jueves, 11 de julio de 2019

Brasil: El escándalo judicial y político de la Operación 'Vaza Jato'

Brasil: El escándalo judicial y político de la Operación 'Vaza Jato'

Marcelo Aguilar 

15/06/2019
La revelación de vínculos ilegales entre los fiscales de la Operación Lava Jato y el entonces juez de la causa Sérgio Moro ponen en aprietos al ahora ministro de Justicia y dan nuevas esperanzas a la defensa del ex presidente Lula da Silva, preso desde el año pasado. Según las primeras informaciones publicadas por “The Intercept Brasil” con base en mensajes intercambiados por los miembros del Ministerio Público, los investigadores tenían además dudas respecto a las pruebas presentadas contra Lula y estaban motivados por sus opiniones políticas. Las revelaciones recién habrían comenzado.
Vazar, del portugués: proceso por el cual algo se vacía, o deja salir su contenido. En la calle: vazar de algún lugar, irse. En una noticia: cuando se filtra a la prensa, “vazou para a imprensa”. De aquí el nombre que Internet le dio enseguida a la serie de reportajes que comenzó a publicar esta semana The Intercept Brasil basada en un extenso archivo entregado por una fuente anónima. “Vaza Jato”. Originalmente publicadas como “Los mensajes secretos de la Lava Jato”, y lideradas por Glenn Greenwald –el premio Pulitzer que reveló los archivos del caso Snowden–, las hasta ahora cuatro partes del reportaje develan relaciones promiscuas entre los fiscales de la Lava Jato y el entonces juez Sérgio Moro, actual ministro de Justicia del gobierno de Jair Bolsonaro. En Brasil las funciones de acusar y juzgar deberían estar separadas nítidamente, según lo que establece el Código Penal. Los fiscales investigan y presentan las pruebas al juez, que –supuestamente imparcial– juzga.
En las conversaciones reveladas, Moro no sólo juzga, sino que también opina y direcciona sobre el transcurso de la operación, piensa la estrategia. En uno de los diálogos, el magistrado aconseja al Ministerio Público sobre los indicios de corrupción obtenidos a través de delaciones premiadas de ejecutivos de Odebrecht, que involucraban entre otros a Michel Temer, Dilma Rousseff, Lula da Silva, Eduardo Cunha y Aécio Neves. Ante una actualización de las denuncias realizada por el fiscal a cargo de la Lava Jato Deltan Dallagnol, en diciembre de 2016, en la que anunciaba que estas involucraban a nueve presidentes, 29 ministros, 34 senadores y 82 diputados, Moro respondió: “Mejor quedarse con los 30 por ciento iniciales (sic). Muchos enemigos y que trascienden la capacidad institucional del Ministerio Público y del Poder Judicial”. En otros pasajes, el juez sugiere fuentes, pasa pistas, aconseja cambiar el orden de las etapas de la investigación. Y hay otros indicios. Ante la publicación por el diario O Globo de que uno de los directivos de Odebrecht que acompañaba a Lula en sus viajes iba a ser liberado, Dallagnol le escribió a Moro: “Querido, el Stf (Supremo Tribunal Federal) soltó a Alexandrino. Estamos con otra denuncia a punto de salir, y pediremos prisión con base en fundamentos adicionales (…). ¿Sería posible que la examines hoy?”.El juez le respondió: “No creo que lo pueda ver hoy. Pero piensen si es una buena idea”. Y nueve minutos después agregó: “Tendrían que ser hechos graves”.
En marzo de 2016 –momento de presión feroz de la Lava Jato sobre el Partido de los Trabajadores (Pt) y de protestas en la calle– fueron publicadas conversaciones interceptadas ilegalmente entre la entonces presidenta, Dilma Rousseff, y el ex presidente Lula. En aquel momento, Moro y Dallagnol se consultaron sobre la estrategia a adoptar, en otra muestra de que trabajaban de forma articulada. Moro negó esto varias veces. “Yo no tengo ninguna estrategia de investigación. Quien investiga o quien decide lo que va a hacer es el Ministerio Público y la Policía Federal”,dijo en una conferencia sobre lavado de dinero ese mismo año, en la que también afirmó: “Me irrito a veces al escuchar críticas un poco infundadas a mi trabajo, que dicen que soy un juez investigador.”
Pruebas dudosas
Cuatro días antes del famoso powerpoint con el que Dallagnol presentó la denuncia formal contra Lula –aquel en el que todos los males apuntaban al ex presidente–, el fiscal tenía dudas sobre las pruebas en las que se basaba el proceso. Y no eran dudas menores, sino que –como acaba de revelar The Intercept– surgían del punto central de la acusación: si el apartamento eventualmente recibido por Lula había sido otorgado a cambio o no de favores concedidos a la empresa Oas en contratos con Petrobras. Esto es clave. Si el apartamento de Lula no hubiera tenido relación con la corrupción en Petrobras, el caso no podría haber sido juzgado por Sérgio Moro.
En un grupo de Telegram que integraba junto a los fiscales de la Lava Jato, Dallagnol escribió: “Van a decir que estamos acusando con base en noticias de diario e indicios frágiles… Entonces es un ítem que es bueno que esté bien preparado. Además, hasta ahora, tengo recelo sobre la relación entre Petrobras y el enriquecimiento, y después de que me hablaron también tengo recelo sobre la historia del apartamento, son puntos en los que tenemos que tener las respuestas ajustadas y en la punta de la lengua”. El día anterior a la denuncia, Dallagnol envió este otro mensaje: “La opinión pública es decisiva en un caso construido con prueba indirecta y palabra de colaboradores contra un ícono que pasó incólume por el mensalão”. Dos días después le escribió en privado a Moro, y básicamente asumió que la denominación de “líder máximo del esquema de corrupción” que le adjudicaron públicamente a Lula no estaba fundamentada sobre prueba alguna, pero era esencial para que fuera Moro quien juzgara el caso.
Fiscales políticos
