el clientelismo le ganó la batalla en cabeza de Turbay Ayala, que ensució las manos de una generación de jóvenes oficiales con la sangre de los torturados y desaparecidos, iniciando la pendiente resbaladiza de la guerra sucia. De allí salió la camada de generales que se aliaron con los paramilitares y terminaron en la práctica de los falsos positivos, en una escala creciente de degradación en nombre de la seguridad nacional, con la tolerancia complaciente de los gobernantes civiles.

La crisis de la democracia liberal en Colombia es el fracaso de la clase dirigente en crear un Estado moderno, al que estén sometidos los gobernantes. Se cedieron territorios y control de población a las guerrillas y las mafias armadas, y los aparatos de gobierno, justicia y órganos legislativos resultaron con grandes segmentos gangrenados por la corrupción, que ya no es subterránea sino a cielo abierto.

Santos vio clara la alternativa a la crisis y se jugó por ella: hacer la paz con las guerrillas a cambio de una apertura democrática que oxigenara el sistema político. Pero sobrestimó la capacidad inmunológica de la democracia para sanarse a sí misma y menospreció el poder de una coalición emergente para abortar la paz y escoger el exterminio militar, que les ahorre tanto las reformas sociales como el imperio de la ley sobre sus cabezas.

Ante la crisis terminal de los partidos que alguna vez construyeron Estado, ocupa el vacío un movimiento político aglutinado por Álvaro Uribe, con capacidad para enterrar la democracia liberal. Las muertes de líderes sociales son un anticipo de lo que puede actualizar el fascismo criollo cuando despliegue todo su poder. Por algo circula en las redes sociales una frase atribuida a Fernando Vallejo, el último gran moralista de Colombia: “La maldad del ser humano debería medirse en Uribes”.

alejandroreyesposada.wordpress.com


EL REGRESO DEL HÉROE DE INVERCOLSA. POR: RAMIRO BEJARANO GUZMÁN

EL REGRESO DEL HÉROE DE INVERCOLSA. POR: RAMIRO BEJARANO GUZMÁN 

No es extraño que el partido de Uribe haya escogido a Fernando Londoño Hoyos, el tristemente célebre Héroe de Invercolsa, como nuevo presidente del Centro Democrático. Aunque son tal para cual, les pesará, como le pesó al gobierno de la seguridad democrática, haberlo convertido en ministro del Interior y de Justicia.

Sacar a Londoño de la emisora donde estaba denigrando de todo el mundo e incitando a la violencia y al odio es no solo una provocación sino un desafío a las buenas costumbres.

El principal mal de nuestro país es la corrupción, pero más la impunidad social, otrora más severa que la cárcel. En el caso de Londoño es imposible no recordar que sigue siendo protagonista del negociado de las acciones de propiedad de Ecopetrol en Invercolsa. Evidentemente un juez de la República encontró que en ese malhadado asunto Londoño violó la moralidad administrativa, detalle que a Uribe lo tiene sin cuidado. Lo cierto es que aún hoy, pasados 20 años de ese sórdido asunto, el Estado no ha recuperado las acciones y todavía hay en curso más pleitos.

Pero lo de Invercolsa parece ser lo de menos. Lodoño fue doblemente destituido por la Procuraduría e inhabilitado para ejercer cargos públicos por varios años. En la primera ocasión fue sancionado porque siendo ministro calumnió a un juez, a quien acusó falsamente de trabajar para el Cartel de Cali. Más tarde la Procuraduría tuvo que volver a sancionarlo por tráfico de influencias, porque estableció que, también desde su investidura de ministro, adelantó gestiones para que a una entidad italiana, excliente suyo, se le pagara una obligación que le había sido impuesta a la Nación en un fallo arbitral. En ambos casos la Procuraduría inhabilitó a Londoño para ejercer cargos públicos por más de 10 años, pero como el tiempo ha pasado ya una de las dos sanciones ha cesado o está por expirar; no así la otra que está demandada en el Consejo de Estado.

En los medios de comunicación ya se asegura que en el Consejo de Estado el magistrado que conduce el proceso con el que Londoño busca anular la sanción que aún lo inhabilita para ejercer cargos públicos, ha elaborado ponencia rehabilitándolo, escudado en el imposible e inmoral argumento de que como para el momento en el que realizó sus gestiones en favor de su exmandante ya habían pasado varios años, entonces no había falta disciplinaria ni razón para sancionarlo. Me resisto a creer que en el Consejo de Estado se abra camino esa tesis, que implicaría que un abogado que llegue a un cargo público podría abogar por sus expoderdantes, con tal que hayan pasado cierto número de años de haber terminado la relación profesional. Vaya manera de aquerenciar la distinguida clientela.

Nombrar a Londoño jefe de un partido, cuando hay pendiente de discusión un fallo en virtud del cual la jurisdicción contenciosa lo rehabilitaría políticamente antes de que cumpla las sanciones, es una velada presión al Consejo de Estado. Es retar a la justicia para ver si se atreve a negarle las pretensiones al todo poderoso director de un partido que está preparándose para volver al poder, a sangre y fuego.

En cualquier caso, es claro que el partido de Uribe, con la designación de Londoño, lo que pretende es continuar dividiendo a los colombianos. Recuérdese que cuando el Héroe de Invercolsa fue ministro, abusó de su cargo, al extremo de que cuando el Gobierno perdió el referendo, pretendió desconocer los resultados electorales forzando al Consejo Electoral para que depurara el censo excluyendo a los muertos, para por esa vía tan precaria alcanzar el umbral que no consiguieron en las urnas.

El uribismo ha hecho historia. Es la primera vez en el mundo que designan presidente de un partido político a alguien que está inhabilitado para ejercer funciones públicas. Definitivamente no hay muertos políticos; algunos, como en el caso del Héroe de Invercolsa, resucitan y asustan después de enterrados.

Adenda. ¿Que el embajador y exministro Juan Carlos Pinzón está aspirando a reemplazar a Germán Vargas Lleras? Lo que faltaba, un vicepresidente uribista pura sangre.

notasdebuhardilla@hotmail.com. Tomado de www.elespectador.com


CINCO VIAJES. POR: TATIANA ACEVEDO

CINCO VIAJES.  POR: TATIANA ACEVEDO

Los lazos de Colombia con la empresa Chiquita (anteriormente United Fruit Company) se forjaron a punta de viajes. Primero fueron los bananos que anduvieron por tren y buques mercantes.

Se cosecha verde el guineo para que pueda durar de tres a cuatro semanas y madure después de llegar al punto de venta. Viajó y sigue viajando dividido en racimos y dentro de cajas, con una calcomanía azul pegada en la curva. Con más de 15.000 hectáreas en Latinoamérica, la empresa todavía mueve bananos. Sin embargo ya no los envía desde Colombia, pues se retiró del país en 2004, cuando se hizo público que a partir de 1997 financiaba bloques paramilitares.

De sur a norte viajaron los bananos y de norte a sur los gringos. Señores de corbatín llegaron a vivir en climas calientes, con sus familias, barrios y médicos. Los funcionarios tenían siempre posiciones de supervisión de obras de irrigación y mando de trabajadores. Frecuentemente tenían buena relación con la representación del gobierno americano y colombiano. El gerente general de la bananera en 1928, Thomas Bradshaw, tenía línea directa con el Ejército colombiano y el embajador de su país en Bogotá. Este último discutía los asuntos laborales de Ciénaga con el secretario de Estado en Washington. Algo parecido a lo que sucedió más recientemente, cuando en cadenas de comunicación de alto nivel, varios de los ejecutivos de Chiquita negociaron, aprobaron y ocultaron (por un tiempo) los pagos a cuadrillas paramilitares en el Urabá.

Bregando para que los trabajadores no se sindicalizaran ni merecieran convenciones colectivas, la empresa encontró beneficios en alianza no sólo con paramilitares sino con muchos de los empresarios y políticos regionales y nacionales. Por eso, además de desembolsos puntuales a ejércitos paras (pagos por aproximadamente $1,6 millones de dólares), sus ejecutivos terminaron alcahueteando otros tipos de movimientos por el mar. El Bloque Bananero importó armas y exportó coca por los puertos y en los barcos de Chiquita. Estos viajes, que hicieron posible la misión paramilitar, están siendo juzgados hoy. En su momento el Departamento de Justicia estadounidense decidió multar a la empresa pero no formuló cargos contra funcionarios. Después de casi una década de insistencia, cientos de personas cuyos familiares murieron, víctimas de paramilitares en la zona, avanzan en una demanda federal contra la bananera. Aunque Chiquita trató de esquivar el proceso (dicen que el caso debe ser presentado en Colombia en lugar de los Estados Unidos), esta semana que pasó un juez en la Florida rechazó el argumento.

Mientras se pasa el juicio cabe pensar en los movimientos de banano, gerentes, armas y coca. Y en uno último que es el de la información que transitó por entre oficinas y plantaciones. En correo electrónico o mucho antes de la internet, en marconis y cartas con sellos. Como resultado de estos movimientos entre sucursales apareció en 1980, en una bodega de Chiquita en Panamá, una fotografía tomada en 1928 en Magdalena, acompañada por un memorando escrito a máquina. Rescatada del archivo por el profesor Kevin Coleman, retrata a cuatro trabajadores bananeros y un dirigente socialista. Nicanor Serrano, Bernardino Guerrero, Erasmo Coronel, P. M. del Río y Raúl Eduardo Mahecha se mandaron retratar poco antes de la huelga de las bananeras. La foto, que viajó en barco, está rayada con lapicero: cada hombre tiene un número. En el memorando se relacionan números con nombres. Pese a que huelguistas pedían que la empresa cumpliera la legislación laboral colombiana, se alerta sobre su peligrosidad. Dos de los trabajadores tienen una palabra escrita encima “out” (“afuera”). En el memorando se explica que uno de los dos ya está preso y el otro murió a manos del Ejército.


Tomado de www.elespectador.com

CIEN AÑOS DE SOLEDAD. POR: PIEDAD BONNETT

CIEN AÑOS DE SOLEDAD. POR: PIEDAD BONNETT

"A nadie se le había ocurrido pensar que fuera mortal”.

Estas palabras de García Márquez, referidas a la Mama Grande, pueden aplicarse a Fidel Castro, un hombre mítico, que sin embargo “fue tronchado de raíz por el trancazo de la muerte” el 25 de noviembre pasado. Con él, como ya han escrito, llegó a su fin una era, en Cuba, en Latinoamérica y en el mundo. Una era que comenzó hace cien años, en 1917, con la revolución bolchevique, y cuya mayor réplica fue la revolución cubana, que sacudió el continente e hizo nacer la esperanza de un cambio que acabara con las desigualdades sociales y con la injerencia imperialista en el llamado tercer mundo.

Cualquiera que haya vivido su juventud bajo el influjo de la revolución cubana sabrá de la magnitud de ese sueño. Eso le debemos a Castro, que como se sabe tuvo grandes logros en salud y educación y dio una enorme lección de dignidad y resistencia. Sin embargo, mucho antes del otoño del patriarca, el sueño se convirtió en pesadilla, en parte por el bloqueo al que Estados Unidos y sus aliados sometieron al pueblo cubano, en parte por el autoritarismo de Fidel y su aferramiento al poder, que con los días lo convirtió, primero en un tirano, y luego en un anciano de apariencia benévola que sin embargo seguía tercamente creyendo en los métodos de su régimen. “Era difícil admitir que aquel anciano irreparable fuera el mismo hombre mesiánico que en los orígenes de su régimen aparecía en los pueblos a la hora menos pensada sin más escolta que un guajiro descalzo con un machete de zafra, y un reducido séquito de diputados y senadores que él mismo designaba con el dedo según impulsos de su digestión…”, escribió García Márquez en su Otoño, y nadie podría pensar que no hablaba de Castro.

Directa o indirectamente el espíritu de la revolución cubana incidió en grupos como Montoneros y Tupamaros, en la revolución sandinista en Nicaragua, en el nacimiento del Eln e incluso en el sueño de las Farc, guerrilla campesina que nació a instancias de la violencia desatada por el asesinato de Gaitán. Pero “el mundo da vueltas en redondo”, para seguir citando a Gabriel García Márquez. Cien años de historia han permitido ver los logros y los fracasos de estas revoluciones, y el trazo del círculo que comenzó con la fe en la revolución armada como un camino. Hemos visto cómo Rusia, en los últimos 25 años, dio un viraje a una economía de mercado globalizada y a una privatización de la industria, y cómo Estados Unidos reanudó relaciones con Cuba. Por una de esas casualidades cósmicas que resultan reveladoras, en el mismo mes del año murió Fidel Castro y las Farc firmaron la paz con el gobierno de Juan Manuel Santos. La guerrilla más antigua de América reconoce hoy, después de 50 años de violencia, que el camino de las armas no es el camino. El futuro, después del derrumbamiento de los sueños, debería ser el de un liberalismo incluyente y progresista. Pero, por desgracia, lo que vemos emerger es el monstruo de la ultraderecha, su espíritu de exclusión, sus nacionalismos. Imposible no pensar otra vez en las palabras de García Márquez: “La historia de América Latina es una suma de esfuerzos desmesurados e inútiles y de dramas condenados de antemano al olvido”.

Tomado de www.elespectador.com

sábado, 3 de diciembre de 2016

LA DIPLOMACIA SECRETA ENTRE ESTADOS UNIDOS Y CUBA. POR: ARLENE B. TICKNER*

LA DIPLOMACIA SECRETA ENTRE ESTADOS UNIDOS Y CUBA.
  POR: ARLENE B. TICKNER*

A pesar de la enemistad, casi todos los presidentes estadounidenses gestionaron acercamientos tras bambalinas con Fidel y Raúl Castro. Obama normalizó las relaciones, pero con Donald Trump ese diálogo es una incógnita.
Fidel Castro y su hermano, Raúl, durante un encuentro con el Parlamento cubano en diciembre de 2003.

En un contexto mundial de conflicto bipolar y lucha contra el comunismo, la existencia de un régimen socialista a escasos kilómetros de la Florida y con vínculos estrechos con la Unión Soviética fue considerada inaceptable por parte de Estados Unidos, por amenazar sus objetivos económicos, políticos y de seguridad. Así, desde poco después de triunfar la Revolución, la isla y su líder, Fidel Castro, se convirtieron en “enemigos” de los intereses nacionales estadounidenses.

En abril de 1959, a escasos meses de haber derrocado al dictador Fulgencio Batista, Castro realizó una visita publicitaria a Estados Unidos en la que fue recibido como héroe por los medios de comunicación y con sospecha por el gobierno. Aunque el presidente Dwight Eisenhower se rehusó a reunirse con el nuevo dirigente cubano, delegó al vicepresidente Richard Nixon, quien concluyó que Castro era o “ingenuo frente al comunismo” o “un discípulo comunista”, pero que EE. UU. no tenía opción que trabajar con él. A diferencia de Nixon, el exsecretario de Estado Dean Acheson lo describió como el “primer demócrata” de América Latina.

Pese a las opiniones encontradas que existían sobre Castro, para finales del mismo año el gobierno Eisenhower ya había tomado la decisión de tratar de desestabilizarlo. Además de su preocupación por la expropiación de empresas y tierras de nacionales estadounidenses —proceso que culminó en julio de 1960 con la nacionalización de toda propiedad extranjera—, la CIA promovía la idea de que en Cuba se había establecido una dictadura de izquierda que de no ser frenada por EE. UU. terminaría apoyando a otros movimientos revolucionarios en la región.

Luego del fallido viaje de Castro a Estados Unidos, en febrero de 1960, el premier soviético, Nikita Khrushchev, mandó un emisario a la isla para ofrecer el apoyo económico y político (aunque no militar) que Washington no había manifestado interés en brindar. De este primer encuentro resultó un acuerdo de compra de azúcar a cambio de petróleo soviético, cuya importancia para la economía cubana crecería en la medida en que Estados Unidos endurecía su posición.

Luego de la invasión de Bahía de Cochinos (abril de 1961), que dejó a Estados Unidos en el ridículo y puso de presente el apoyo masivo de la población cubana a la Revolución, Washington siguió empecinado, mediante la Operación Mongoose, en derrocar o asesinar a Castro. Según una investigación realizada por el Congreso estadounidense, entre 1960 y 1965 hubo al menos ocho planes distintos para lograr dicho objetivo, varios en colaboración con la mafia, que era deseosa de reanudar el negocio de las apuestas en la isla. Simultáneamente con estas acciones clandestinas y con la ruptura de relaciones diplomáticas, en febrero de 1962 EE. UU. impuso el embargo.

El punto de no retorno en la construcción de Cuba como amenaza ocurrió con la Crisis de los Misiles de octubre de 1962, en la que Estados Unidos descubrió la existencia de misiles soviéticos de carácter ofensivo en territorio cubano. En sus memorias, Khrushchev afirma que la idea de emplazar misiles en la isla, la cual contó con el beneplácito de su contraparte cubana, obedeció a la necesidad de contrarrestar la delantera estadounidense en el desarrollo y despliegue de misiles estratégicos, en especial en Europa. Uno de los puntos acordados entre Estados Unidos y la Unión Soviética para dar fin a esta casi confrontación nuclear, fue que Washington se comprometiera a no volver a intervenir militarmente en Cuba, pero su política se quedó atascada en la aplicación del embargo, el ejercicio del aislamiento diplomático y la búsqueda de un cambio de régimen.

No obstante lo anterior, distintos documentos desclasificados y publicados por el National Security Archive demuestran que desde el gobierno de John F. Kennedy en adelante, todo presidente de Estados Unidos, con excepción de George W. Bush, ha gestionado o aceptado por parte de Cuba acercamientos secretos con Fidel y Raúl Castro, con el fin de mejorar y hasta normalizar las relaciones bilaterales. Éstos han tenido varias constantes, incluyendo el deseo de llegar a un modus vivendi pacífico; el carácter no negociable del régimen político (por parte de Cuba) y del levantamiento del embargo (por el de Estados Unidos) como precondición para dialogar; y el uso de temas secundarios no controversiales como sombrilla para tratar asuntos más sensibles.