Otra de las principales informaciones del archivo reveladas hasta el momento es la articulación entre los fiscales de la Lava Jato en Curitiba para evitar que Lula diera entrevistas antes de la elección de octubre de 2018, por miedo a que “ayudase a elegir a (el candidato del Pt Fernando) Haddad”. Como reacción a la decisión del Supremo Tribunal Federal que autorizó que Folha de São Paulo entrevistara a Lula, la fiscal Laura Tessler escribió en el grupo: “Qué chiste! Indignante! Ahora el tipo va a hacer campaña en la cárcel. Un verdadero circo”. Otra integrante del grupo, la también procuradora Isabel Groba, escribió: “Mafiosos!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!”. Una hora después, Tessler dejó todo más claro: “Una rueda de prensa antes de la segunda vuelta puede elegir a Haddad”. Al mismo tiempo, en un diálogo paralelo, Dallagnol conversaba con una amiga que le escribió: “Ando muy preocupada con una posible vuelta del Pt, pero he rezado mucho para que Dios ilumine a nuestra población, para que un milagro nos salve”,a lo que Dallagnol respondió: “Gracias, Carol, reza sí, lo precisamos como país”.
Según The Intercept, la discusión entre los fiscales, “que se extendió por varias horas, parece más una reunión entre estrategas y operadores anti-Pt que una conversación entre fiscales supuestamente imparciales”. En otras de las partes del chat publicadas, los fiscales discuten formas tanto de evitar la entrevista como de disminuir sus efectos en caso de que finalmente ocurriese. Uno de los fiscales sugirió que la Policía Federal agendase el encuentro entre Lula y Folha de São Paulo para después de la elección, ya que la decisión no tenía fecha establecida. Finalmente Lula no pudo dar ninguna entrevista antes de la elección, luego de una decisión judicial en respuesta a una demanda presentada por el derechista Partido Nuevo.
Juez parcial
Pedro Serrano, doctor en derecho constitucional y profesor de la Pontificia Universidad de San Pablo, estudia desde 2007 lo que llama “autoritarismo líquido” e identifica como “la actuación del sistema de Justicia –dentro de las democracias– como fuente de medidas de excepción y no de derecho”. Para Serrano, “estos archivos son una prueba muy contundente que demuestra cómo funciona un proceso penal como medida de excepción, o sea, no como debería funcionar en un Estado democrático, sino siendo utilizado dentro de él como fraude: un proceso que tiene una apariencia de proceso penal, pero un contenido político tirano que busca perseguir a un enemigo”. El especialista dijo a Brecha que si los archivos fueron obtenidos de forma ilegal, no sirven para incriminar a nadie, pero sí para beneficiar a los acusados o investigados por “los mecanismos fraudulentos que estos diálogos trasmiten”. Para Serrano son fraudulentos “porque el juez, que quería dar una apariencia de ser imparcial, en realidad actuaba con total parcialidad, orientando a los fiscales, diciendo cómo accionar, cómo investigar, algo que el juez no puede hacer, está prohibido por la ley brasileña”. Y agregó: “Un juez parcial atenta contra los valores mínimos de un proceso penal civilizado”. Según el análisis de Serrano, lo que The Intercept publicó hasta ahora “ya es suficiente para tornar nulos los procesos contra Lula en que Moro participó” y demuestra que “a Lula se le prohibió participar en la elección por un proceso penal cuyo juez estaba comprometido con su condena”.
Primeros efectos
La Orden de los Abogados de Brasil –que en su momento pidió el impeachment contra Dilma Rousseff– aprobó por unanimidad este lunes 10 la recomendación de que los involucrados en la trama revelada por The Intercept pidan el alejamiento de los cargos públicos que ocupan, para que las investigaciones “corran sin ninguna sospecha”. La entidad dice estar “perpleja y preocupada” con la noticia, tanto por el hecho de que autoridades públicas hayan sido “hackeadas” –lo que sería un “grave riesgo a la seguridad institucional”– como por el contenido de las conversaciones divulgadas, “que amenaza los cimientos del Estado de derecho”.
En una nota también publicada el lunes, la defensa de Lula escribió: “La actuación concertada de los procuradores y del ex juez de la causa, con objetivos políticos, sujetó a Lula y a su familia a las más diversas arbitrariedades”. Y dijo también: “Nadie puede tener dudas de que los procesos contra el ex presidente Lula están corrompidos por lo que hay de más grave en términos de violaciones a garantías fundamentales y a la negación de derechos”.
El gobierno y el propio Moro minimizaron la cuestión. El ministro de Justicia dijo que “no vio nada de más en los mensajes. Lo que hay es una invasión criminal de celulares de fiscales, y para mí eso es un hecho bastante grave”. Además, normalizó la relación promiscua que revela el archivo publicado: “Los jueces conversan con los fiscales, los jueces conversan con abogados, con policías. Eso es normal”. En la tarde del martes 11, Bolsonaro –que luego de las filtraciones condecoró al ministro Moro con la Orden del Mérito Naval durante una ceremonia militar– escapó al tema al comparecer ante la prensa. “Presidente, ¿cómo evalúa las cuestiones que involucran al ministro Sérgio Moro?”, interrogó una periodista. Casi antes de que terminara de formular la pregunta, Bolsonaro ya estaba dando por terminada la entrevista. En entrevista al medio brasileño Uol, Glenn Greenwald comparó las revelaciones con las del caso Snowden, que le valieron el Pulitzer y desnudaron los sofisticados sistemas de espionaje de la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense: “El tamaño del archivo que tenemos es mayor que el que recibimos de Snowden. Hasta el momento, esa era la mayor filtración de la historia del periodismo”. Se estima, según lo revelado a la prensa por uno de los editores de The Intercept, que se ha analizado hasta el momento tan sólo el 1 por ciento de la totalidad del archivo. Todavía no es posible dimensionar los alcances que puede tener esta enorme filtración en la política brasileña, pero la sensación es que alguna otra bomba está a punto de explotar.
Corresponsal del periódico Brecha de Uruguay en Sao Paulo, Brasil.
Fuente:
Brecha, 14 de junio 2019