Bahía de Cochinos y la Crisis de los Misiles terminaron por convencer a Kennedy de que una aproximación más “suave” que la utilizada hasta entonces podía dar mayores resultados, posición que Castro reconoció en entrevista con la cadena estadounidense ABC en mayo de 1963, al afirmar que veía posible la distensión con Washington. En reflejo de esto, luego del asesinato de JFK, el gobierno cubano manifestó ante la administración de Lyndon B. Johnson su deseo de continuar con el proceso que los dos países habían iniciado, interés que no encontró eco en ese entonces.

Una década más tarde, en abril de 1974, el secretario de Estado Henry Kissinger mandó una nota personal a Castro, en la que pidió el inicio de conversaciones bilaterales, a lo que éste respondió en afirmativo, gesto sellado con el envío de una caja de cigarros. Al año, la oficina de Kissinger redactó un informe confidencial sobre Cuba que recomendaba reanudar las relaciones diplomáticas con la isla. Pese a esto, la creciente injerencia militar de Cuba en África a mediados de los setenta hizo que el gobierno de Gerald Ford abandonara la iniciativa.

Nuevamente, el gobierno de Jimmy Carter buscó restaurar relaciones. Entre las políticas adoptadas para lograr ese objetivo, Estados Unidos levantó la prohibición de viajes hacia la isla para todo estadounidense (la cual fue reimpuesta por Ronald Reagan) y envió un equipo para negociar las fronteras marítimas, derechos pesqueros y la cooperación guardacostas. Asimismo, los dos países abrieron secciones de intereses en las capitales de ambos, lo cual permitió una interacción más fluida. Este ciclo llegó a su fin con el éxodo de Mariel, en el que 125.000 cubanos, muchos de ellos reos y enfermos mentales, fueron despachados de Cuba para la Florida en 1980.

Durante sus dos gobiernos, la política de Bill Clinton osciló entre el acercamiento y el antagonismo. Los primeros intentos de diálogo con Castro se vieron frustrados cuando Cuba derribó dos aviones del grupo anticastrista Hermanos al Rescate, matando a cuatro ciudadanos estadounidenses. En un gesto de retaliación, Clinton firmó la ley Helms-Burton de 1996, que extendió la aplicación del embargo y de sanciones a países extranjeros que comerciaban o invertían en la Isla. No obstante, entre 1998 y 1999 flexibilizó algunas restricciones.

El acercamiento iniciado en los años setenta y continuado en los noventa, cuando el colapso de la Unión Soviética, eliminó la principal fuente de preocupación sobre Cuba, algo que se aceleró y profundizó a partir de la primera presidencia de Barack Obama. Sin embargo, el arresto y posterior condena en 2009 del contratista de la Usaid, Alan Gross, acusado de participar en un complot para desestabilizar al gobierno de Raúl Castro, constituyó hasta su liberación un palo inamovible en el proceso.

Al tiempo que han crecido las voces en América Latina y Europa que condenan como anacrónicos y contraproducentes el embargo económico y el aislamiento diplomático impuestos por Estados Unidos durante más de 50 años, los vientos de cambio en ese país también son inconfundibles. Luego de haber monopolizado el debate sobre Cuba, dada la importancia del estado de la Florida en las elecciones nacionales, el poderío del lobby cubano-americano ha disminuido y ha surgido una nueva generación de empresarios y líderes cívicos que apoyan el cambio de estrategia hacia la isla.

El 17 de diciembre de 2014, luego de años de acercamientos tras bambalinas, Obama y Raúl Castro anunciaron su decisión de normalizar las relaciones. Decisión condenada por figuras protagónicas del Partido Republicano. Sin embargo, varias encuestas indican que la mayoría de los habitantes de Estados Unidos la respalda.

Antes del restablecimiento de relaciones, los dos países ya cooperaban estrechamente en temas de interdicción de drogas, migración, rescate de personas en ultramar y alerta temprana de desastres naturales. Ni siquiera la controversia que rodea la base de Guantánamo fue un obstáculo para que el personal estadounidense interactuara regularmente con sus homólogos cubanos al otro lado de la reja. Y aún con el embargo, Estados Unidos le vende a Cuba millones en alimentos.

Pero la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y la muerte de Fidel Castro añaden una gran incógnita al futuro de la normalización de relaciones entre los dos países. Los republicanos y el mismo Trump han dicho que “revisarán” varias iniciativas de Obama. Cuba no será la excepción.

*Arlene Tickner B. es profesora de la Universidad del Rosario.
 26 NOV 2016 - 9:00 PM. TOMADO DE WWW.ELESPECTADOR.COM


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ RECUERDA A SU AMIGO FIDEL CASTRO

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ RECUERDA A SU AMIGO FIDEL CASTRO

Este es el prólogo publicado por el escritor colombiano en 1988 para el libro-reportaje del periodista italiano Gianni Mina sobre Fidel Castro. Publicado en exclusiva en Colombia hace 20 años por El Espectador.

POR: GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ


Fidel Castro en una sesión fotográfica por los años de la Revolución Cubana.
Refiriéndose a un visitante extranjero al que había acompañado durante una semana en una gira por el interior de Cuba, Fidel Castro dijo: ‘Cómo hablará ese hombre, que habla más que yo’. Basta conocer un poco a Fidel Castro para saber que era una exageración suya, y de las más grandes, pues no es posible concebir a alguien más adicto que él al hábito de la conversación. Su devoción por la palabra es casi mágica. Al principio de la Revolución, apenas una semana después de su entrada triunfal en La Habana, habló sin tregua por la televisión durante siete horas. Debe ser un récord mundial. En las primeras horas, los habaneros no familiarizados con el poder hipnótico de aquella voz, se sentaron a escucharla al modo tradicional, pero a medida que pasaba el tiempo volvían a la rutina con un oído en sus asuntos y otro en el discurso. Yo había llegado el día anterior con un grupo de periodistas de Caracas, y empezamos a escucharlos en el cuatro del hotel. Luego seguimos oyéndolo sin pausas en el ascensor, en el taxi que nos llevó a los barrios del comercio, en las terrazas floridas de los cafés, en las cantinas glaciales, y hasta en las ráfagas de las radios a todo volumen que salían por las ventanas abiertas mientras caminábamos por la calle. En toda la noche, todos habíamos cumplido con nuestra jornada sin haber perdido una palabra. (Vea aquí el especial sobre la muerte de Fidel Castro)

Dos cosas llamaron la atención de quienes oíamos a Fidel Castro por primera vez. Una era su terrible poder de seducción. La otra era la fragilidad de su voz. Una voz afónica que a veces parecía sin aliento. Un médico que lo escuchaba hizo una disertación tremendista sobre la naturaleza de esos quebrantos, y concluyó que aun sin discursos amazónicos como el de aquel día, Fidel Castro estaba condenado a quedarse sin voz antes de cinco años. Poco después, en agosto de 1962, el pronóstico pareció dar su primera señal de alarma, cuando se quedó mudo después de anunciar en un discurso la nacionalización de las empresas norteamericanas. Pero fue un percance transitorio que no se repitió. Han transcurrido 26 años desde entonces, Fidel Castro acaba de cumplir sesenta y uno, y su voz parece todavía tan incierta como siempre, pero continúa siendo su instrumento más útil e irresistible para el muy delicado oficio de la palabra hablada.

Tres horas son para él un buen promedio de una conversación ordinaria. Y de tres en tres horas, los días se le pasan como soplos. Como no es un gobernante académico atrincherado en sus oficinas, sino que va a buscar los problemas donde estén, a cualquier hora se ve su automóvil sigiloso, sin estruendos de motocicletas, deslizándose a altas horas de la madrugada por las avenidas desiertas de La Habana, o en una carretera apartada. De todo esto ha surgido la leyenda de que es un solitario sin rumbo, un insomne desordenado e informal, que puede hacer una visita a cualquier hora y desvela r a sus visitados hasta el amanecer.

Algo de eso era cierto al principio de la revolución, cuando aún arrastraba los hábitos de la Sierra Maestra. No solo por la extensión de sus discursos, sino porque no tenía un domicilio cierto, ni tuvo una oficina durante más de quince años, ni tenía horas fijas para nada. La sede de gobierno estaba donde estuviera él, y el poder mismo estaba sometido a los azares de su errancia. Antes pasaba de largo por noches y días enteros, y dormía a retazos, donde lo derribaba el cansancio. Ahora trata de permitirse un mínimo de seis horas de buen sueño, aunque ni él mismo sabe a qué hora empezará a dormir cada día. Según vayan las cosas, lo mismo puede ser a las diez de la noche que a las siete de la mañana del día siguiente. Dedica varias horas a los asuntos de rutina en su oficina de la presidencia del Consejo de Estado, done hay un escritorio en buen orden, muebles confortables de cuero sin curtir, y un estante de libros que reflejan muy bien la amplitud de sus gustos: desde tratados de hidroponía hasta novelas de amor. De media caja de puros que se fumaba en un día pasó a la abstinencia absoluta, sólo por tener autoridad moral para combatir el tabaquismo, en un país donde Cristóbal Colón descubrió el tabaco, y que deriva de él buena parte de sus recursos.

Su facilidad inclemente para aumentar de peso lo ha obligado a imponerse una dieta perpetua. Sacrificio inmenso, pues su apetito es de los grandes, y es un cazador insaciable de recetas de cocina, que le gusta preparar con una especie de fervor científico. Un domingo sin frenos, después de un almuerzo en forma, se tomó dieciocho bolas de helado. Pero en la vida corriente apenas si prueba un filete de pescado con vegetales hervidos, y más bien cuando lo vence el hambre que en un horario de rutina. Se mantiene en excelentes condiciones físicas con varias horas de gimnasia diaria y de natación frecuente, se restringe a una copita de whisky puro en sorbos casi invisibles, y ha logrado sobreponerse a su debilidad por los espaguetis que le enseñó a preparar el primer Nuncio Apostólico de la Revolución, monseñor Cesare Sacchi.

Sus cóleras homéricas pero momentáneas son ahora fábulas del pasado, y ha aprendido a disolver sus humores oscuros en una paciencia invisible. Total: una disciplina férrea. Pero de todos modos insuficiente, porque la escasez de tiempo le sigue imponiendo un horario insólito. Y la fuerza de su imaginación lo arrastra a lo imprevisto. Con él uno sabe dónde empieza, pero nunca sabe dónde termina. No es raro que cualquier noche se encuentre uno volando en un avión con rumbo secreto, apadrinando una boda, cazando langostas en altamar, o probando los primeros quesos franceses hechos en Camaguey.

Hace mucho tiempo dijo: ‘Tan importante como aprender a trabajar es aprender a descansar’. Pero sus métodos de descanso parecen demasiado originales, y algunos no excluyen la conversación. Una vez se despidió de una intensa sesión de trabajo casi a la media-noche, con signos visibles de agotamiento, y regresó en la madrugada restablecido por completo después de nadar dos horas.

Las fiestas privadas son contrarias a su carácter, pues es uno de los raros cubanos que no cantan ni bailan, y las muy pocas a que asiste cambian de naturaleza cuando él llega. Tal vez él no lo sepa. Tal vez no es consciente del poder con que se impone su presencia, que parece ocupar de inmediato todo el ámbito, a pesar de que no es tan alto ni tan corpulento como parece a primera vista. He visto a los más aplomados perder el dominio frente a él, extremando la compostura o exagerando el desenfado, sin imaginarse siquiera que él está tan intimidado como ellos, y tiene que hacer un esfuerzo inicial para que no lo noten. Siempre he creído que el plural de que se sirve a menudo para hablar de sus propios actos no es tan mayestático como parece, sino una licencia poética para encubrir su timidez.

El hecho es que los bailes se imterrumpen, se suspende la música, se aplaza la cena, y la concurrencia se concentra en torno suyo para incorporarse a la conversación que entabla de inmediato. Así puede estar hasta cualquier hora, de pie, sin beber ni comer. A veces, antes de irse a dormir, toca muy tarde en la casa de un amigo con el cual tiene confianza para entrar sin anunciarse, y advierte que sólo va por cinco minutos. Lo dice con tanta sinceridad que ni siquiera se sienta pero poco a poco se va reanimando de pie con la nueva conversación, y al cabo de un rato se derrumba en un sillón  y estira as piernas, diciendo: ‘Me siento como nuevo’. Así es: fatigado de conversar, descansa conversando.

Una vez dijo: ‘En mi próxima reencarnación quiero ser escritor’. De hecho escribe bien y le gusta hacerlo, aun en el automóvil en marcha, y en unas libretas de apuntes que lleva siempre a mano para anotar cuanto se le ocurre, inclusive las cartas de confianza. Son libretas de papel ordinario, empastadas en plástico azul, que con los años han llegado a ser incontables en sus archivos privados. Su letra es menuda e intrincada, aunque a primera vista parece tan fácil como la de un escolar. Su modo de escribir parece de un profesional. Corrige una frase varias veces, la tacha, la intenta de nuevo en los márgenes, y no es raro que busque una palabra durante varios días, consultando diccionarios, preguntando, hasta que queda a su gusto.

En la década de los sesenta contrajo el hábito de escribir sus discursos, tan despacio y con tanto vigor, que parecían piezas de relojería. Pero esa misma virtud lo derrotó. La personalidad de Fidel Castro parecía otra al leerlos: cambiaba el tono, el estilo, hasta la calidad de la voz. En la inmensa Plaza de la Revolución, ante medio millón de personas se encontró varias veces como asfixiado por la camisa de fuerza de la letra escrita, y cada vez que podía se apartaba del texto. En otras ocasiones se encontraba con que sus mecanógrafos habían cometido un error, y en vez de corregirlo al vuelo interrumpía la lectura y hacía la enmienda con el bolígrafo tomándose todo su tiempo. Nunca quedaba satisfecho. A pesar de sus esfuerzos por darles calor y a pesar de lograrlo en muchos casos, aquellos discursos cautivos le dejaban un sentimiento de frustración. Pues decían todo lo que querían decir, y quizás lo decían mejor, pero eliminaban el mejor estímulo de su vida, que es la emoción del riesgo.

La tribuna de improvisador, por consiguiente, parece ser su medio ecológico perfecto, aunque siempre tiene que sobreponerse a una inhibición inicial que muy pocos le conocen, y que él no niega. En una nota que mandó hace unos años pidiéndome participar en algún acto público, me decía: ‘Trata de vencer por una vez tu miedo escénico como tengo que hacerlo yo con tanta frecuencia’.

Solo en casos muy eseciales lleva una tarjeta con algunas notas que saca del bolsillo sin ningún ritual antes de empezar, y la mantiene al alcance de la vista. Empieza siempre con voz casi inaudible, de veras entrecortada, avanzando entre la niebla con un rumbo incierto, pero aprovecha cualquier destello para ir ganando terreno palmo a palmo, hasta que da una especia de zarpazo y se apodera de la audiencia. Entonces se establece entre él y su público una corriente de ida y vuelta que los exalta a ambos y se crea entre ellos una especie de complicidad dialéctica, y es en esa tensión insoportable donde está la esencia de su embriaguez. Es la inspiración: el estado de gracia irresistible y deslumbrante, que sólo niegan quienes no han tenido la gloria de vivirlo.

Al principio, los actos públicos empezaban cuando él llegaba, y esto era tan improbable como la lluvia. Desde hace años llega al minuto exacto, y la duración del discurso depende de la disposición del auditorio. Pero los discursos infinitos de los primeros años pertenecen a un pasado que ya se confunde con leyenda, porque lo mucho que el pueblo debía entender desde el principio está ya más que explicado, y el mismo estilo de Fidel Castro de ha hecho más compacto al cabo de tantas jornadas de pedagogía oratoria. Nunca se le ha oído repetir ninguna de las consignas de cartón piedra de la escolástica comunista, ni utilizar para nada el dialecto ritual del sistema: un lenguaje fósil que perdió  desde hace mucho tiempo el contacto con la realidad, y al cual corresponde como anillo al dedo una prensa laudatoria y conmemorativa, que más parece hecha para ocultar que para difundir. Es el antidogmático por excelencia, cuya imaginación creativa vive rondando los abismos de la herejía. Raras veces cita frases ajenas, ni en la conversación ni en la tribuna, salvo las de José Martí, que es su autor de cabecera. Conoce a fondo los veintiocho tomos de su obra, y ha tenido el talento de incorporar su ideario al torrente sanguíneo de una revolución marxista. Pero la esencia de su propio pensamiento podría estar en la certidumbre de que hacer trabajo de masas es fundamentalmente ocuparse de los individuos.

Esto podría explicar su confianza absoluta en el contacto directo. Aún los discursos más difíciles parecen conversatorios casuales, al estilo de los que sostenía con los estudiantes en los patios de la universidad al principio de la revolución. De hecho, y sobre todo fuera de La Habana, no es raro que alguien lo interpele entre la muchedumbre de una manifestación pública, y que se entable un diálogo a gritos. Tiene un idioma para cada ocasión, y un modo distinto de persuasión según los distintos interlocutores, ya sean obreros, campesinos, estudiantes, científicos, políticos, escritores o visitantes extranjeros. Sabe situarse en el nivel de cada uno, y dispone de una información vasta y variada que le permite moverse con facilidad en cualquier medio. Pero su personalidad es tan compleja e imprevisible, que cada quien puede formarse una imagen distinta de él en un mismo encuentro.

Una cosa se sabe con seguridad: esté donde esté, como esté y con quien esté, Fidel Castro está allí para ganar. No creo que pueda existir en este mundo alguien que sea tan mal perdedor. Su actitud frente a la derrota, aun en los actos mínimos de la vida cotidiana, parece obedecer a una lógica privada: ni siquiera la admite, y no tiene un minuto de sosiego mientras no logra invertir los términos y convertirla en victoria. Pero sea lo que sea, y donde sea, todo ocurre en el ámbito de una conversación inagotable.

El tema puede ser cualquiera, según el interés del auditorio, pero a menudo ocurre lo contrario: es él quien lleva un mismo tema a todos los auditorios. Esto suele ocurrir en las épocas en que está explorando una idea que lo asedia, y nadie puede ser más obsesivo que él cuando se ha propuesto llegar al fondo de cualquier cosa. No hay un proyecto, colosal o milimétrico, en el que no se empeñe con una pasión encarnizada. Y en especial si tiene que enfrentarse a la adversidad. Nunca como entonces parece de mejor aspecto, de mejor humor, de mejor talante. Alguien que cree conocerlo le dijo: ‘Las cosas deben andar muy mal, porque usted está rozagante’.