Colombia: La paz en disputa y la política programática

Colombia: La paz en disputa y la política programática

María Paula Saffon 

Diana Isabel Güiza Gómez 

14/06/2019
La implementación del acuerdo de paz parece desfallecer por el creciente radicalismo de Duque y su partido político. El nuevo gobierno ha abandonado la agenda de reforma rural y apertura política en favor del modelo tradicional de desarrollo con exclusión; al tiempo que ataca sin descanso a las instituciones creadas para cumplir los compromisos mínimos adquiridos con las víctimas. Más grave aún, los territorios son sitiados por el aumento escalonado de la violencia contra excombatientes y muchos de los líderes sociales que le apostaron a la paz, ante la inmovilidad e indiferencia del gobierno y las élites.
Pese a estas dificultades enormes, el acuerdo de paz ha tenido efectos positivos muy importantes, que no deberíamos pasar por alto. Entre ellos están no solo la histórica dejación de armas de las Farc, su conversión en actor político y su admirable persistencia en la legalidad a pesar de las violencias e incumplimientos que les asedian. También hay otra ganancia inmensa que ha recibido menos atención: la apertura de una discusión programática sobre qué debe implicar la paz sostenible en el país. La disputa en torno a la paz permitió el surgimiento de un debate entre izquierda y derecha, que luchan por objetivos opuestos y por una intervención distinta del Estado para cumplirlos.
Un debate así es inédito en Colombia. Durante décadas, la democracia colombiana se caracterizó por la debilidad extrema de los partidos de izquierda y por la derechización tanto de la política como del electorado. Varios factores influyeron en que los partidos convergieran a la derecha: el conflicto armado y la asociación (muchas veces injusta) entre izquierda y guerrilla, el cierre del sistema político y el neoliberalismo. Así, Colombia se mantuvo al margen del giro latinoamericano a la izquierda, que permitió el impulso de agendas redistributivas. Aunque esos gobiernos no están exentos de crítica, su existencia ha permitido que el debate sobre redistribución sea ineludible en la región más desigual del mundo.
Paradójicamente, ese debate surgió en Colombia con el extremismo de la derecha en torno a la paz. Tras la derrota del plebiscito del 2 de octubre, a pesar de que el gobierno de Santos y las Farc hicieron esfuerzos enormes para pactar un nuevo acuerdo que recogió la gran mayoría de las objeciones, la oposición se resistió a reconocer su legitimidad y se dedicó a promover la idea de reformarlo. La derecha empezó a defender entonces una paz minimalista (como la denominaron analistas como César Rodríguez), preocupada principal (o únicamente) por el desarme de la guerrilla y una respuesta acotada a los reclamos de las víctimas, pero omisa de la agenda amplia sobre participación política y tierra que, según el mismo acuerdo, era clave para una paz sostenible. Entre tanto, en el ámbito local, los movimientos de base seguían impulsando esa paz robusta, a pesar de las crecientes amenazas y desigualdades de poder en su contra.
Ante el auge de la paz minimalista, en las elecciones pasadas, las élites políticas (incluso las santistas) se realinearon, dejando de promover la paz transformadora, con el cálculo de que la paz robusta no vendía (e incluso podía ser costosa) electoralmente. Ello condujo a que, a la salida de Santos de la presidencia, los puntos 1 y 2 del acuerdo arrojaran más saldos en rojo que avances.
Por su parte, el ascenso electoral de Petro sorprendió no solo porque era el primer candidato de izquierda que pasaba a la segunda vuelta con una votación significativa, sino también porque puso en evidencia que existía otra Colombia que sí creía en la paz con transformación. En la mitad, los Verdes también sostenían la paz como su bandera central, aunque no defendían con fuerza sus promesas más transformadoras ni proponían políticas redistributivas de mayor alcance. Cuando se acercaba el final de la contienda, una parte de los Verdes decidió respaldar a Petro, pero probablemente para ese entonces ya era muy tarde y sus votos quedaron repartidos entre los dos candidatos. En lo que va del mandato de Duque, la discusión programática ha sido central en todos los asuntos relacionados con la paz, que han sido también los temas más importantes en la agenda política.
Muchos han visto la emergencia de esa discusión con preocupación, alegando que equivale a polarización y, por tanto, puede erosionar la democracia. Por el contrario, proponemos que la emergencia de esta discusión es una señal esperanzadora de que la unión nociva entre política y guerra empieza a disolverse. Así, surgen posturas institucionales de izquierda, que pueden volver visibles los temas más relevantes para el país, que por años han sido imperceptibles en política, como la desigualdad.
Como lo señala Francisco Gutiérrez, aunque es claro que la derecha está radicalizada, no lo es que la izquierda también lo esté y que, por tanto, esta discusión programática conduzca ineludiblemente a la polarización. Antes bien, los debates recientes han demostrado cómo la derecha radicalizada debilita su poder mientras la izquierda teje alianzas a favor de la paz, que pueden fortalecer cada vez más su vocación de poder.
Muestra de ello es el debate desatado por las objeciones de Duque contra el proyecto de ley estatutaria de la JEP. De ahí, la derecha extrema salió erosionada por su radicalización, mientras el ala pro-paz fue sumando cada vez más adeptos, provenientes no solo de aliados tradicionales de la izquierda y el centro, sino también de partidos que, como Cambio Radical y la U, se habían alineado con la paz minimalista del gobierno.
Otro ejemplo es la minga popular del suroccidente, que duró aproximadamente dos meses —incluyendo el bloqueo total por 27 días de la Panamericana—. La resistencia organizada y prolongada de indígenas, campesinos y afrodescendientes obligó al gobierno a reducir el uso de la fuerza para desbloquear las vías y pactar reformas concretas de carácter transformador.
Sin duda, la derecha domina el pulso político, pues tiene el poder presidencial y una parte importante del Congreso a su favor, que le sirven de muro de contención frente a la paz transformadora. Pero, sorprendentemente, la coalición a favor de la paz robusta no solo sigue unida, sino que ha demostrado capacidades impresionantes de resiliencia y creación de alianzas con impactos muy relevantes tanto en el foro institucional como en las calles. Quizás esas coaliciones plurales centradas en la paz pueden convertirse en un ala progresista con agendas distributivas más amplias si la izquierda se mueve hábilmente.
La verdadera amenaza a la democracia no es que existan visiones diametralmente opuestas, sino que la violencia aun pueda ser utilizada para acallarlas.
Investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas, Universidad Nacional Autónoma de México.
Investigadora de Dejusticia y profesora de la Universidad Nacional de Colombia.
Fuente:
El Espectador, 11 de junio 2019

miércoles, 10 de julio de 2019

Grillos y crímenes en el negocio de apropiación de tierras

Grillos y crímenes en el negocio de apropiación de tierras

Daniel Raventós 

Julie Wark 

01/07/2019
En portugués, grilagem se refiere a la apropiación privada de tierra a través de medios irregulares o ilegales, fuerza, intimidación o fraude. La palabra viene de grilo (grillo), el insecto que fue usado para tintar documentos para que parezcan escritos antiguos. Así, en Brasil, grilagem de terra significa falsificar escritos para asegurar tierras, pero también significa apropiación violenta y devastación ambiental simbolizada por grillos machacados y silenciados muchos de ellos porque en 2016, los grileiros ya habían adquirido cien millones de hectáreas. El término grilagem es más informativo que «acaparamiento de tierras» pues refiere aquella situación donde la ley es anulada (aqui não tem lei), o se anula a sí misma en algo muy parecido a un estado de excepción.
No se trata solo de derecho estatutario mancillado porque el derecho consuetudinario se convierta en su víctima. El uso y la propiedad consuetudinarios suman más del 50% de la tierra mundial, pero los pueblos indígenas –más de 2,5 mil millones de mujeres y hombres- disfrutan de derechos de solo el 10%. El resto está disponible para tomar. Por ejemplo, alrededor del 90% de la tierra de cultivo, sabana, montes, bosques y marismas en el África subsahariana no tienen título de propiedad y, por tanto, están bajo control estatal. Otra táctica colonial fue declarar las tierras ocupadas tradicionalmente como “terra nullius” (por ejemplo en Australia), o clasificarlas como tierra “libre”, haciendo así al estado el propietario legal. Estos trucos siguen utilizándose hoy. De este modo, la aabana guineana, cuatro millones de hectáreas de prados que atraviesan veinticinco países, casi la mitad de grande que Estados Unidos, es designada por el Banco Mundial como “la última gran reserva del mundo de tierra infrautilizada”. ¿Qué ley dio la autoridad para hacerlo? Esta tierra “infrautilizada” es hogar de unos 600 millones de campesinos, casi el 10% de la población mundial. Evidentemente, la gente no aparece bajo la noción del Banco Mundial de “reservas” cuando Monsanto tiene intereses en ella.
La tierra de propiedad consuetudinaria gobernada por leyes tradicionales o naturales tiende a ser bosques o montes, matorrales, sabanas, humedales, prados, desiertos o los bosques espinosos de Chaco cubriendo dos tercios de Paraguay. Graves violaciones de derechos humanos han sido infligidas a sus habitantes durante mucho tiempo. Comunidades enteras, despojadas de sus medios de vida –población “excedente” hacinada en campos de refugiados o “aldeanizada”, como en Etiopía– son diezmadas por el hambre y la enfermedad y, si alguna vez llegan a las ciudades, son explotadas en talleres clandestinos, como trabajadoras sexuales, máquinas de bebés para la adopción y proveedores de órganos. Quizás esta apropiación de tierras, depósito de los derechos humanos más básicos, es una clara pero no a menudo reconocida expresión de un estado de excepción del que ninguno nunca nos ha hablado.
La apropiación de tierras es también acaparamiento de aguas. Arabia Saudí, por ejemplo, está comprando o tomando en arriendo tierras ricas en agua en Sudán, Etiopia, Malí, Mauritania, Níger, Senegal, Nigeria, Egipto, Vietnam, Camboya, Papúa Occidental, Filipinas y Pakistán. Y Qatar ha hecho tratos en Vietnam, Camboya, Uzbekistán, Senegal, Kenia, Argentina, Ucrania, Turquía, Tayikistán, Australia y Brasil. Una cosa es segura: los inversores no se preocuparán por la conservación del agua en estos países. En Australia, por ejemplo, el agua está siendo succionada de antiguos acuíferos y promocionada como “agua nueva”.
En junio de 2012, los ricos grileiros se reunieron en Londres en una “Cumbre de Inversión Agraria” de 3.660 libras por cabeza para discutir cómo “superar los obstáculos percibidos a la inversión” al adquirir tierra en África. El impacto local de su proyecto no fue, por supuesto, “percibido” y los “obstáculos” eran legales por naturaleza pero, cuando los intereses son altos y las manos están engrasadas, la ley gana, como Franz Nuemann advirtió en Behemoth (1944): “Como artificio para fortalecer a un grupo político a expensas de otros, para eliminar a los enemigos y ayudar a los aliados políticos, el derecho amenaza entonces las convicciones fundamentales en que descansan las tradiciones de nuestra civilización.”[1]
Las prácticas de las instituciones internacionales y de las empresas transnacionales violando el derecho al alimento son auténticos crímenes contra la humanidad, tal y como lo define el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional (1998), artículo 7. Incluyen el asesinato; esclavización; deportación o traslado forzoso de población; privación grave de la libertad física; persecución de un grupo con identidad propia por motivos políticos, raciales, nacionales, étnicos, culturales, religiosos, de género u otros motivos; desaparición forzada de personas; apartheid; y otras actos inhumanos que causen intencionalmente grandes sufrimientos o lesiones graves a la salud mental o física. En octubre de 2014, un informe legal fue presentado en nombre de las víctimas camboyanas que establecía que la apropiación sistemática generalizada de tierras –involucrando inter alia asesinato, desplazamiento forzoso de población, aprisionamiento ilegal y persecución– por la élite gobernante camboyana durante más de una década constituía un crimen contra la humanidad. Esto significa que ejecutivos extranjeros, políticos y otros individuos pueden ser procesados bajo el derecho internacional por crímenes graves en relación con la usurpación de tierras. ¿Pero ocurrirá?
El grilagem actual puede ser rastreado en los cercamientos en Inglaterra (un proceso descrito por Tomás Moro como “ovejas comiendo hombres”), la expansión de los imperios europeos y el colonialismo, a través de la versión neoliberal de los cercamientos, ahora usada para monocultivos y saqueo de minerales, agua, bosques y junglas. La tierra no es solo usurpada para la producción externalizada de alimentos, sino también para la minería, especialmente de los diecisiete minerales raros superconductores que son esenciales para ordenadores, teléfonos inteligentes, turbinas de aire, equipos de alta tecnología como escáneres médicos y usos militares como helicópteros furtivos, láseres y gafas de visión nocturna. Existen otros intereses, también, como el turismo de lujo, parques de atracciones, reservas naturales privadas, infraestructuras, embalses, biocombustibles, madera y comercio de carbón.