En cambio, un visitante extranjero que lo encontraba por primera vez, me dijo hace unos años: ‘Fidel está envejecido: anoche volvió como siete veces sobre el mismo tema’. Le hice ver que esas reiteraciones casi maniáticas son uno de sus modos de trabajar. El tema de la deuda externa de América Latina, por ejemplo, había aparecido por primera vez en sus conversaciones desde hacía unos dos años, y había ido evolucionando, ramificándose, profundizándose hasta convertirse en algo muy parecido a una pesadilla recurrente. Lo primero que dijo, como una simple conclusión aritmética, fue que la deuda era impagable. Poco a poco, en el transcurso de tres viajes que hice aquel año a Las Habana, fui conociendo sus hallazgos escalonados las repercusiones de la deuda en la economía de los países, su impacto político y social, su influencia decisiva en las relaciones internacionales, su importancia providencial para una política unitaria de la América Latina. Por último convocó en La Habana un congreso masivo de especialistas, y pronunció un discurso en que no dejó pendiente ninguna de las incógnitas de sus conversaciones anteriores. Para entonces tenía ya una visión totalizadora que el solo transcurso del tiempo se ha encargado de demostrar.

Me parece que su más rara virtud de político es esa facultad de vislumbrar la evolución de un hecho hasta sus consecuencias remotas. Como si pudiera ver la mole sobresaliente de un iceberg al mismo tiempo que los siete octavos sumergidos. Pero esa facultad no la ejerce por iluminación, sino como resultado de un raciocinio arduo y tenaz. Un interlocutor asiduo podría detectar el primer embrión de una idea, y seguir su desarrollo durante muchos meses a través de su conversación empecinada, hasta que la hace pública en forma final, tal como ocurrió co la deuda externa. Ahora bien: una vez que agota el tema, es como si hubiera cumplido un ciclo vital: lo archiva para siempre.

Semejante molino verbal, desde luego, requiere el auxilio de una información incesante, bien masticada y digerida. Su auxiliar supremo es la memoria, y la usa hasta el abuso para sustentar discursos o charlas privadas con raciocinios abrumadores y operaciones aritméticas de una rapidez increíble. Su tarea de acumulación informativa principia desde que despierta. Desayuna con no menos de doscientas páginas de noticias del mundo entero. Durante el día, a pesar de su vitalidad incansable, lo persiguen por todas partes con informaciones urgentes.

Él mismo calcula que cada día tiene que leer unos cincuenta documentos. A eso hay que agregar los informes de los servicios oficiales y de sus visitantes, y todo cuanto pueda interesar a su curiosidad infinita. Cualquier exageración en este sentido sería apenas aproximada, hasta en circunstancias tan extremas como un viaje en avión. Prefiere no volar y solo lo hace cuando no hay otra alternativa. Pero vuela mal por su ansiedad de saberlo todo: no duerme ni lee, apenas come, le pide a la tripulación los manuales de navegación cada vez que tiene alguna duda, se hace explicar por qué se toma esta ruta y no esta otra, por qué cambia el ruido de las turbinas, por qué salta el avión a pesar del buen tiempo. Las respuestas tienen que ser exactas, pues es capaz de detectar la mínima contradicción en una frase casual.

Otra fuente vital de información, por supuesto, son los libros. En sus automóviles, desde el Oldsmobile prehistórico y los sucesivos Zil soviéticos, hasta el Mercedes actual, ha habido siempre una luz para leer de noche. Muchas veces se ha llevado un libro en la madrugada, y a la mañana siguiente lo comenta. Lee el inglés, pero no lo habla. En todo caso prefiere leer en castellano, y a cualquier hora está dispuesto a leer cualquier papel con letras que le caiga en las manos. Cuando necesita algún libro muy reciente que no está traducido, se lo hace traducir de emergencia. Un médico amigo le mandó por cortesía su tratado de ortopedia acabado de publicar, sin la pretensión de que lo leyera, por supuesto, pero una semana después recibió una carta suya con una larga lista de observaciones. Es lector habitual de temas económicos e históricos. Cuando leyó las memorias de Lee Iaccoca, descubrió varios errores tan increíbles, que mandó a buscar la versión inglesa a Nueva York, para confrontarla con la española. En efecto, el traductor había confundido una vez más el significado de la palabra billón en los dos idiomas. Es un buen lector de literatura, y la sigue con atención. Llevo sobre mi conciencia el haberlo iniciado y mantenerlo al día en la adicción de los best-sellers de consumo rápido, como método de purificación contra los documentos oficiales.

Con todo, su fuente de información inmediata y más fructífera sigue siendo la conversación. Tiene la costumbre de los interrogatorios rápidos que se parecen a una matriusca, la muñeca rusa de cuyo interior se saca una igual más pequeña, y de la cual se saca otra igual más pequeña, y luego otra igual más pequeña, hasta la más pequeña posible. Preguntas sucesivas que él hace en ráfagas instantáneas hasta descubrir el porqué del porqué del por qué final. Al interlocutor le cuesta trabajo no sentirse sometido a un examen inquisidor. Cuando un visitante de América Latina le dio un dato apresurado sobre el consumo de arroz de sus compatriotas, él hizo cálculos mentales y dijo: ‘Qué raro, cada uno se coma cuatro libras de arroz al día’. Con el tiempo se aprende que su táctica maestra es preguntar sobre cosas que sabe para confirmar sus datos. Y en algunos casos para medir el calibre de su interlocutor, y tratarlo en consecuencia. No pierde ocasión de informarse.

El presidente colombiano Belisario Betancur, con quien mantuvo un contacto telefónico frecuente a pesar de que no se conocían ni hay relaciones diplomáticas entre los dos países, lo llamó una vez para algún asunto casual. Fidel Castro me dijo después: ‘Aproveché que ambos teníamos tiempo, para preguntarle algunos datos que no venían en los cables sobre la situación del café en Colombia’.

Son pocos los países que conoció antes de la revolución, y en los que ha visitado después en viajes oficiales se ha visto condenado al estrecho horizonte del protocolo. Sin embargo, también habla de ellos, y de otros muchos que no conoce, como si los hubiera visitado. Durante la guerra de Angola describió una batalla con tal minuciosidad en una recepción oficial, que costó trabajo convencer a un diplomático europeo de que Fidel Castro no había participado en ella. El relato que hizo en un discurso público de la captura y el asesinato del Che Güevara, el que hizo del asalto al Palacio de la Moneda y de la muerte de Salvador Allende, o el que hizo de los estragos del ciclón Flora, eran grandes reportajes hablados.

España, la tierra de sus mayores, es en él una idea fija. Su visión de la América Latina en el porvenir es la misma de Bolívar y Martí: una comunidad integral y autónoma capaz de mover el destino del mundo. Pero el país del cual sabe más, después de Cuba, son los Estados Unidos. Conoce a fondo la índole de su gente, sus estructuras de poder, las segundas intenciones de sus gobiernos, y esto le ha ayudado a sortear la tormenta incesante del bloqueo. A pesar de las restricciones del gobierno de los Estados Unidos, hay una línea aérea casi diaria entre La Habana y Miami, y no pasa un día sin que lleguen a Cuba visitantes norteamericanos de toda clase, en vuelos especiales o en aviones privados.

Fidel Castro ve a cuantos puede ver, se ocupa de que estén bien atendidos mientras esperan, y hace lo posible por dedicarles bastante tiempo para un intercambio exhaustivo de informaciones inéditas. Son verdaderos festivales de conversación. Él les canta las verdades, y soporta muy bien que se las canten a él. Da la impresión de que nada le divierte tanto como mostrar su cara verdadera a quienes llegan preparados por la propaganda enemiga para encontrarse con un caudillo bárbaro. En una ocasión, ante un grupo de congresistas de los dos partidos, hombres de negocios y hasta un oficial del Pentágono, hizo un recuento muy realista de cómo sus antepasados gallegos y sus maestros jesuitas le infundieron unos principios morales que le habían sido muy útiles en la formación de su personalidad, y concluyó: ‘Soy un cristiano’.

Fue como soltar en la mesa una granada de guerra. Los norteamericanos, formados en una cultura que solo entiende la vida en blanco y negro, saltaron por encima de las explicaciones previas y quedaron deslumbrados por el estruendo de su conclusión. Al término de la visita, ya con los primeros soles, el más observador de los parlamentarios expresó el criterio sorprendente de que nadie le parecía tan eficaz como Fidel Castro para servir de mediador entre la América Latina y los Estados Unidos.

Lo cierto es que todo el que viene a Cuba quisiera verlo de cualquier modo, aunque son muchos los que sueñan con verlo en privado. Sobre todo los periodistas extranjeros, que no consideran terminado su trabajo mientras no se lleven el trofeo de una entrevista con él. Creo que él los complacería a todos si no fuera por la imposibilidad material: en este momento hay unas trescientas solicitudes  formales en espera de un trámite que puede ser infinito.