La apropiación de tierras del pasado ha establecido los precedentes legales y políticos que permiten la presente expoliación, mientras que los actuales ajustes estructurales, la privatización de servicios públicos, inversión en desregulación y liberalización del comercio, sustentan todo este espectáculo lamentable. Una notable característica del grilagem de hoy en día es que, lejos de ser confinado al Sur Global, existe un fenómeno floreciente en Europa donde la concentración de tierra (2,7% del de las granjas controlan el 50% de la tierra cultivable) y la usurpación de tierras equivalen a lo que está ocurriendo en Brasil, Colombia y Filipinas. Europa es el segundo gran consumidor mundial de tierra después de Estados Unidos. Alrededor del 58% de la tierra que consume está fuera de sus fronteras, mayormente en China, la Federación Rusa, Brasil y Argentina. Y Europa misma es un caso de grilagemautofágico. En los años recientes, empresas de Gran Bretaña, Suecia, Dinamarca, Finlandia, Suiza y Francia han estado acumulando tierra en Europa del Este, especialmente las áreas de “tierra negra” de Rusia y Ucrania, y también en el reino de España, Francia e Italia.
La mayoría de la producción alimentaria europea viene de unos veinte millones de pequeñas fábricas –69% con menos de 5 hectáreas– y unos 25 millones de trabajadores agricultores. Escasa atención se da al hecho de que estas pequeñas granjas son esenciales para la producción alimentaria, el empleo rural y la protección del medioambiente y la ausencia de una legislación clara y justa está facilitando el grilagem por todo el continente. No solo en el extranjero sino en nuestro propio jardín trasero, el consumo excesivo de Europa está aumentando los precios de la comida, causando extinción de especies, agravando la catástrofe climática y exacerbando la desigualdad social.
Es difícil de calcular la escala real del acaparamiento de tierras, precisamente debido a que es un afán ilegal de los ricos. El Instituto Internacional de Investigación sobre Política Alimentaria estima que los grandes tráficos de tierra ascendieron a 20 millones de hectáreas entre 2005 y 2009, mientras que la cifra del Banco Mundial es de 45 millones de hectáreas entre 2007 y 2008 y las de OXFAM 227 millones de hectáreas desde el año 2000, sobre todo a partir de 2008. Esta disparidad sugiere que esto es realmente un negocio muy secreto. Y que se mueve rápido. Las consecuencias no están calculadas, especialmente en términos de personas. Ellas no cuentan. La tierra es solo una superficie (con buenos suministros de agua) sin municipios, sin gente, sin animales, sin ecosistemas, solo algo a la espera de ser arrebatada. La palabra “territorio” no se usa. “Tierra”, más neutral en contenido político, es más cercana a la idea de propiedad privada (“ese dominio único y despótico”, como Sir William Blackstone la declaró, una noción que hizo suya fervientemente el liberalismo desde el siglo diecinueve). El signo más claro de que esas transacciones no son inocuas es la concentración de armas y milicia para proteger a muchas propiedades recientemente adquiridas.
La legislación de derechos humanos protege supuestamente la seguridad alimentaria y la nutrición adecuada como derechos sine qua non. La mayoría de los gobiernos son firmantes de documentos como el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales en cuyo artículo 11 incluye dos normas separadas pero relacionadas, el derecho a no pasar hambre y el derecho a una comida adecuada. Los estados están teóricamente obligados a (1) respetar el derecho a la alimentación con la no interferencia en el acceso a comida apropiada; (2) proteger los suministros de comida asegurando que los individuos no son privados a su acceso adecuado por otros individuos o empresas; y (3) garantizar el derecho a la alimentación con actividades destinadas a fortalecer el acceso de la gente a ella y el uso de recursos y medios para asegurar su supervivencia, incluyendo la seguridad alimentaria. El estado debe responder siempre que un individuo o grupo sea incapaz, “por razones fuera de su control”, de disfrutar el derecho a una alimentación adecuada por los “medios a su disposición”. Pero, así como la tierra, las estructuras estatales son también heredad de poderosos grileiros. El abecé del republicanismo democrático dice que un estado debe promover activamente su neutralidad y cuando los grandes poderes privados imponen su voluntad a buena parte de los ciudadanos, cuando la constitución oligopolista de los mercados significa que el bien público es asaltado por los grandes intereses privados, entonces el estado debe intervenir. De otra manera no puede reclamar neutralidad. Los estados de hoy, optando por la equidistancia entre partes no son neutrales, y así el grilagem está privando a millones de personas de los “medios a su disposición”. Casi el 60% de los aproximadamente treinta y seis millones de muertes anuales mundiales son un resultado directo o indirecto de infecciones, epidemias o enfermedades relacionadas con el hambre.
En su Two Treatises of Goverment (1689), John Locke reconoce que los límites de la propiedad privada están fijados por los derechos inviolables de todos los miembros de la sociedad a la riqueza de la tierra.
Y aunque todos los frutos que la tierra produce naturalmente, así como las bestias que de ellos se alimentan, pertenecen a la humanidad comunitariamente, al ser productos espontáneos de la naturaleza; y aunque nadie tiene originalmente un exclusivo dominio privado sobre ninguna de estas cosas tal y como son dadas en el estado natural, ocurre, sin embargo, que, como dichos bienes están ahí para uso de los hombres, tiene que haber necesariamente algún medio de apropiárselos antes de que puedan ser utilizados de algún modo o resulten beneficiosos para algún hombre en particular.[2]
Las personas que “cercan, sin el consentimiento de […] toda la humanidad” crean desperdicios, o lo que Locke llama “el perecer” y parte de este “perecer” hoy –en el sentido literal– es el desperdicio de la gente. Un hombre o mujer “labra, planta, mejora, cultiva” la tierra pero es expulsado para a perecer en alguna otra parte porque alguna empresa quiere tomar la tierra y acumular más de la “cosa duradera” que traerá “el perecer de [todo] inútilmente”.
Tras dos décadas de siglo veintiuno haríamos bien en mirar atrás a 1689 y atender a las palabras de Locke ya que, si aceptamos términos como “tierra desaprovechada” de empresas que realmente quieren decir que las van a limpiar de gente (“obstáculos percibidos”), nunca seremos capaces de hablar de derechos, incluso para nosotros mismos, ya que no sabremos qué son.