Siempre hay un periodista que espera en un hotel de La Habana, después de haber apelado a toda clase de padrinos para verlo. Algunos esperan meses. Se indignan de no saber a ciencia cierta cuáles son los trámites certeros para llegar a él. La verdad es que no hay ninguno. No es raro que algú periodista de suerte el haga una pregunta casual en el curso de una aparición pública, y que el diálogo termine en una entrevista de varias horas sobre todos los temas imaginables. Se detiene en cada uno, se aventura por sus vericuetos menos pensados sin descuidar jamás la precisión, consciente de que una sola palabra mal usada puede causar estragos irreparables. En las muy pocas entrevistas formales suele conceder el tiempo que le soliciten, aunque él mismo prolonga después con una elasticidad imprevisible, estimulado por la dinámica del diálogo.

Sólo en casos muy especiales pide conocer antes el cuestionario. Jamás ha rehusado contestar ninguna pregunta, por provocadora que sea, ni ha perdido nunca la paciencia. A veces, las dos horas previstas se convierten en cuatro y casi siempre en seis. O en diecisiete, como fue el caso de esta entrevista que Gianni Mina le ha hecho para la televisión italiana, y que es una de las más largas que ha concedido, también de las más completas.

Al final, muy pocas entrevistas le gustan, sobre todo las transcripciones escritas, que en aras del espacio suelen sacrificar la exactitud y los matices propios de su estilo personal. Cree que las de televisión terminan desnaturalizadas por la fragmentación inevitable, y le parece injusto haber dedicado hasta cinco horas de su vida para un programa de siete minutos.

Pero lo más lamentable, tanto para Fidel Castro como para sus oyentes, es que aun los periodistas mejores, sobre todo los europeos, no tienen ni siquiera la curiosidad de confrontar sus cuestionarios con la realidad de la calle. Anhelan el trofeo de la entrevista con las preguntas que llevan escritas de acuerdo con las obsesiones políticas  y los prejuicios culturales de sus países, si tomarse el trabajo de averiguar por sí mismos cómo es en realidad la Cuba de hoy, cuáles son los sueños y las frustraciones reales de sus gentes. La verdad de sus vidas.

De este modo le quitan a los cubanos de la calle una ocasión de expresarse ante el mundo, y se niegan a sí mismos el logro profesional de interrogar a Fidel Castro, no sobre las suposiciones europeas, que so tan lejanas, sino sobre las ansiedades de su propio pueblo, y sobre todo en estas vísperas de grandes decisiones.

En fin: oyendo a Fidel Castro en tantas y tan diversas circunstancias, me he preguntado muchas veces si su afán de la conversación no obedece a la necesidad orgánica de mantener a toda costa el hilo conductor de la verdad en medio de los espejismos alucinantes del poder. Me lo he preguntado en el transcurso de numerosos diálogos, públicos y privados. Pero sobre todo en los más difíciles y estériles, con quienes pierden ante él la burocracia empantanada, cuya incompetencia sobrenatural ha obligado al propio Fidel Castro, casi treinta años después de la victoria, a ocuparse en persona de asuntos tan extraordinarios como hacer el pan y distribuir la cerveza.

Todo es distinto, en cambio, cuando habla con la gente de la calle. La conversación recobra entonces la expresividad y la franqueza cruda de los afectos reales. De sus varios nombres civiles y militares sólo le queda entonces uno: Fidel. Lo rodean sin riesgos, lo tutean, le discuten, lo contradicen, le reclaman, con un canal de transmisión inmediata por donde circula la verdad a borbotones. Es entonces, más que en la intimidad cuando se descubre el ser humano insólito que el resplandor de su propia imagen no deja ver.

Este es el Fidel Castro que creo conocer, al cabo de incontables horas de conversaciones, por las que no pasan a menudo los fantasmas de la política. Un hombre de costumbres austeras e ilusiones insaciables, con una educación formal a la antigua, de palabras cautelosas y modales tenues, e incapaz de concebir ninguna idea que no sea descomunal. Sueña con que sus científicos encuentren la medicina final contra el cáncer, y ha creado una política exterior de potencia mundial en una isla sin agua dulce, ochenta y cuatro veces más pequeña que su enemigo principal.

Es tal el pudor con que protege su intimidad que su vida privada ha terminado por ser el enigma más hermético de su leyenda. Tiene la convicción casi mística de que el logro mayor del ser humano es la buena formación de su conciencia , y que los estímulos morales, más que los materiales, son capaces de cambiar al mundo y empujar la historia. Creo que es uno de los grandes idealistas de nuestro tiempo, y que quizá sea esta su virtud mayor, aunque también ha sido su mayor peligro.

Muchas veces lo he visto llegar a mi casa muy tarde en la noche, arrastrando todavía las últimas migajas de un día desmesurado. Muchas veces le pregunté cómo iban las cosas, y más de una vez me contestó: ‘Muy bien: tenemos llenas todas las presas’.  Lo he visto abrir el refrigerador para comerse un pedazo de queso, que era tal vez lo primero que comía desde el desayuno. Lo he visto llamar por teléfono a una amiga de México para pedirle la receta de un plato que le había gustado, y lo he visto copiarla apoyado en el mostrador, entre los trastos de la cena todavía sin lavar, mientras alguien cantaba en la televisión una canción antigua: ‘La vida es un tren expreso que recorre leguas miles’.

Lo he oído en sus escasas horas de añoranza evocando los amaneceres pastorales de su infancia rural, la novia juvenil que se fue, las cosas que hubiera podido hacer de otro modo para ganarle más tiempo a la vida. Una noche, mientras tomaba en cucharaditas lentas un helado de vainilla, lo vi tan abrumado por el peso de tantos destinos ajenos, tan lejano de sí mismo, que por un instante me pareció distinto del que había sido siempre. Entonces le pregunté qué era lo que más quisiera hacer en este mundo, y me contestó de inmediato: "Pararme en una esquina".

26 NOV 2016 - 9:00 PM. TOMADO DE WWW.ELESPECTADOR.COM

LA AVENTURA DE LA REVOLUCIÓN CUBANA. POR: WILLIAM OSPINA.

LA AVENTURA DE LA REVOLUCIÓN CUBANA.  POR: WILLIAM OSPINA.

La entrada en 1959 de los guerrilleros a La Habana se convirtió en un símbolo de un sueño histórico. Con la Revolución por primera vez en mucho tiempo el pueblo cubano tuvo derecho a la educación, salud y la esperanza. En 2009, a propósito de los 50 años de la gesta, El Espectador publicó este artículo.

Fotografía de archivo: Fidel Castro en 2005 durante un congreso en La Habana.
Cuando en 1991 se desplomó el llamado mundo socialista, nadie se hacía ilusiones sobre la suerte de Cuba. Había sobrevivido tres décadas a un bloqueo infame de los Estados Unidos gracias a proclamarse socialista y a unir su destino al de las naciones que gravitaban en torno a la Unión Soviética, pero había vivido de vender su azúcar a unos aliados que la compraban a precio de oro. La caída de la Unión Soviética y de sus satélites dejaba al país de repente flotando en el vacío; era una isla dependiente, que sólo producía azúcar y tabaco, y no parecía estar en condiciones de soportar el bloqueo mucho tiempo más. (Vea aquí el especial sobre la muerte de Fidel Castro)

En esos años, Cuba había resistido también, gracias a la solidaridad internacional y al prestigio de sus dirigentes, una campaña de difamación continental que mostraba a los gobernantes cubanos como tiranos sangrientos y al cubano como un pueblo humillado y aplastado por la tiranía. Yo tenía ocho años en 1962 cuando oía por la radio esos programas difundidos por “La voz de los Estados Unidos”, que propagaban en todo el continente la imagen de Cuba como un infierno inhabitable.

Pero la verdad es que, gracias a la Revolución, por primera vez en mucho tiempo el pueblo cubano tuvo derecho a la educación, a la salud y a la esperanza. Por primera vez vivió la certeza de ser dueño de una isla donde sus padres habían sido esclavos y peones durante siglos, donde la riqueza y el goce de la vida sólo fueron posibles para unos pocos colonizadores peninsulares, para esa aristocracia criolla que hizo del Caribe su paraíso sobre un mar de desdichas y para esos magnates norteamericanos que tenían en Cuba su Jauja y su Sibaris.

Desde enero de 1959, cuando los jóvenes guerrilleros cubanos, barbados y llenos de proyectos, entraron en La Habana fumando sus puros enormes y rodeados por leguas de entusiasmo colectivo, Cuba se había convertido en el símbolo de un sueño histórico. Legiones de jóvenes solidarios venían del mundo a participar en las zafras, a sumarse al entusiasmo de esos dirigentes, Fidel Castro, Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara, que estaban tratando de instaurar la justicia sobre largos años de humillación y de tiranía.

Los Estados Unidos, habituados a ver caer a los dictadores que ellos mismos habían instalado sobre las repúblicas bananeras, azucareras y cafeteras, ya se disponían a apoyar estratégicamente al nuevo aliado, cuando advirtieron que la Revolución cubana quería de verdad contrariar unos siglos de desprecio hacia la gente humilde, discutir el derecho de los privilegiados, y empezaba a confiscar propiedades norteamericanas, sobre todo de los grandes capitales que, aprovechando las crisis económicas, prácticamente se habían comprado la isla.

Era como si en Cuba, contra todas las previsiones meteorológicas, hubiera surgido de repente un ciclón, y las consecuencias de la nacionalización de las empresas fueron la fuga de capitales, el desplazamiento de los magnates anexionistas hacia la vecina península de la Florida y, finalmente, el bloqueo económico, impuesto por los Estados Unidos pero exigido por ellos también a las otras naciones, un bloqueo que prohibía desde entonces todo comercio, incluso humanitario, y condenaba a la isla a la extenuación y a la derrota.

La Guerra Fría salvó a los cubanos de tener que entregar su Revolución a cambio de unos electrodomésticos y de un poco de pan para sus hijos. Y la ayuda soviética casi hizo olvidar a los cubanos que el bloqueo existía. Pero el bloqueo obró insidiosamente sobre la realidad porque forzó al gobierno de la isla a imponer numerosas restricciones sobre la población, y Cuba ha vivido las cinco décadas de su Revolución en estado de guerra, con todas las incomodidades que esto representa para la gente en cualquier país del mundo.

Nadie duerme tranquilo junto a las fauces de un dragón hambriento. Y los ricos cubanos de Miami, nostálgicos de su paraíso tropical, de sus hileras de sirvientes y de sus piscinas del cobalto al zafiro, no dejaron de conspirar día tras día anhelando volver a esos mares de caña de azúcar donde sus legiones de esclavos negros habían producido siglo a siglo, con sangre y sudor, la blanca azúcar que hizo la fortuna de los amos blancos.

Cuba vivió así, sin claudicación y en medio de numerosas contradicciones, las primeras tres décadas de su nueva historia. Mientras tanto, subsidiada por el imperio soviético, que no la conocía pero que se beneficiaba de tener un aliado en la vecindad del otro gran imperio, realizó sus experimentos culturales, renovó su sistema educativo, su notable sistema de salud pública, sus estímulos tempranos a niños y jóvenes en el campo de las artes y del deporte, su recuperación y valoración de la memoria cultural de los hijos de África, tradicionalmente despreciados.

Es verdad que también los gobernantes, firmes en la ilusión de que su experiencia era un ejemplo y un camino para el maltratado continente mestizo, y olvidando el cúmulo de circunstancias singulares que permitieron su llegada al poder y su continuación en él, creyeron posible exportar su Revolución a otros países de la América Latina, sin advertir que en circunstancias distintas esas aventuras no desencadenaban procesos de dignificación de los pueblos.

En Colombia, por ejemplo, las guerrillas castristas, aisladas del pueblo y encerradas en una niebla de zozobra y de paranoia, produjeron monstruos como Fabio Vásquez Castaño, que casi exterminó en delirantes consejos de guerra a sus propios compañeros revolucionarios. En Bolivia, la aventura de propagar por el continente la Revolución cubana culminó en la muerte del legendario Che Guevara, cuya imagen llegó a convertirse en un ícono de la juventud mundial, una suerte de Cristo de los Andes, sacrificado por un sueño. Sin embargo, ¿cómo censurar a unos jóvenes entusiastas por haber querido compartir con sus contemporáneos el destino que les había tocado? Esos jóvenes idealistas creyeron que la conquista de un triunfo azaroso era la promesa de un triunfo irrestricto y ello apenas es evidencia de su juventud.



Un póster dedicado a Fidel Castro en una calle de La Habana, un día después de su muerte. / AFP

Es posible censurar a los dirigentes cubanos el que en esos treinta años de economía protegida no hubieran procurado la autosuficiencia de la isla. Treinta años son mucho para un hombre, pero pueden ser poco para un país, cuando las tareas urgentes no dejan tiempo para las más profundas. Estudiar sus potencialidades económicas y naturales para averiguar de qué modo podía Cuba inscribirse en el mercado mundial, habría exigido que sus dirigentes creyeran en el porvenir de la economía de mercado, pero eso habría descorazonado su esfuerzo, nacido del desprecio al mundo capitalista y de la fe en un ideal solidario.

Para sobrevivir al asedio, Cuba necesitó creer en un porvenir de solidaridad planetaria, aunque éste al final se revelara como un sueño. En la realidad, su ejercicio interno de solidaridad, que es indudable, creció al amparo de esa discordia internacional entre el este comunista y el oeste capitalista que se llamó la Guerra Fría. Y hay que admitir con alarma que fue esa tensa confrontación, en la que pulularon los espías, los desafíos y los arsenales nucleares capaces de destruir el mundo, la que permitió ese ejercicio generosamente humano del socialismo caribeño.

Cuba era el símbolo del planeta que se disputaban sin descanso dos fuerzas imperiales, y esa posición de privilegio le permitió algunos experimentos. Para comprender un poco este hecho hay que asomarse a algunas claves de la historia cubana, ya que la convergencia sobre el territorio de la isla de los intereses de las potencias es sólo un indicio del privilegiado lugar que ocupa Cuba en el planeta, desde el descubrimiento de América, cuando el Caribe empezó a convertirse en el corazón de la Modernidad.

Desde cuando las flotas españolas transformaron al mar Caribe en el centro de la economía de la nueva sociedad mercantil, Cuba fue tal vez la más privilegiada extensión del universo europeo en el Nuevo Mundo. Su belleza natural era admirable, su situación geográfica era estratégica; dominar a Cuba era dominar la puerta de entrada al continente americano, tanto del norte como del sur. Fue de Cuba de donde salieron las naves de Hernán Cortés a conquistar el imperio de Moctezuma.

Antes que en los Estados Unidos, en Cuba fue prácticamente exterminada la población nativa, y desde entonces la fusión étnica principal se dio entre blancos españoles y negros de África. Ya a fines del siglo XVIII el barón de Humboldt convirtió a la isla en su más importante destino, junto con el territorio de los viejos imperios Azteca e Inca, y con las orillas del Orinoco.

Justo a partir de aquella época, gracias a la Revolución Francesa y a las guerras napoleónicas que arruinaron la producción de remolacha en Europa, había comenzado la bonanza del azúcar de caña, que convirtió a La Habana en una ciudad imperial y a Cuba en el territorio consentido de la Corona Española en América.

Por ello no es extraño que la isla no haya compartido el destino de los otros países del continente, que se independizaron en la segunda década del siglo XIX, y que haya seguido formando parte del imperio español hasta la víspera misma del siglo XX.

En lo que va corrido de este año Cuba ha recibido la visita de dos presidentes latinoamericanos. El primero en llegar a la isla fue el mandatario de Panamá, Martín Torrijos. Esta semana fue el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, quien estuvo dos días. En su visita oficial, Correa le aconsejó al presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama, levantar el bloqueo a la isla. “Las sanciones estadounidenses a Cuba son insostenibles, injustificables e intolerables”, aseguró.

Una de las visitas importantes será la de la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, una visita que será histórica: es la segunda mandataria de este país en visitar la isla, luego de que lo hiciera el ex presidente Raúl Alfonsín en los años 80.

El precio de la Revolución

A pesar de haber perdido sus virreinatos en México, en Bogotá, en Lima y en Buenos Aires, España conservó el orgullo de tener un imperio mundial gracias a las islas Filipinas en el Pacífico y a Puerto Rico y a Cuba en el Caribe. De todas esas posesiones, Cuba era la verdadera joya de la Corona, una exquisita joya española engastada en un mar de zafiro, la arquitectura colonial relievada por un sol incesante, entre el olor de los mangos y el aroma del tabaco, y proveyendo continuamente para la metrópoli su caoba y su azúcar.

Por eso el peor momento de la historia española bien pudo haber sido aquel año de 1898, cuando gracias a la guerra contra los Estados Unidos, España perdió sus posesiones en el Pacífico y en el Caribe, y súbitamente dejó de ser en su conciencia uno de los grandes imperios del planeta para convertirse en uno de los últimos países de Europa. Ello, curiosamente, produjo una oleada de inmigrantes españoles hacia la isla ahora independiente, que además, gracias a esa independencia, se enriquecía.

Entre esas legiones de inmigrantes volvió Ángel Castro, el padre de los hombres que han gobernado después la isla, un gallego que había militado en las tropas españolas, pero que había quedado cautivado por la belleza de Cuba, y que llegó a poseer 10.000 hectáreas de caña de azúcar en Birán, en la provincia de Holguín, al oriente, antes de que se las quitara la Reforma Agraria.

El crecimiento económico de Cuba prosiguió hasta comenzar la tercera década del siglo, cuando el crack de la economía mundial hizo caer dramáticamente los precios del azúcar, hecho que aprovecharon los Estados Unidos para comprar una parte del territorio. Pero la riqueza de Cuba no era solamente económica. La fusión de las culturas y de las razas había producido paulatina y naturalmente algunas asombrosas síntesis culturales, y las que se produjeron en el campo de la religión y del arte fueron particularmente fecundas.



Mural dedicado a Fidel Castro en La Habana. / AFP

Cualquiera puede preguntarse cómo debería resolverse la contradicción entre el sentimiento religioso animista de los pueblos de origen africano y el elaborado ceremonial de la cultura católica europea. Pero ningún antropólogo, ningún filósofo, podría predecir lo que la realidad logró ante esa disyuntiva: el nacimiento de la santería, en la cual el espíritu profundo de los hijos de África encontró un modo de yuxtaponer en un solo rito la devoción por los santos católicos y el culto de las divinidades africanas.