[1] Neumann, F. (1943). Behemoth: Pensamiento y acción del nacional-socialismo. México D. F.: Fondo de Cultura Económica., p. 38. [N. del T.]
[2] Locke, J. (2006). Segundo tratado sobre el gobierno civil. Madrid: Tecnos., §26, p. 33. [N. del T.]

es editor de Sin Permiso, presidente de la Red Renta Básica y profesor de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona. Es miembro del comité científico de ATTAC. Sus últimos libros son, en colaboración con Jordi Arcarons y Lluís Torrens, "Renta Básica Incondicional. Una propuesta de financiación racional y justa" (Serbal, 2017) y, en colaboración con Julie Wark, "Against Charity" (Counterpunch, 2018) recientemente editado en castellano (Icaria) y catalán (Arcadia).
es autora del “Manifiesto de derechos humanos” (Barataria, 2011) y miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso. En enero de 2018 se publicó su último libro, “Against Charity” (Counterpunch, 2018), en colaboración con Daniel Raventós, recientemente editado en castellano (Icaria) y catalán (Arcadia).
Fuente:
Counterpunch, vol. 26 núm 2
Traducción:
Roberto Álava

La religión es el suspiro de los oprimidos

La religión es el suspiro de los oprimidos

Vijay Prashad 

06/07/2019
Sentado en una celda de una cárcel fascista en Italia, Antonio Gramsci se preguntaba sobre un problema que enfrentaban comunistas como él. En El manifiesto comunista (1848), Karl Marx y Friedrich Engels escribieron: “los trabajadores no tienen nada que perder salvo sus cadenas. Tienen un mundo que ganar”. Pero estas cadenas no eran meramente lazos materiales, las cadenas de la miseria que impedían que aquellos que no poseían propiedad, aparte de su propia habilidad para trabajar, fueran completamente libres. Esas cadenas avanzaban dentro de la mente, sofocando la habilidad de la mayoría de los seres humanos a tener un entendimiento claro de nuestro mundo. Sofocados, los trabajadores (quienes antes eran simpatizantes de movimientos socialistas y comunistas) se acercaron al fascismo. Llegaron a los partidos fascistas no por claridad, escribió Gramsci, sino por su conciencia contradictoria.
Por un lado, personas que pasan la mayor parte de su tiempo trabajando desarrollan una comprensión de la “transformación práctica del mundo”. Este marco está implícito en la actividad de los trabajadores, ya que el/la trabajador/a —dado el robo de su tiempo— a menudo se ve impedido/a de tener una “conciencia teórica clara de esta actividad práctica”. Por otro lado, el/la trabajador/a ha “heredado del pasado y ha absorbido acríticamente” una serie de ideas y prácticas que ayudan a moldear su acercamiento al mundo. Estas ideas y prácticas provienen de todo tipo de instituciones, como del aparato educacional del Estado, de instituciones religiosas y de las industrias culturales. Esas ideas heredadas no clarifican la experiencia práctica de los trabajadores, pero sin embargo ayudan a formar su visión de mundo. Es a esta dualidad a la que Gramsci llama “conciencia contradictoria”.
Si se acepta la perspectiva de Gramsci, entonces la lucha sobre la conciencia —la lucha ideológica— es una necesidad material. Para generaciones de trabajadores, los sindicatos, los partidos políticos de izquierda, y las formaciones culturales de izquierda proporcionaron las “escuelas” para elaborar y conectar la conciencia de los trabajadores y entregar una comprensión poderosa del mundo, la claridad para ver las cadenas que debían romperse. A lo largo de los últimos cuarenta años, por una serie de razones que identificamos en nuestro primer Documento de Trabajo, la afiliación sindical ha disminuido como también ha sucedido con los partidos políticos de izquierda. Las “escuelas” de los trabajadores ya no están disponibles. La conciencia contradictoria es más difícil de elaborar, por lo que ha habido un desplazamiento de los trabajadores hacia las organizaciones de jerarquías sociales (basadas en divisiones sociales de religión, raza, casta y otras manifestaciones similares).
Estamos en tiempos difíciles, con la balanza de la historia favoreciendo a la extrema derecha, incluyendo a fuerzas que han dividido nuestras sociedades según estas jerarquías sociales como casta, raza, nacionalidad y religión. La globalización ha fragmentado la vida social y creado una situación precaria en la que las personas ya no están seguras de cómo ganarse la vida y ya no pueden tener una vida social enriquecedora. La crisis terminal de la globalización llegó con la crisis financiera general de 2007-2008. El agente de la globalización —el neoliberalismo— se había apoderado de los partidos socialdemócratas a lo largo del mundo y los había comprometido. Ahora el campo se abrió a una alternativa al bando de la globalización. Por una serie de razones históricas, la izquierda entró a esta fase profundamente debilitada tras la crisis financiera global. La ultraderecha, por otro lado, tenía dos ventajas. Primero, no tuvo que crear a su electorado. Su base le ha sido entregada por las jerarquías y las divisiones de la historia. Solamente utilizó esas divisiones a su favor, siendo una de las líneas de división la pertenencia religiosa. Segundo, la ultraderecha no necesitó abordar los verdaderos problemas de la época, tales como el desempleo estructural y la catástrofe climática, sino que podía simplemente estigmatizar al Otro (migrantes, minorías religiosas) como un modo de consolidar su poder.