Lo más notable de esta solución es que supera el deber de las exclusiones y fusiona en una verdad profunda lo que parecía incompatible. Es allí donde se hace manifiesto el genio de los pueblos, en el modo como logran soluciones míticas y estéticas a los problemas que no tienen solución política ni filosófica. También en el campo de la música, se dio en Cuba la fusión de las contradanzas europeas, de los ritmos españoles, de la gran música del siglo XVIII que traían los concertistas a las salas de La Habana, con las músicas de África que persistían en la vida cotidiana de los esclavos. Así nació la Habanera, que fue la madre del bolero y del tango, grandes ritmos latinoamericanos del siglo XX.

También en este caso las fusiones estéticas fueron la solución a las aparentes disyuntivas culturales de la historia. Cuba estaba en el centro de muchas de estas aventuras, y se fue convirtiendo en una especie de santuario del mestizaje, de la apasionada y festiva mulatería, capaz de poner sensualidad africana en las ternuras cortesanas e insolente alegría popular en los virtuosismos técnicos europeos. Cuando las culturas se confrontan en el arte y en el mito, y no en la guerra, no hay perdedores, y la síntesis se logra sin sacrificar nada esencial.

La Revolución cubana hizo un énfasis en la valoración y recuperación de la cultura negra, que había sido tradicionalmente despreciada por los poderes políticos y sociales, y cerró un poco sus ojos a esa Europa de la que sin embargo también era producto, y de un modo especial. No obstante, hubo un campo en el que, tal vez involuntariamente, la Revolución salvó un tesoro. La Habana se había convertido en una joya arquitectónica. Pero sus edificios de piedra, abundantes en arcos y en columnas, lo mismo que en fachadas de trazos árabes, que a veces se parecen a las que asoma Venecia sobre el Gran Canal, son verdaderos palacios que exigirían para su mantenimiento otra vez legiones de sirvientes o esclavos.

La primera prioridad de la Revolución fue proveer de vivienda a millones de excluidos, y esto permitió ese curioso lujo de poner a vivir en legión a los hijos de la mulatería en los palacios de la aristocracia. Parecía clamar al cielo, en la sensibilidad de los cubanos excluyentes, que edificaciones tan hermosas y tan lujosas se llenaran de mulatos habituados a la zafra y alergástulo.

Sin embargo, en todo el resto de Latinoamérica los años 60 y 70, que fueron los del auge de la Revolución, trajeron una irrisoria idea de progreso y de modernidad que sustituyó unos valores estéticos largamente establecidos por otros presurosos y deleznables. Grandes conjuntos urbanos, barrios refinados, villas espléndidas, fueron derruidos en todo el continente por sus propios dueños para aprovechar la marea de la especulación inmobiliaria, y para construir en sus espacios edificios modernos de la más inhabitable fealdad.

Bogotá y Caracas se llenaron de torres irresponsables, que destruyeron para mucho tiempo la armonía urbana. Por supuesto que ello ocurrió también en Madrid y en París, pero sin afectar de un modo tan importante el equilibrio estético de la tradición. La Habana, por una inspiración afortunada, o por la propia escasez que la Revolución imponía, se salvó de ser derruida para construir bloques habitacionales a la manera horrible de los barrios periféricos de Bucarest o de Alejandría, y en medio de la terrible pobreza de los tiempos recientes conservó su estilo arquitectónico y quedó lista para convertirse, si la restauración llega a tiempo, en una joya urbana incomparable, pero ahora dueña de cierta autonomía, libre al menos del todopoder de las metrópolis.

Porque lo más interesante que le ocurrió a Cuba en todo el tiempo de la Revolución fue justamente lo que ocurrió en los últimos quince años, desde cuando, al desplomarse la Unión Soviética, el país debió pagar con el precio de la privación y de la desesperanza el derecho a estar por primera vez en su historia libre del poder de los grandes imperios, y en condiciones de inventarse un destino en el que tuvieran algún poder de decisión los hijos de la isla y los que han valorado a su pueblo.

Nadie podía prever que la Unión Soviética se desplomaría de un modo tan súbito como insonoro. Como una hilera de fichas se fueron cayendo tras ella todos los regímenes que gravitaban en torno suyo, y no había dudas de que Cuba caería también.

La sospecha de que el socialismo no existía en parte alguna se convirtió en evidencia cuando la burocracia soviética, harto denunciada en tiempos de Jruschov y de Brezhnev, mostró su violencia en los archipiélagos donde confinaba a los intelectuales, su ineptitud en la tragedia de Chernobyl, su brutalidad en la guerra de Afganistán, y probó su impopularidad con el desmoronamiento de las estatuas colosales del comunismo.

Polonia enardecida en plegarias a la Virgen María, Rumania enloquecida contra un dictador kafkiano, Yugoslavia desgarrada en naciones que se odiaban, Alemania oriental mirada como una criada pobre por sus propios hermanos del oeste, revelaron al mundo la precariedad de un sistema que se había prometido el redentor de la historia y que en la segunda década del siglo prometía abrir para la humanidad los inagotables graneros del porvenir.



Fidel Castro durante el discurso de aniversario de la Revolución cubana en 1989. / AFP

Pero Cuba, denunciada como una tiranía sangrienta desde los primeros días de la Revolución, había tenido una diferencia importante con esos países que fueron convertidos al comunismo por el ejército soviético en su avance contra los nazis en 1945. A diferencia de tales países socializados por contagio, Cuba había tenido una revolución verdadera, una llamarada de entusiasmo popular, y durante todo el tiempo en que duró el subsidio soviético, sus gobernantes habían hecho sinceros esfuerzos por dar a los cubanos educación, salud, orgullo y dignidad. Y los pueblos no olvidan esas cosas.

Los Estados Unidos podían denunciar al régimen cubano en todos los tonos, pero el afecto y el respeto de los isleños por Fidel Castro eran indudables, y el modo como escuchaban sus discursos interminables podía tener el carácter de un continuo plebiscito de popularidad. Cuando sólo podía esperarse su derrumbamiento, Cuba no cayó. Muerta la Unión Soviética, el bloqueo norteamericano por fin se hizo sentir en toda su plenitud, y Cuba estuvo a punto de desplomarse, pero una oleada de solidaridad de países amigos vino entonces en su auxilio, y fueron los propios españoles quienes le recordaron al gobierno cubano que España había quedado destrozada después de la Guerra Civil, y que sólo el turismo había podido sacarla de su postración.

Cuba tenía todo para convertirse en un gran destino turístico, sus playas, la arquitectura de sus ciudades, su música, su cultura, su gente, incluso la leyenda de su revolución, y gracias a ese recurso Cuba resistió los momentos más difíciles de la crisis de comienzos de los noventa.

El principal mal de la isla

Los Estados Unidos, que sostuvieron a Batista, a Somoza y a Duvalier, que fueron grandes amigos del Sha de Irán y de la dinastía Saudí, y que patrocinaron el golpe militar contra Salvador Allende en Chile, suelen fingirse, cuando les conviene, enemigos de las dictaduras, y emprendieron una campaña tenaz para demostrar al mundo que la única dictadura de occidente era la cubana, aunque a pesar de ello la solidaridad con Cuba ha crecido, al punto de que cada año las Naciones Unidas votan unánimemente por el fin del bloqueo, con la sola excepción de los Estados Unidos y de Israel.

Nadie ignora que la Revolución les dio a las mayorías cubanas una conciencia de su propia dignidad que nunca tuvo la gente en ese país, ni bajo la dominación española, ni bajo los presidentes republicanos, ni bajo los sargentos amigos de la CIA.

Muchos sectores en los Estados Unidos no parecen tener más religión que el comercio y el dinero, y profesan una idea muy curiosa de lo que son los derechos humanos. A lo largo del siglo XIX denunciaron la pretensión de abolir la esclavitud como un atentado contra el derecho de propiedad, y, como decía Estanislao Zuleta, sólo comprendieron que la esclavitud era moralmente repudiable cuando se convirtió en un mal negocio.

Su derecho a comprar en Cuba a precios irrisorios las tierras de los propietarios arruinados les pareció siempre más evidente que el derecho de esos propietarios a la subsistencia. Mantuvieron en el Caribe dictadores leales a su causa sin mayores preocupaciones por los derechos humanos, y sostienen muy buenas relaciones con regímenes que no se parecen a la democracia al estilo americano, con la condición de que sean buenos amigos. Jamás pensarían en bloquear a España o a Inglaterra, aunque sus monarcas no han sido elegidos jamás por el sufragio universal.

Y ni piensan en bloquear a la China continental, aunque su régimen tiene la misma legitimidad que puede tener el cubano, y se rige por unos patrones electorales que no se parecen a los que ha vuelto obligatorios en Occidente no la democracia, sino el poder del dinero, de las corporaciones y de los grandes medios de comunicación.

El régimen cubano, cuyos defectos y errores pueden enumerarse y criticarse pero no igualan a las arbitrariedades de los dictadores argentinos, a la miseria y la violencia de las favelas de Río de Janeiro, a la paradójica democracia colombiana que produjo casi medio millón de muertos en el último medio siglo, puede mostrar hoy mucho más de lo que quisiera Oppenheimer en su balance del primero de enero. Es un país lleno de gente solidaria y pacífica, que antepone el interés público al privado, y que respalda su revolución aunque está lejos de pensar que se encuentran en el paraíso.

26 NOV 2016 - 9:00 PM. TOMADO DE WWW.ELESPECTADOR.COM