El Instituto Tricontinental de Investigación Social organizó un seminario de dos días en Túnez (Túnez) sobre religión y política para desarrollar una evaluación del rol de la religión en el crecimiento de la extrema derecha. Durante la primera sesión los investigadores de nuestros equipos en Delhi (Subin Dennis and Pindiga Ambedkar), Johannesburg (Nontobeko Hlela), y São Paulo (Marco Fernandes) hicieron sus presentaciones sobre el rol de la religión en cada uno de sus contextos sociales y políticos. Tanto el equipo de Brasil como el de India hablaron sobre el crecimiento abrumador del conservadurismo plebeyo a través del ascenso de Hindutva (en India) y del Pentecostalismo (en Brasil). Plantearon, como señaló el intelectual marxista Aijaz Ahmad, que estas fuerzas de derecha fueron fundadas “en un principio extrañamente gramsciano de que el poder político duradero solo puede surgir sobre la base de una transformación y consentimiento cultural previos, y que este amplio consentimiento cultural con la doctrina de la extrema derecha solo puede construirse a lo largo de un largo proceso histórico, desde abajo hacia arriba”. En Sudáfrica, la autoridad duradera del Congreso Nacional Africano, mayor aunque no exclusivamente enraizada en formas seculares de política, y el fracaso de las iglesias en hacer una entrada decisiva a la política le han dado un respiro de estas tendencias al país.
Durante las otras sesiones, intelectuales y académicos militantes de Turquía a Argelia, de Marruecos a Sudán, presentaron sus visiones sobre el rol de los Hermanos Musulmanes, cuyas políticas son similares a las de el RSS de la extrema derecha en India y el movimiento pentecostalista en Brasil. Las presentaciones mostraron cómo los Hermanos Musulmanes —como movimiento de masas— ha usado su control sobre la educación para moldear la conciencia contradictoria de la clase trabajadora.
En los escritos tempranos de Karl Marx está la idea de que la religión es aquello a lo que los trabajadores recurren para tener cierto consuelo de la crudeza del capitalismo. Como Marx escribió en 1844, “La miseria religiosa es a la vez la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo descorazonado, y el alma de condiciones desalmadas. Es el opio del pueblo”. Es una afirmación poderosa, una que busca entender por qué el pueblo recurre a la religión. Hoy en día, sin embargo, esto no adecuado. Se necesita más. Necesitamos comprender cómo estas organizaciones se aprovechan de los problemas psicosociales que se han intensificado entre la clase trabajadora. Proveen servicios —aunque limitados— para sanar de los grandes estreses de nuestra época. Esa práctica terapéutica atrae a los trabajadores, necesitados de la comunidad y el bienestar social ofrecidos a través de estas organizaciones. Necesitamos una visión más robusta del rol de la religión en nuestro tiempo, que es lo que nuestra investigación espera producir.
¿Cuál es el antídoto para esas ideologías e instituciones de jerarquía social? Construir instituciones populares, incluyendo sindicatos y organizaciones comunitarias. Pero este es un desafío enorme en nuestra época, cuando las formaciones socialistas se están atrofiando rápidamente. Es por esto que nuestros investigadores de Delhi fueron a conversar con K. Hemalata, la presidenta de la Central de Sindicatos de la India (CITU). Esta entrevistaconstituye nuestro Dossier 18 de julio, La única respuesta es movilizar a los trabajadores. Recomendamos encarecidamente que lo lean, estudien y hagan circular. Hemalata llega a su puesto en el sindicato a partir de su liderazgo en la Federación de Trabajadores y Ayudantes Anganwadi (cuidado infantil) de toda la India. Termina la entrevista con la potente frase que es su título: la única respuesta es movilizar a los trabajadores. Esta afirmación calentaría el corazón de Godavari Parulekar, la líder comunista india que pasó su vida construyendo ciudadelas para la clase trabajadora en las fábricas y los campos.
Más del 90% de los trabajadores en India están en el sector informal, la mayoría sin posibilidad de sindicalización. CITU tiene seis millones de miembros, un número considerable pero aún insuficiente en un país con 1.300 millones de personas. Durante las últimas décadas CITU ha desarrollado una serie de estrategias para organizar a los trabajadores informales, ya sean trabajadores de cuidado infantil o trabajadores en pequeñas fábricas. Hemalata habla enérgicamente sobre la necesidad de que los sindicatos se ocupen de cuestiones de jerarquía social (patriarcado, casta y fundamentalismo) y organicen a los trabajadores donde viven, no solo donde trabajan. Habla sobre la necesidad de organizar no solo a los trabajadores, sino a las comunidades en las que viven. La claridad ideológica y la flexibilidad organizativa de CITU le han permitido construir una federación fuerte, que ha estado dirigiendo las grandes huelgas generales que han convulsionado la política india, algunas con más de 200 millones de trabajadores en huelga.
Las cosas siguen graves. Las lluvias han comenzado en India. Esto ha traído un respiro de las catastróficas olas de calor que han cobrado la vida de trabajadores de la construcción y la agricultura. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) acaba de publicar un informe sobre las dificultades de trabajar en un planeta cada vez más caliente. Pero las recomendaciones de la OIT son débiles: más mecanización y más desarrollo de habilidades. El antídoto real a largo plazo es una mejor política para detener la catástrofe climática que se haga cargo de la raíz del problema: un sistema económico brutal (el capitalismo) que busca reproducir capital a costa del planeta y sus habitantes. A corto plazo, el antídoto es prevenir el trato abusivo a los trabajadores mediante el fomento a los sindicatos y otras formas de organización de la clase trabajadora. En Kerala (India), el gobierno del Frente Democrático de Izquierda apresuradamente prohibió el trabajo desde las 11 a. m. hasta las 3 p. m., para darle un descanso del calor a los trabajadores (por favor vean mi informe). Se necesitan soluciones y estrategias más creativas para enfrentar un sistema que está arriesgando destruir el planeta y aquellos que trabajan y viven en él.
Historiador y periodista indio, autor de numerosas obras, entre ellas 'The Darker Nations: A People’s History of the Third World and The Poorer Nations: A Possible History of the Global South', ha sido profesor del Trinity College y actualmente es director del Instituto Tricontinental en Delhi.
Fuente:
https://www.thetricontinental.org/es/newsletterissue/boletin-27-2019-la-religion-es-el-suspiro-de-la-criatura-oprimida/

La digitalización del trabajo y sus consecuencias para el Sur. Por, Cédric Leterme

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La digitalización del trabajo y sus consecuencias para el Sur
Cédric Leterme
ALAI AMLATINA, 26/06/2019.- La “revolución digital” y su impacto en el trabajo está recibiendo cada vez más atención, mas ésta sigue concentrada principalmente en los países del Norte.  Sin embargo, estos fenómenos también conciernen a los países del Sur, pero en función de modalidades específicas que requieren análisis y reacciones específicas.
Existe un creciente debate mundial sobre la naturaleza y el alcance de una “cuarta revolución industrial”, con repercusiones potencialmente importantes en el empleo y, en términos más generales, en el trabajo.  Se abordan en particular dos tendencias.  En primer lugar, la automatización de las tareas, sobre todo gracias a los avances de la inteligencia artificial.  Y segundo, el desarrollo del “trabajo en plataformas digitales”, en particular a través de aplicaciones como Deliveroo o Uber.  Estas tendencias son observables en todo el mundo, pero sus consecuencias no son las mismas para los trabajadores del Norte y del Sur.
La automatización, por ejemplo, terminaría amenazando más empleos en el Sur que en el Norte, pero a un ritmo más lento.  Además, no son los mismos sectores (ni, por lo tanto, los mismos trabajadores) que están afectados en uno y otro caso.  La automatización de la agricultura, por ejemplo, tendrá consecuencias específicas en el Sur, con una mayor concentración de las explotaciones, una competencia para los pequeños productores aún más difícil de afrontar, o el fortalecimiento del control de los grandes grupos agroalimentarios mundiales sobre la producción y la distribución agrícola mundial.  Es más, las posibilidades de automatización en el Norte reducen considerablemente las “ventajas comparativas” de las que hasta ahora han gozado los países del Sur gracias a la explotación (en sentido literal, como figurativo) de su abundante mano de obra barata.  Las estrategias de industrialización orientada a las exportaciones, aplicadas en particular por muchos países asiáticos (y aclamadas en todo el mundo en desarrollo en la década de 1990), tal vez ya no serán accesibles para muchos países en desarrollo, lo que deja abierta la cuestión de las opciones disponibles para sustituirlas.
¿Las plataformas como gangas o amenazas?
En cuanto al trabajo en plataformas digitales, en el Norte, hay una tendencia a considerarlo principalmente como una amenaza para las relaciones laborales tradicionales, en la medida en que generalmente ofrecen trabajo remunerado por tareas y por cuenta propia.  Ahora bien, es evidente que la amenaza no es la misma en aquellos países del Sur donde el empleo asalariado nunca ha sido la norma.  Hay quienes, como el Banco Mundial, ven incluso el desarrollo de plataformas de trabajo bajo demanda como una bendición para la gente del Sur.  De hecho, normalmente es suficiente tener un teléfono inteligente y una conexión a Internet para poder empezar a trabajar.  Y las plataformas de “microtrabajo” proporcionan incluso acceso a ofertas de trabajo que pueden provenir de cualquier parte del mundo.  Además, siendo que muchas de estas tareas (por ejemplo, entrega, taxi, limpieza) suelen llevarse a cabo en el sector informal, se abre la posibilidad de acceder a una (relativa...) formalización del trabajo, promovida por estas plataformas, a diferencia de lo que está sucediendo en los países del Norte.
Sin embargo, cabe recordar que el acceso a Internet dista mucho de ser generalizado en el Sur, con tasas de penetración a menudo inferiores al 50% de la población (especialmente en el África subsahariana y Asia meridional), en comparación con alrededor del 90% en Europa y América del Norte.  Entonces, son precisamente las poblaciones más marginadas las que más se ven privadas de ella.  E incluso cuando tienen acceso a ella, la calidad es a menudo inferior a la de las poblaciones/regiones más aventajadas, por no hablar de las diferencias de competencias y cualificaciones que siguen constituyendo una desventaja adicional.  Más que una bendición, la llegada de estas plataformas podría, por lo tanto, conllevar sobre todo a una mayor marginación de los trabajadores menos cualificados y/o menos conectados, en particular al limitar aún más las restringidas oportunidades que hasta ahora habían tenido en la economía informal.
Esto es aún más cierto, cuando la idea de plataformas neutras, libres de prejuicios de “raza”, clase o género, también es falsa.  En efecto, la información personal de los usuarios es por definición accesible a otros a través de su “perfil” y (al menos por el momento) nada impide que esta información se utilice para rechazar a un proveedor de servicios y/o para negarse a prestar un servicio.  Tampoco los algoritmos son inmunes a este tipo de sesgo, ya que los criterios que utilizan para evaluar, clasificar, etc., pueden favorecer a algunos grupos de población en detrimento de otros.  Como han demostrado diversos estudios, lejos de eliminar las desigualdades, las plataformas contribuyen a su reproducción (o incluso las agravan), tanto dentro de los países como entre ellos.
Por último, cabe recordar que las condiciones de trabajo en estas plataformas también siguen siendo problemáticas, con salarios bajos e irregulares, horarios de trabajo excesivamente largos y/o variables, la falta de protección social y de negociación colectiva, la peligrosidad de las actividades y la discriminación.
El reto más amplio de la “economía digital”
Sin embargo, en términos más generales, es sobre todo la propia lógica subyacente al funcionamiento de la economía digital en su conjunto la que constituye el principal desafío para los trabajadores en general y para los trabajadores del Sur en particular.  En efecto, esta nueva economía se basa en la extracción y explotación de “datos” cuyo estatus es, cuanto menos, ambiguo.  Por un lado, las empresas los consideran como recursos que pueden utilizar a su antojo.  Pero por otro lado, estos datos son producidos por individuos y grupos de individuos que podrían hacer valer derechos políticos y sociales legítimos contra ellas. A menudo hablamos del derecho a la privacidad, pero esto también podría incluir el derecho a la remuneración o al control colectivo de los usos autorizados.
Otro problema es que el efecto red asociado a los servicios basados en estos datos conduce a la creación de enormes monopolios con un poder de mercado sin precedentes, lo que da lugar a nuevas formas de control y explotación de la mano de obra, contra las que resulta aún más difícil luchar, ya que tienden a aparecer como consecuencias de procesos estrictamente técnicos.  Por ejemplo, Amazon se vale del registro de los datos de productividad de sus trabajadores para despedir automáticamente a los de menor rendimiento.  En términos más generales, a medida que un sector se digitaliza, se hace cada vez más difícil, si no imposible, que los pequeños productores participen sin entrar más o menos directamente bajo la dependencia de un gigante digital.
Esta situación es aún más problemática para los trabajadores y las poblaciones del Sur, en la medida que la mayoría de estos monopolios digitales tienen su sede en el Norte, y en particular en los Estados Unidos, lo que crea nuevas relaciones mundiales de dependencia y explotación con consecuencias económicas y geopolíticas potencialmente significativas.  En este contexto, los debates mundiales en curso sobre la liberalización del “comercio electrónico” serán cruciales, ya que podrían reforzar los desequilibrios actuales, al limitar drásticamente las posibilidades de regular la economía digital en beneficio de las poblaciones y los trabajadores, especialmente para los países del Sur.  El Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) o el nuevo Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá (T-MEC) ya incluyen cláusulas que impiden que se infrinja el “libre flujo de datos a través de las fronteras”, o que se requiera que los datos se localicen en el país donde se generan.  Más aún, este tipo de cláusula ya se está debatiendo a escala mundial en la OMC[1].
No obstante, otras orientaciones son posibles.  Como mínimo, implican frenar las actuales negociaciones sobre el “comercio electrónico” para evitar reducir las cuestiones planteadas por la economía digital al único aspecto del comercio.  Sus implicaciones incluyen, de hecho, la economía en su conjunto, pero también la esfera política como la de los derechos humanos y sociales.  Sólo entonces podremos imaginar principios, políticas e instituciones que permitan orientar las tecnologías digitales al servicio de los trabajadores y las poblaciones del Norte y del Sur, respetando al mismo tiempo las limitaciones medioambientales y las diferencias de desarrollo entre los países y las regiones del mundo.
(Traducción ALAI)
Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 542: Justicia social en un mundo digitalizado 14/06/2019



- Cédric Leterme es doctor en ciencias políticas y sociales, e investigador del CETRI-Centre Tricontinental (www.cetri.be).




[1] Al respecto, leer en particular: https://www.cetri.be/OMC-lancement-de-negociations.
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